México, D.F.- Al igual que Jesús de Nazaret, Oswaldo Rodríguez Hernández, preso en el Reclusorio Oriente, tuvo un juicio injusto, que lo llevó a una sentencia de 18 años de cárcel, tiempo en el cual asegura seguir los pasos del llamado Maestro de maestros.

El ejemplo del hijo de Dios, dice que es su fortaleza para vivir tranquilo en esa prisión donde hay más de 12 mil reos.

Desde hace siete años participa en a representación de la pasión del Cristo penitenciario .

Por cuarto año consecutivo, él fue elegido en el papel central, debido a su vida disciplinada y apegada a la religión Católica.

"Llevó una vida más estricta que los demás, apegada a la religión, confesión y a la comunión", indica.

Al no tener vicios ni tatuajes, la Pastoral Penitenciaria lo ha reelegido una, otra, otra y otra vez.

Oswaldo, acusado de secuestro, dice que si el año próximo si sigue con vida y preso, podría ser nuevamente el mártir del Gólgota, aunque dice que no lo hace por algún interés de ser liberado con anticipación.

No obstante, hay más internos que quisieran ese papel, y quienes incluso tabién han formado parte del elenco de dicha representación.

Hace nueve años, Rodríguez Hernández, de 27 años, fue detenido.

Asegura que tuvo un juicio irregular, como por el que se quejan muchas personas en reclusión, y fue sentenciado a pasar gran parte de su vida en una cárcel considerada la segunda más altamente poblada de América Látina.

"El juicio de Jesucristo fue injusto, y ya ve, ni se puso al brinco, como dicen a quí. Mi juicio fue también injusto, había pruebas para que no fueron valoradas. Había pruebas para que obtuviera mi libertad".

Su confianza en Dios lo ha hecho no quejarse.

"No me quejo de lo que me a pasado, al contrario. Algún día, como dicen, llegará la justicia Divina".

Desde diciembre pasado, las autoridades del Reclusorio Oriente y la Pastoral Penitenciaria, unen fuerzas para recomenzar con los preparativos de dicha escenificación, en la cual participan más de 30 actores la mayoría internos

Son ellos mismos quienes costean su propia vestimenta.

Aunado a ese trabajo de memorización y caracterización, hay un ardua trabajo de quienes ayudan a preparar las distintas escenografías, y de otros más que las colocan, según se vayan necesitando.

La mayor parte de los actos ocurren en el auditorio del Reclusorio Oriente, donde unos 500 internos tienen permitido observarla.

Luego, junto con el Cristo y los soldados romanos, Jesús camina por el patio dentral de ese penal, mientras él lleva una pesada cruz acuestas.

De lejos otros reos itentan ver el viacrucis y de cómo se da "el corbatazo", según el argot penitenciario que indica que alguien se ha ahorcado.

En pleno rayo de un sol, Jesús es colocado en la cruz, y mientras tanto, uno de sus compañeros de infortunio, Gestas, padece el que su madero se ladee, y sienta que se cae, a pesar de los intentos de un grupo de presos, que tratan de ponerla en posición vertical.

Finalmente todo está listo. Los romanos se juegan al azar la ropa de Jesús, mientras él da sus últimas palabras: "Padre en tus manos encomiendo mi espíritu".

Es entonces cuando autoridades, internos y custodios, guardan unos segundos de silencio, y parecen ser que todos son iguales.
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