Los fans de Saraperos merecen exigirlo: cada año hacen su juego, no fallan.
Bastaba verlos en la antesala: intimidando al rival, moviendo con sus alaridos cada trayectoria de la pelota en los calentamientos de los Tigres. Éstos, por su parte, pareciera que hubieran traído a la lluvia para acallar a los aguerridos fans. Pero es inútil. Aún no se canta play ball y la tarde ya huele a campeonato.
Hoy nada es impedimento. Los fans batallan: sorteando el suelo húmedo, lleno de resbaladizas semillas, de lagunas de cerveza; a pesar del fin de quincena y de los chicos que piden churros, refrescos, papas. No importa. El único peligro es volver a casa, un año más, con el corazón roto.
Sí, los seguidores de Saraperos exigen contundencia. Si no fuera así, estarían conformes con aquel campeonato que Saltillo obtuvo en medio de la huelga de 1980. Pero nadie lo reconoce como tal. No les sabe. Quieren una guerra justa, ganada con auténtica dignidad heroica. La misma que ellos imprimen en sus gritos y porras.
HORDA AGUERRIDA
Aunque llegaron en estampida, coloreados todos de aquamarina y verde, la fiesta se divide de acuerdo a zonas y generaciones.
Quien se declare parrandero está en los bleachers. Allí no para el griterío, las matracas y las cornetas que ya hicieron el agosto de unos cuantos visionarios. Allí hay baile, cualquier sonido es pretexto para poner al cuerpo en ignición y la voz en cuello.
Allí no deja de escanciarse el alcohol: lo que escasea son los asientos. Algunos audaces han improvisado su particular palco debajo de la primera línea de gradas. La vista desde allí es privilegiada. El inconveniente es todo lo que escurre.
Los bleachers son territorio joven, uno que, por cierto, ha asumido como canto de guerra el formato de las porras de las hinchadas de futbol. La mejor evidencia de esto es una caravana de jóvenes integrantes de la “Rebel”, porra de los Pumas de la UNAM, animando a los Saraperos de espaldas al jardín central, debajo de las gradas. No a todos gusta esa dinámica. No falta quien extraña la “Marcha del Elefante” de Henry Mancini en los altavoces del estadio.
En la zona de butacas el bullicio no es menor, pero si se le ve más calmada es porque esta zona es la elegida de la vieja guardia, aquellos que asisten al beisbol para disfrutarlo como si fuese un arte superior: degustan cada slider, diseccionan jugadas, retienen estadísticas, saben cada uno de los nombres de quienes persiguen la proeza en el diamante. Su propia historia es la de este equipo. Han sufrido con él durante 40 años. Conocen sus virtudes y debilidades. Quisieran estar allí, jugando.
GUERREROS POETAS
Apenas salen los verdes al campo, la horda les hace notar que no están solos. Dos en especial son recibidos como si fueran Aquiles y Hércules partiendo a la guerra: Christian Presichi y Jesús Cota.
Hay un héroe que aparece discreto, pero que conforme pasen las entradas revelará su grandeza. Se llama Rafa Díaz. Sube al montículo con cierto peso sobre sus hombros, un peso que acusaba el poeta —por cierto, apodado “El Tigre”—Eduardo Lizalde: “Cósmica soledad del lanzador al centro del diamante”.
Con esa discreción abre el partido: le conectan un hit. Pero apenas unos minutos después su brazo se vuelve flamígero y culmina la primera entrada con dos ponches. Es apenas el inicio.
Nelson Teilon, con hombre en base, conecta jonrón para la parte baja. El estadio revienta en alaridos que parecen los colores emergentes del sarape de Saltillo. Con esas dos acaba la primera entrada. Aún es temprano.
Díaz vuelve, “En la noche asesina y sólo en el montículo”, vuelve a decir el poeta. Como un titán, despacha pronto. Vienen los toleteros verdes a la caja de bateo quizá sin sospechar que están por iniciar la locura, el desborde. Segunda entrada, parte baja: una sentencia de seis carreras.
Golpe tras golpe se hace un silencio. Cruje el bate y su eco atraviesa a una ciudad detenida, pendiente de un alambre. Asciende la bola como impulsada por la fuerza de miles de miradas que la siguen como si esa misma trayectoria fuera la de sus esperanzas. Cuando al fin cae la bola, la ciudad revienta en una carcajada verde que luego se convierte en explosión de colores.
“¿Y los Tigres?”, grita un entusiasta. La horda le responde con otra pregunta: “¿Y dónde están/y dónde están/los pinches gatos que nos iban a ganar?”. Apenas va la segunda entrada, pero a esas alturas los únicos Tigres con presencia en el Madero son los Tigres del Norte, que se dejan oír en los altavoces.
