Piedras Negras, Coah. Algunos dicen que los dinosaurios - junto con esponjas, crustáceos, algas y otros microorganismos- se convirtieron en petróleo tras un proceso de sedimentación de millones de años. Sea o no verdad, México tiene suerte. Parece que allí donde cayó el asteroide (Yucatán) se originó un vasto cementerio de dinosaurios.

En cierta forma seguimos en la era de los dinosaurios, animales diabólicos ya retratados de Spielberg. Aceite de roca inflamable o gas azufroso, algo diabólico tiene el petróleo. Produce por ejemplo la guerra de Iraq, la de Afganistán, desastres ecológicos como el del banco Prestige en las costas gallegas, contaminación de la atmósfera, chantajes políticos.

Vivimos en la época del petróleo, el oro negro de Satanás, la “caca del diablo” -como diría Papini-, o la ambrosía del dios Mammon.

Asistimos a debates incesantes sobre los hidrocarburos, el etanol, los paneles solares, la energía eólica. El petróleo se ha politizado. Todos lo usan como arma estratégica o a guisa de instrumento de presión.

El crudo es el motivo de debate número uno a escala universal. Ello se debe a que quien controla la energía, controla al mundo. Todo se encarece cuando sube el precio del barril de petróleo, desde los huevos hasta el pasaje de avión.

Se llena de gasolina el depósito de un carro y en cierta forma se llena de sangre negra de dinosaurio, pero también de sangre de iraquí bombardeado... Para los aztecas la sangre era el combustible que alimentaba al sol, fuente de energía que daba la vida.

Los inquisidores hacían sahumerios con la carne achicharrada de los herejes, como una máquina de vapor a lo divino y ahora se alimenta con petróleo a las nuevas deidades de nuestro tiempo, que son las máquinas.

Siempre se trata de lo mismo: Alimentar a alguna divinidad, ya sea Yahve, ya sea Quetzalcóatl, ya sea la máquina en la era industrial o posindustrial... La modernidad ha puesto a la máquina en el lugar que antes ocupaba Dios.

Desde la leña y el fuego, pasando por el carbón y la máquina de vapor -hasta llegar a la electricidad, los combustibles fósiles, el gas natural y la energía nuclear-. La historia de la humanidad podría considerarse como una carrera de relevos de sucesivas fuentes energéticas.

Desde el Paleolítico a la Revolución Industrial, todo no ha sido más que locomoción. Mejor dicho, todo no ha sido más que energía. Cuando comemos una lechuga es energía solar lo que devoramos.

El espacio sideral está poblado -en todas direcciones- de energía. Donde quiera que existan átomos, hay energía. Ahora bien, los átomos están en todas partes, en nosotros y a nuestro alrededor.

Casi toda esa vibración atómica a escala cósmica es de índole diabólica, menos quizá la chispa divina alojada en nuestras almas, si es que tenemos alma.

En este nivel, más bien escatológico, pudiera hablarse de petróleo metafísico o energía celestial. Los desalmados -que también tienen energía- llevan dentro una chispa más bien luciferina, combustible fósil anterior a la extinguida música de las esferas.

Lo de “las esferas” no es un chiste. Acaban de descubrir que hay petróleo en Titán, la luna mayor de Saturno, ¿Llevarán la guerra hasta allá?
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