Algunos estados de Africa, Asia, América Latina y el Caribe se quejaron de que cualquier prohibición perjudicaría a sus comunidades pesqueras y afirmaron que se habían exagerado los temores de un colapso de las poblaciones de esa especie marina. Libia, en una laberíntica defensa de su postura, acusó a Mónaco de mentir e intentar engañar a los delegados antes de la votación.
Japón convenció a numerosas naciones pobres con una campaña en la que hizo énfasis en que una prohibición devastaría las economías de esos países. Tokio puso en tela de juicio la solidez científica de la prohibición, a la que consideró una medida radical.
En otro revés para los ecologistas, tampoco fue aprobada una propuesta para prohibir el comercio internacional de pieles de oso polar.
Tras la caída de 75% de las reservas de atún de aleta azul en el Atlántico, debido al apetito voraz de los amantes del sushi japonés, el rechazo de la propuesta asestó un sorpresivo golpe a los estadounidenses, europeos y sus aliados ecologistas, que esperaban la protección de la especie por parte de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres, o CITES, por sus siglas en inglés, y la cual fue suscrita por 175 naciones.
"Si quieren tomemos a la ciencia y arrojémosla por la puerta", dijo de manera sarcástica Susan Lieberman, directora de política internacional con el Grupo de Defensa del Ambiente Pew en Washington.
"Es bastante irresponsable que los gobiernos escuchen y desatiendan a la ciencia", afirmó. "Es obvio que hubo presiones por parte de los intereses pesqueros. El pescado es muy valioso para sus intereses".
Japón, que importa el 80 por ciento del atún, había hecho arduas labores de convencimiento con los delegados para que rechazaran la propuesta.
La delegación japonesa incluso había ofrecido el miércoles por la noche a otros participantes una recepción que incluyó sushi con atún de aleta azul.
Cuando Mónaco presentó el jueves su propuesta, el lugar estuvo lleno de detractores que rechazaron la petición para salvar a la otrora abundante especie que se extiende en vastas zonas del océano Atlántico y alcanza un peso de 680 kilogramos (1.500 libras).
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