Ocampo, Coah.- La lucha por la supervivencia comienza al despuntar el alba, las curtidas manos de los candelilleros ocampenses se encuentran listas para entrelazarse nuevamente en fiera batalla contra la naturaleza, pues las opciones son limitadas, en el desierto: o se trabaja para comer o se muere lentamente en el olvido.

Historia que se vive rutinariamente a 154 kilómetros de la cabecera municipal de Ocampo, en el ejido Acebuches, comuna rural a la que se accede con aplomo, sin dejarse vencer por el camino de terracería perforado por infinidad de baches; donde la intensidad de los rayos solares profundizan el color de la piel y donde el frío, combinado con el polvo, aja el cuerpo repetidamente.

Un puñado de casitas se esparcen en la desértica llanura, por lustros, sus habitantes han subsistido de la ‘quema de la candelilla’, pero las limitaciones merman su población, hoy sólo 20 familias se aferran a esta tierra.

Don Manuel García Limón es uno de esos guerreros, sobre su espalda pesan 67 años de vida, 55 de los cuales ha dedicado ceremoniosamente a arrancar a ‘mano pelona’ aquella planta silvestre de tallos cilíndricos recubiertos por un polvillo blanco, que al hervirse, muta en espeso líquido que sustentas sus esperanzas: la cera.

“Primero hay que ir a cortarla, si quieres que el viaje valga la pena te quedas dos días para llenar la camioneta, nomás te llevas una buena cobija pa’ soportar el frío”, comentó don Manuel, sonriente, como en son de advertencia.

Pero su alegría dura poco, su semblante toma tinte sobrio al desplazar la vista al horizonte, allá donde la candelilla, huizaches y palmas sufrieron los estragos de las ‘heladas’.

“Pero ni crean que la van a hallar juntita, hay que buscarle entre el monte; dos días para juntarla, uno para ‘acarriarla’ y otro pa’ cocerla; dicen que es trabajo de locos, pero aquí no hay de otra”, reconoció.

De pronto el sonido de un motor interrumpe la plática “hay viene uno, de esa camioneta se sacan como ocho pailadas (proceso de cocción), si bien les va sacan unos 40 kilos; pero te la pagan bien bajito, 36 pesos el kilo, y hubo un tiempo que hasta en 10 pesos, pero si no le ‘atora’ uno ¿de qué vive?”, sentenció don Manuel.
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