Ciudad de México.- Por casi 90 años he soportado reclamos magisteriales, exigencias estudiantiles y hasta actos vandálicos o cierres imprevistos para no ser atacado en mis entrañas.

Mis pasillos reciben de lunes a viernes miles de pisadas de niños, empleados, maestros, funcionarios e incluso de turistas o invitados especiales.

En 1921 fui designado oficialmente edificio de la Secretaría de Educación Pública (SEP), cargo que desempeño hasta hoy y en el que he pasado episodios gratos y lamentables.

Hace poco más de un año sufrí una lesión; fue el 3 de junio de 2010. Una de mis puertas fue herida con tubos y palos, dejándole dos boquetes: uno del lado izquierdo, de unos 70 centímetros de ancho, y otro del lado derecho de unos 30 centímetros.

Ese día, miembros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) querían ingresar a mi oficina principal, lugar donde despacha el secretario de Educación en turno, hoy ocupada por Alonso Lujambio.

Para evitar el acceso a los rijosos, los jefes de seguridad cerraron una de las puertas que resguarda mi interior desde 1731. La herida no logró evitarse, los golpes causaron lesiones, pero a 400 días del daño, el brazo izquierdo de Brasil 31 ya está recuperado y hoy sigue siendo el principal acceso para visitas y empleados.

Convento, aduana, escuela...

Mi historia se remonta a casi tres siglos atrás. Antes de ser reconocido como sede de la SEP fui ocupado por el Convento de las Religiosas de la Encarnación, la Aduana de Santo Domingo y también fui habilitado como la Escuela Nacional de Jurisprudencia.

En 1911 me sometieron a una reconstrucción para albergar a la Escuela Normal de Maestras, aunque al año siguiente no tuve la fortaleza para soportar un sismo y se desplomó uno de mis flancos; fue una tragedia de la que no pude recuperarme hasta cuando el primer secretario de Educación Pública, José Vasconcelos, me rescató.

Tras su nombramiento, el arquitecto Federico Méndez Rivas fue el encargado de erguir nuevamente mis columnas y rescatarme de aquellas ruinas en las que me había convertido.

A marchas forzadas, 700 trabajadores de la construcción no sólo repararon las vigas y paredes barrocas que conformaban mi estructura, también le dieron vida a la parte neoclásica de la parte contigua de la que desde entonces soy sede.

Méndez Rivas decidió vestirme con un estilo neoclásico, herencia de la arquitectura que caracterizó la época porfirista y que tiene una marcada influencia europea que retoma las formas clásicas.

La inversión total fue de 800 mil pesos y la inauguración oficial tuvo lugar el 9 de julio de 1922. Ese día fui admirado por grandes personalidades del país, así como por alumnos y maestros.

A las 11:00 horas, la Orquesta Sinfónica Nacional entonó la Marcha Heroica, de Berlioz; el presidente de la República, el general Álvaro Obregón, junto con el titular de la educación nacional, José Vasconcelos, disfrutaron en compañía de miles de invitados la apertura oficial de mi construcción.

Acudieron a la ceremonia otros secretarios de Estado, así como docentes, administrativos y tres mil niños de las escuelas del Distrito Federal y mil alumnos de los planteles de todo el país.

En el discurso de aquel día, José Vasconcelos Calderón enfatizó la importancia de la forma como fui concebido y frente a miles de invitados subrayó que mis altos arcos y anchas galeras constituían la esencia educativa, porque “sólo las razas que no piensan ponen el techo a la altura de la cabeza”.

Alfombras rojas y esculturas

Antes de que mi estructura fuera rescatada para albergar a la SEP, en el siglo XVIII fungí como la Real Aduana. Por mis dos puertas de más de cinco metros de altura ingresaban los famosos tamemes cargados de mercancía proveniente de la Nao China (nombre de la embarcación llamada el Galeón de Filipinas) y España. Los productos de importación sólo podían ser adquiridos por la alta burguesía del país.

