Saltillo, Coah.- “Pongamos pues nuestro corazón en el ejemplo que nos puso Juan Pablo II para hacer de nuestro México un país del que se aleje la violencia, la corrupción, del que se aleje el dolor de tantas víctimas por las injusticias que aquí se cometen” mencionó fray Raúl Vera López.

Eran las palabras del Obispo de la Diócesis de Saltillo, quien presidió la ceremonia de recepción de las reliquias del beato, y quien recordó a miles de saltillenses la frase inmortal de Juan Pablo II: “No tengáis miedo”, palabras que se volvieron realidad, pues la presencia del Papa hizo salir de su casa a la multitud de católicos que últimamente han decidido esconderse de la violencia que acecha la ciudad.

El milagro lo hizo Juan Pablo II, pues su viaje glorioso a esta Diócesis de Saltillo fue para revivir la esperanza de la paz y la sanación de los enfermos como lo hizo con la joven Natalia Jaramillo, a quien concedió el favor de la vista."

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"NO TENGAIS MIEDO"

Saltillo respiró la paz, un ambiente de fe desbordado se sintió en el corazón de la ciudad para ver y estar cerca de la sangre del beato Juan Pablo II, sangre que reposó colmada de flores en la Catedral de Santiago recordando lo que un día el mismo dijo: “no tengáis miedo”.

Desde La Laguna en Torreón, cruzando el desierto de Cuatro Ciénegas, y la tierra del acero en Monclova, la reliquia llegó al corazón de Coahuila: Saltillo, donde más de 70 mil feligreses se volcaron implorándole paz y reconciliación.

La urna que contenía las reliquias papales arribó a Saltillo pasadas las 4 de la tarde, circuló por la arteria principal de la ciudad, el bulevar Venustiano Carranza donde la feligresía ya lo esperaba, situada en los distintos puentes ondeando banderas blancas y amarillas.

En el templo mayor de Saltillo la feligresía llegó desde muy temprano, mientras una multitud poco a poco poblaba el atrio y la entrada principal; adentro los fieles hacían oraciones y esperaban solemnes la presencia del beato.

En el altar central, una gran manta de la imagen del papa Juan Pablo II rodeada de flores sustituyó al apóstol Santiago, quien por enésima vez se escondió para darle paso al beato de este tiempo.

La Catedral lució su máximo esplendor, los antiquísimos muros recobraron la vida, era la presencia del Santo Padre que ya estaba cerca: ¡Juan Pablo amigo, tu eres de Saltillo! Exclamaba la feligresía mientras la urna era bajada cuidadosamente del vehículo que la transportaba, esto pese a que la multitud trataba de traspasar las vallas humanas que la custodiaban.

En el atrio, el obispo de Saltillo fray Raúl Vera López, el obispo emérito de Saltillo Francisco Villalobos así como el vicario general Gerardo Escareño recibieron la reliquia del Papa, momentos después la reliquia entró por el pasillo central de Catedral, y alrededor, las imágenes del beato eran levantadas por los asistentes y al mismo tiempo la prensa seguía desesperada la urna para conseguir la mejor toma.

Fray Raúl Vera López trató de imponer el orden y la solemnidad, inició la ceremonia religiosa para recordar al pastor que entregó la vida por la grey católica.

“Juan Pablo II a quien conocimos muchos por sus visitas a México, del que conocemos su obra en la iglesia porque en sus seis visitas siempre nos llenaron de ánimo para unir nuestra vocación cristiana, más en este momento estamos necesitados de un camino que nos lleve a la paz y la reconciliación, el nos habló de la paz como la única manera de articular la vida política de los pueblos”, pronunció monseñor Vera López.

Recordó que el papa Juan Pablo II habló desde el evangelio de todas las cuestiones del orden social que articuladas al amor, a la justicia, y el respeto a la dignidad humana supo trabajar incansablemente en su pontificado itinerante, visitando los 5 continentes llevando la palabra de Dios.

“Pongamos pues nuestro corazón en el ejemplo que nos puso y hacer de nuestro México un país del que se aleje la violencia, la corrupción, del que se aleje el dolor de tantas víctimas por las injusticias que aquí se cometen”, sentenció el prelado católico.

Fray Raúl Vera, dijo que el Papa peregrino llevó su frase “No tengáis miedo” por todas partes del globo, incluso no escatimó ni un momento de su vida para entregarse aun en sus últimos años, cuando su salud estaba tan deteriorada.

Vera López habló de la juventud del beato y de su arrojo, pues no le importó exponer su vida por los católicos en los lugares más peligrosos del mundo para llevar el evangelio y pese a que fue agredido siguió luchado para unir a los cristianos.

