Saltillo, Coah.- “Una jornada ejemplar”, se dirá en algunos discursos. Sí que lo fue. Al mediodía Saltillo era la postal de un domingo cualquiera, mientras en Tabasco ya había varios reportes de riñas y en Torreón la jornada transcurría entre irregularidades y una terrorífica (por decir lo menos) apertura de casilla.

En Saltillo, por la mañana, lo ejemplar linda con lo aburrido. Y está bien así.
Ya con la casilla instalada, los funcionarios en Rancho de Peña dedican las primeras horas al cigarrillo matutino, al chiste gestual entre un secretario y un escrutador. Los representantes de partido afilan la mirada.

Al paso de las horas aumenta el tránsito de votantes, pero el ambiente dentro de las casillas no cambia. Todo es de una efectividad maquinal. Se intercambian pocas palabras, los representantes tienen poco de qué quejarse. Las irregularidades son nimias. Por ejemplo, algunas credenciales causan problemas: están inválidas o tan deterioradas que provocan duda.

Algunos vecinos se encuentran en la fila y platican poco.

Algunos quizá retoman a la salida. Adentro no.

En las inmediaciones hay encuestadoras universitarias, consultoras para conteos de salida y reporteros. Cualquier votante, apenas sale, es irremediablemente abordado por cualquiera de los antes mencionados.

Nadie habla. Ya se sabe lo que se dice del silencio. Von Bismarck solicitaba desconfiar de quienes hallaran la paz en el silencio, o algo así. Que el silencio es la antesala de las mareas. Es también la prudencia de los que no necesitan desperdiciar palabras, de los que sólo actúan, se dice. Y también se dice que es la elocuencia del desgaste.

Eso se dice… Y qué silenciosas resultan estas casillas.

Personaje principal

Las urnas electrónicas son las protagonistas del lado pintoresco, y el más intenso, de la jornada al promediar el mediodía.

Están custodiadas por corteses instructoras que han aprendido el arduo oficio del disimulo: el de seguir sonriendo a pesar de que debe seguir repitiendo las mismas frases, las mismas instrucciones, a lo largo del día. No es cosa fácil.

Hay sufragantes con los que tardan varios minutos, con quienes repiten una sola instrucción hasta tres, cuatro veces. No obstante, aún sonríen.

Llevamos ya algunas elecciones utilizando esta tecnología. Hubo anuncios en televisión, un stand en la Expo Feria Saltillo y otro más en la feria del Libro.
Sin embargo, no son pocos los que todavía desconocen el procedimiento.

La escena es curiosa. Algunos se dejan guiar por las instructoras con total disposición. Otros no, generalmente los hombres, de diferentes edades. ¿Cómo quedar mal en fecha tan importante, especialmente si la instructora es guapa?
Lo que continúa es un vals bufo con un acompañante electrónico que no se deja llevar.

En otros casos parece la clásica rutina cómica del hombre contra la máquina. Tras varios intentos, la instrucción “Deslice su clave”, que sale de la máquina, parece una burla. La escena sigue hasta que las instructoras intervienen. Con furia o con vergüenza —o con las dos— entre las manos, el sufragante, derrotado, empieza a extrañar las boletas. Hay otros votantes que también son presas del encanto de lo antiguo.

Cuando llega su turno, pregunta a los funcionarios si tiene la opción de votar a la antigua. Los funcionarios se escusan: sólo hay urnas electrónicas. Cabizbajo, el hombre se dirige a la máquina. Qué tiempos, parece decir la espesura de la vena que le ha crecido en la sien. A pregunta expresa del reportero, admite “Yo no sé a dónde va a parar mi voto; no sé qué hace esa maquinita”.

Su esposa lo toma de otra manera: “Entre menos personas estén encargadas, mejor. Confío más en las maquinitas que en las personas”, afirma.

Medida de la confianza

Para unos, la maquinita (como lindamente han apodado a la urna los usuarios) es la inevitable seña de que nos ha alcanzado el futuro. “Pues está muy bien”, afirma respecto a las urnas, muy convencido, un joven votante en Brisas Poniente, “ya en todos lados lo están haciendo; tenemos que estar al parejo”.

Para otros, como la señora en la Virreyes Obrera, la maquinita es la medida de la confianza.

Una entusiasta votante, víctima del anafalbetismo, atiende a la instructora, pero no logra aterrizar esas indicaciones en la máquina. Las dificultades se van sumando y la sufragante termina revelando, en voz baja, su condición.

La instructora llega a un punto en que lo único correcto es pasar del otro lado, frente a la pantalla de la maquinita (posibilidad que está prohibida para toda persona que no sea el votante eventual) y auxiliar a la mujer.

El presidente de casilla no tarda en hacer notar la incorrección de la instructora. Ésta se explica. Todo suena razonable, pero el presidente de casilla ha decidido tomar muy en serio su trabajo: no se despega de allí para evitar irregularidades. Esas dos presencias cerca de la votante y de la maquinita alertan a la representante de un partido. Inicia una romería.

Paradoja

Sufragar, apunta George Steiner —con mejores palabras, desde luego, en su ensayo “Una Petición de Principio”—, es la gran paradoja de un régimen democrático, porque es un acto de exhibición y manifestación de convicciones privadas en el ámbito de lo público.

Incluso a pesar de la secrecía que prometen las instituciones electorales (las mamparas, las boletas sin marcas, etcétera), votar es revelarse: manifestar que existe una simpatía, una convicción y una confianza en quien convoca.

Los votantes saltillenses llegaron a sus respectivas casillas en multitud. En la Omega, por ejemplo, muchos se ducharon y usaron “el menos gastado de sus trajes” —diría el poeta Bonifaz— para tal ocasión. Lo hicieron desde temprano, para volver a casa y desayunar con la certeza del deber cumplido.

Otros tantos en la Asturias o Rancho de Peña llegaron acompañados de pequeños ciudadanos que aún no están en edad de votar, pero desde ya son partícipes del futuro del país. Parejas jóvenes votaron juntas, como si una salida a la casilla contara como cita romántica.

Votar es revelarse: se asiste a la casilla como si se tratara de un paseo dominical en familia, se comparten las convicciones como cualquier anécdota cotidiana, como si parte de un noviazgo fuera el deber ciudadano. Revelar lo privado es perder inhibiciones, algo que sólo ocurre en extrema confianza o estando borracho. Lo segundo queda parcialmente descartado: nos precede una ley seca.

Incluso aunque uno asistiera para anular el voto, la paradoja persiste en el hecho de que se anula en un sistema que ofrece prerrogativas para hacerlo: la libertad de anular. Asistir, aunque sea para anular, es dar un voto de confianza a las instituciones.

Sí, una jornada ejemplar sostenida del valor de esa paradoja indicaría que Saltillo está en una etapa de madurez política.
Pero el silencio…
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