Mi labor aduanera concluyó víspera del siglo XX. Antes de ello, fui escenario del gran banquete y baile que organizó el presidente Porfirio Díaz para celebrar su tercer periodo al frente del gobierno.

En esa ocasión, me vistieron con largas alfombras rojas y plantas tropicales, los accesorios que destacaban en mi atuendo fueron esculturas de bronce, cascadas y fuentes de colores.

En la actualidad, la zona barroca de mi interior es ocupada por oficinas de Comunicación Social, Educación Media Superior y Educación Superior; además, una malla de sombra cubre el techo y la superficie que abarca los dos patios para evitar que las palomas destruyan mi construcción.

Desde 2010 una de mis paredes sostiene la Ecuación en acero, obra del escultor Manuel Felguérez en la que hace alusión a las ciencias exactas y matemáticas, y que hoy acompaña a los Patricios y patricidas de David Alfaro Siqueiros, mural que abarca paredes y techo de las escaleras centrales de la zona barroca.

Las oficinas de Brasil están unidas a la estructura neoclásica por un pasillo vigilado por grandes personalidades de la educación en México, los cuales, antes de los festejos del Bicentenario, pasaban inadvertidos por quienes por ahí transitaban.

Ahora, los bustos de ilustres maestros fueron colocados en bases de cemento para enmarcar la entrada al Patio de las Jacarandas y junto a ellos destacan sus nombres, así como sus aportaciones a la educación pública del país.

Entre ellos figuran Ignacio Manuel Altamirano, Rafael Ramírez Castañeda, Carlos Carrillo, Lauro Aguirre, Luis Álvarez, Santos Valdés García, Daniel Delgadillo y una sola mujer, Soledad Anaya Solórzano.

Los caprichos de Vasconcelos

La decoración que llevan mis fachadas y paredes por la entrada de la calle de Argentina tienen un sello neoclásico ecléctico, porque conjugó un poco de todo lo que Vasconcelos vio en Europa para diseñarme.

Por invitación del secretario de Educación Pública, el muralista Diego Rivera fue el encargado de darle vida a mis costados de la planta baja y del segundo piso, mientras que asistentes de Rivera, como Jean Charlot, se encargaron de pintarme los escudos de armas de los estados de la República en el primer piso.

Mis muros de la planta baja fueron elegidos por Rivera para plasmar las tradiciones del pueblo mexicano y sus festividades populares, pero en el segundo piso selló sobre mis paredes su crítica al capitalismo.

Las paredes oyen... y hablan

En la actualidad, los eventos encabezados por el secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio, casi siempre se realizan en el salón conocido como Hispanoamericano, donde es inevitable que el eco de las voces distorsione la nitidez de las palabras.

Durante el siglo XVII mis entrañas estuvieron habitadas por el Convento de la Divina Encarnación, del que sobresale la iglesia construida por el arquitecto Miguel Constansó, tiempo en el que fui dividido en dormitorios de monjas y que hoy son oficinas numeradas por la misma dependencia.

El vestíbulo de la iglesia es actualmente el salón Nishizawa, en honor a quien decoró una de mis paredes con una obra hecha de cerámica vidriada, la cual está acompañada por la galería de los secretarios, desde Justo Sierra, como titular de la Secretaría de Instrucción Pública, hasta Reyes Tamez Guerra, quien durante el sexenio de Vicente Fox ocupó el escritorio de mi fundador, aunque en estas paredes falta la pintura de la única mujer que ha ocupado el cargo de secretaria, Josefina Vázquez Mota.

Del vestíbulo y la iglesia se cuentan incontables leyendas sobre las monjas que hace cuatro siglos caminaron por mis pasillos. Guardias de seguridad, intendentes y empleados administrativos aseguran que han escuchado llantos y risas de aquellas mujeres devotas.

Yo no puedo afirmar si lo que dicen es cierto. Mis muros, puertas, escaleras y pasillos guardan el secreto. Lo que sí recuerdo es que las monjas se dedicaban a la educación de niñas, enseñándoles religión, así como a bordar y cocinar.