“Cuando él vino a México dijo que había elegido un pontificado itinerante, porque cuando venía a México pasaba algo, ojalá que lo que pase aquí sea la paz”,suplicó monseñor Vera López.

Con esta añoranza, la feligresía se desbordó ante la presencia del papa Juan Pablo Segundo, y aquella veneración a las reliquias de los mártires que datan desde tiempos antiquísimos en la iglesia católica se repitió, los devotos pasaban sus manos frente la desgastada urna de vinil que ha recorrido más de 60 diócesis y tres vicarías aquí en la Diócesis de Saltillo llevando la sangre papal.

Se calculó que 60 personas por minuto pasaron frente a la urna que contenía la sangre del santo padre, en segundos debieron persignarse e implorar su ayuda divina, pues las dos filas que se hicieron inundaron de fe dos de las calles principales del centro histórico, en Hidalgo y Bravo.

JUAN PABLO HIZO ELMILAGRO EN SALTILLO

El milagro lo hizo Juan Pablo II, su viaje glorioso a esta Diócesis de Saltillo fue para redimir a los enfermos como lo hizo con al joven Natalia Jaramillo a quien concedió el favor de la vista.

“El lunes yo le dije a mi papá que ya veía más, de este ojo yo no veía nada y acabo de empezar a ver, por eso quise venir en vez de ir para atrás voy para adelante, este ojo que era el que perdí empecé a recuperarlo, le dije a papá ‘ya te veo a ti’”, dice Natalia entre lágrimas señalándose su ojo izquierdo.

Le atribuye el milagro al beato Juan Pablo II, a quien le ha dedicado muchos días de oración y su apostolado en la Cofradía de las Damas del Santo Cristo de la Capilla.

En ningún momento deja de suspirar y llorar, se refugia en el pecho de una de sus compañeras porque el sentimiento la invade: “es una emoción muy padre estar con él, es como si le hubiera pedido a él precisamente que me sanara de mi vista, yo empecé a rezarle y mi papá está de testigo porque el doctor me dijo que ya no tenía esperanza, pero yo empecé a ver no sé si para venir a verlo”, dice Natalia.

Explica que perdió la visión del ojo izquierdo a causa de una catarata y un derrame, no veía nada, pero la vista periférica, a los lados, poco a poco ha regresado.

La fe de Natalia en Juan Pablo II no nació ayer, sino hace más de una década, cuando el Papa visitó por cuarta ocasión México. Recuerda que en 1999, cuando apenas tenía 16 años, ella intentó acudir con el grupo de jóvenes que asistieron a verlo desde Saltillo, pero ya no había cupo. “Siempre me quedé con las ganas de verlo, pero ahora que estaba aquí su sangre, sentí su presencia”, dice.

Dice que quizá Dios le tenía preparada esta ocasión, por ello promete rezarle y no duda en decir que Juan Pablo la sanó:

“A la gente quisiera decirle que crea en él con toda su alma y van a ver que por medio de él y nuestra Virgen se lo va conceder, le voy a rezar bastante para que lo hagan un santo porque para mí ya es un santo”, finaliza la joven.

Natalia es el rostro del milagro, como lo fue a la multitud que se volcó ante la sangre del beato, hombres, mujeres, ancianos, ancianas, jóvenes y niños, que unidos pidieron su intercesión:

“Estuve en la cama por una depresión muy fuerte por la gripa, y para gloria de Dios él me levantó para venir a ver a mi Padre bendito, Juan Pablo precioso lindo, por eso mi padre del cielo se lo llevó”, comenta la señora Petra Urzúa, quien llegó desde temprano para alcanzar un lugar en el templo de Catedral. Nadie fue con ella, pero tenía la esperanza de que uno de sus hijos la pudiera encontrar entre el tumulto.

En cada rostro había una historia, una súplica y una plegaria: “yo le vengo a pedir que nos ayude en lo económico y con tanta violencia que hay, que ayude a mi familia y darle gracias porque mi hija hace tres años la atropellaron y se pudo salvar el brazo que iba a perder”, cuenta Isabel Gámez. Dice que un auto arrolló a su hija hace tres años, y uno de sus brazos resultó muy lastimado y aunque los doctores no le daban esperanzas para salvarlo, el milagro se concedió.

Las lágrimas se derramaron en cada rincón de la Catedral, adonde asistieron miles de fieles católicos de distintas ciudades de la Región Sureste de Coahuila, e incluso del extranjero, porque Juan Pablo estaba en ellos.

La insistencia de los vendedores que lucraron con la fe fue permanente, pues cada hora las distintas vicarías de la ciudad llegaron a rendirle veneración al beato que reposó inmóvil en un relicario sobre el pecho de una estatua de cera que recordó la imagen del papa amigo.
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