FIESTA MÓVIL
Con ventaja de 8 carreras, los fans dejan el corazón en el graderío pero llevan sus cuerpos al extrarradio del parque. Ahí, otra fiesta se realiza. Una fiesta homogénea donde los habitantes de bleachers, palcos y butacas se reúnen en torno a los tacos de barbacoa, la carne asada, los perros calientes y a las bellas edecanes que deleitan a los paseantes. Ya huele a triunfo.
Se recomienda no cantar victoria antes de tiempo, pero en las pantallas ubicadas en la explanada el brazo de Rafa Díaz otorga con cada recta, con cada slider, con cada curva, una nueva certeza. Parece que su poderoso movimiento del brazo fuera la indicación para que la horda continúe festejando.
La explanada se llena, pero las butacas no se vacían. El movimiento es constante. Los grupos de jóvenes mueven sus tambores en caravana a todo lo largo del estadio.
La caravana más popular, paradójicamente, tiene tintes fúnebres: es una marcha en memoria del “Ya Merito”, representada por un ataúd de cartón que llevan sobre sus hombros dos jóvenes sonrientes. Otras multitudes deambulan para llevar sus pancartas por todas las coordenadas del estadio. Nadie pierde oportunidad de tomarse la foto, de unirse a la marcha.
Ahora la fiesta se articula desde el graderío, a partir de la creatividad de los seguidores. No hay necesidad de animadores. Kike Conejo queda olímpicamente olvidado.
CONTEO REGRESIVO
Para la octava entrada, la explanada se vacía. Ahora todos están en el graderío.
El hacinamiento es notable, pero nadie luce incómodo, nadie repela. Faltan cinco outs. Para entonces, Díaz y su brazo son los pilares del triunfo, y la exigencia ahora es que pase lo que pase no lo saquen. Que termine. Que salga en hombros.
Faltan cinco. Díaz poncha a otro toletero felino y la gente empieza a corear “Cuatro, cuatro, cuatro”. Acaba la entrada y la horda dice “Tres, tres, tres”.
No es el conteo para el despegue del Discovery, que a estas alturas, en Saltillo, tiene dimensiones cósmicas mucho más modestas.
En el campo, los cerradores felinos han abandonado el bullpen; algunos jardinero sonríen con resignación; otros parecen invadidos por la incredulidad: un rostro enjuto, los ojos circunspectos, el pulso desordenado. Parecieran no querer rendirse, aunque todo está perdido. Los que sonríen quizá infieren que, aunque de manera poco grata, formarán parte de una jornada histórica como rivales de un equipo que se corona tras una sequía de 40 años.
Fue el “Mago” Septién o Sony Alarcón —disculpen la imprecisión— quien calificó a los peloteros como “guerreros poetas”. No fue una invención al vuelo. En los beisbolistas convive la elegancia, el poderío, la tradición en un escenario que no podía tener nombre más bello: un diamante.
Los Tigres perdieron por paliza, pero cabe decir que llegaron a empatar la serie, que arribaron a Saltillo con bajas, disminuidos, y que la segunda entrada los desmoronó totalmente. Eso no les resta dignidad. Mientras el público hace la cuenta regresiva de los outs, ellos sonríen como si aplaudieran a ese público. Perder bien es también hábito de los guerreros poetas.
¡Campeón!
Un improvisado entra con un sarape al campo. Los policías y un perro van tras él. La gente se vuelve su abogada. Es la antesala de la fiesta. Nadie está en los pasillos ni en la explanada, ni siquiera los vendedores. Todos adentro.
Todos de pie. Cada voz, cada ojo trémulo acompaña a los jugadores que penden de la barra en su zona. Todos quisieran estarse preparando para entrar al campo cuando el último out sea cantado.
Los segundos previos al doble play roban el aliento a la ciudad. Nuevamente el silencio. Nuevamente el eco, pero esta vez de la pelota contra los guantes, recorre a Saltillo como un suspiro. El umpire, finalmente, canta el out 27.
¿Cómo describir lo que prosiguió a ese anuncio deslumbrante, apoteósico? ¿Qué palabras podrían contener la emoción de esos miles, el aliento que se fue en esa astilla de segundo? Sería necesario revivirlo. Varias veces. Hasta compensar 40 años de sequía.
La horda aquamarina se desborda en cientos de colores, como en el sarape. Fuegos artificiales. Griterío. Muchos empiezan a tomar camino hacia el corazón de la ciudad. Esta noche los saraperos la van a recorrer. Esta noche Saltillo será un diamante.
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