Hace dos décadas fui sometido a una “liposucción” arquitectónica. El peso de las bóvedas de la iglesia estaba deteriorando mi estructura y las cambiaron por hierro. Fue doloroso, pero necesario para no sufrir una amputación.

En esa etapa de arreglos atraje los reflectores de la prensa cuando abrieron el piso y se reveló uno de mis más guardados secretos: los esqueletos de las monjas coronadas, quienes fueron enterradas ahí y que hoy conservo en el museo de sitio.

El altar de aquel recinto religioso se convirtió en el mural La Unión de América Latina, obra de Roberto Montenegro, quien dejó plasmado en mi extensa pared la técnica del fresco.

Sabiduría, inteligencia y pasión

En mi creación, la entrada principal se planeó por la calle de Argentina, motivo por el cual Vasconcelos encargó al escultor Ignacio Asúnsolo diseñar ahí a los dioses griegos Atenea, Apolo y Dionisio en representación de la sabiduría, la inteligencia y la pasión, respectivamente.

Hoy, sin embargo, los visitantes y la mayoría de los empleados llegan a mi interior por la entrada de la calle de Brasil. La fachada principal es poco conocida y sólo quienes recorren mi estructura con guía pueden apreciar las esculturas que están grabadas en mi extremo superior.

No obstante, hace nueve décadas ésta fue mi entrada principal, la cual daba acceso al patio acondicionado para la ceremonia el día que me inauguraron.

Ahí, en los cuatro ángulos, llevo labrados de manera simbólica cuatro civilizaciones: un joven danzando y el nombre de Platón simbolizan a Grecia; una carabela representa a España; una figura azteca manifiesta la presencia de México, y un Buda en flor de loto simboliza la unión de oriente con occidente.

En el segundo patio llevo incrustados relieves de figuras prehispánicas y en medio del patio conocido como de las flores porto una escultura de bronce de Benito Juárez en memoria de quien proclamó la educación pública, laica y gratuita.

Sismos, bloqueos e incendios

De la tragedia que vivió el Distrito Federal por el terremoto de 1985, tampoco estuve exento. Mis murales El herido, El Zapata, La cena del capitalista y El escudo de Puebla sufrieron daños, pero gracias a la restauración con el método strappo lograron regresar a mis pasillos.

Tres años después de aquel sismo, las oficinas del subsecretario de Educación sufrieron lesiones graves, debido a un incendio ocasionado por un corto circuito que dañó mi mural Naciones Latinoamericanas, que fue obra de Roberto Montenegro.

Por mis oficinas han desfilado 29 secretarios de Educación Pública, tres de ellos del PAN —los tres últimos— y el resto del PRI.

A 90 años de mi nacimiento, parecería que el tiempo no ha pasado por mis columnas, muros, vigas y murales.

He superado sismos, incendios, bloqueos e intentos de asalto y mientras los aspirantes a la Presidencia buscan la candidatura para las elecciones de 2012, yo seguiré esperando al próximo secretario que, en mis espaldas, tendrá la tarea de ejercer la política educativa de México.

Vasconcelos, el padre de la alfabetización

Después de 1920, los reacomodos surgidos tras el fin de la Revolución mexicana permitieron consolidar el sueño de José Vasconcelos, un hombre de corta estatura, pero con alta visión educativa y a quien hoy se le recuerda no sólo como el primer secretario de Educación Pública, sino como el hombre que buscó la alfabetización de todos los mexicanos.

En el documento de la Breve historia institucional-administrativa de la Secretaría de Educación Pública. 1921-1940, elaborado por el historiador Carlos Carrizales Barreto, se detalla que debido a la concepción de José Vasconcelos se le puede describir como el creador de la actual Secretaría de Educación Pública, pues antes de él la enseñanza era un tema secundario que terminaba en los recovecos de otras dependencias federales.

Su desfile por diferentes instancias muestra que la educación no era prioridad en los gobiernos anteriores. Un siglo antes de la creación de la SEP, la Secretaría de Estado y del Despacho de Relaciones Exteriores e Interiores se encargó de la educación del país; tres lustros después se le asignó al Ministerio del Interior.

Para 1843 quedó en manos del Ministerio de Justicia, Negocios Eclesiásticos, Instrucción Pública e Industria, esquema que sólo duró cuatro años, ya que el regreso del sistema federalista se restablece la Secretaría de Estado y del Despacho de Relaciones Exteriores e Interiores, la cual se encargó de los asuntos educativos hasta 1853.

En medio de esos vaivenes, para 1905 el gobierno de Porfirio Díaz crea la Secretaría de Estado y del Despacho de Instrucción Pública y Bellas Artes, separando con ello el ramo de la justicia del de la educación.

En 1920, Vasconcelos se desempeñaba como rector de la Universidad Nacional de México y desde aquella época trabajó en un proyecto para federalizar la enseñanza, en lugar de que cada estado se hiciera cargo de la educación de sus habitantes.

Fue en octubre de ese mismo año cuando presentó a la Cámara de Diputados dicho proyecto, junto con la propuesta de crear la Secretaría de Educación Pública.

Dos meses después las comisiones unidas de la Cámara baja dictaminaron analizar los proyectos del entonces rector y el 28 de febrero se discute en el pleno, aprobándose al día siguiente con 142 votos a favor y dos en contra.

Así, el 25 de julio de 1921 surgió el decreto de creación de la SEP, donde queda asentado que dicha instancia empezaría sus funciones hasta que contara con presupuesto, el cual se autoriza una semana después.

El 29 de septiembre se elabora un nuevo decreto, donde queda establecida su creación, así como las funciones que realizará. Dicho documento se publica hasta el 3 de octubre en el entonces Diario Oficial.

Al mismo tiempo, José Vasconcelos es nombrado primer secretario de Educación Pública, cargo que desempeñó hasta el 2 de julio de 1924.

APOSTOLADO Y TRAMPOLÍN

José Vasconcelos y otros famosos personajes de la vida pública del país trabajaron en pro de la educación del país.

Después de haber sido el primer secretario de Educación Pública, Vasconcelos ocupó otros cargos en la misma dependencia: fue jefe del Departamento de Control de Personal y profesor de educación media superior.

En el archivo que la dependencia federal aún conserva, se puede hallar la ficha de filiación como personal federal, así como su acta de defunción.

Otros grandes educadores también formaron parte del proyecto inicial, como Lauro Aguirre, quien de noche compartía sus conocimientos en la escuela nocturna y en el día se desempeñaba como jefe de mesa de la Dirección de Educación Primaria y Normal, así como cátedra de organización escolar y ciencia de la educación en la Escuela Normal para Maestras.

La profesora Eulalia Guzmán participó en la campaña de alfabetización emprendida por Vasconcelos, a la cual se integró en 1922 y fue su directora entre 1923 y 1924.

Ocupó varios cargos dentro de la SEP, pero se destaca por su contribución al desarrollo de la enseñanza y la cultura. Promovió el establecer bibliotecas e incorporar a los pueblos indígenas al sistema educativo nacional.

También destaca su ardua labor arqueológica, por ejemplo, en encontrar y ubicar los restos de Cuauhtémoc, que ella aseguraba estaban en Ixcateopan, Guerrero.

Entre otros famosos de la nómina de la SEP se encuentran Samuel Ramos, el autor de El perfil del hombre y la cultura en México, obra que cita Octavio Paz en su Laberinto de la soledad y hasta Luis Echeverría Álvarez, quien en 1954 fungió como oficial mayor de la SEP.

En los archivos de la dependencia se conserva el certificado del Instituto de capacitación del magisterio dado a Carlos Jongitud Barrios, el predecesor de Elba Esther Gordillo en la dirigencia nacional del SNTE hasta 1989.

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