“Es odiosa la idea del retiro”, señala el arquitecto en entrevista. “Incluso hay jóvenes que ya piensan en el retiro, es increíble. O todas las personas dedicadas a la banca, siempre pensando en eso. No hay pasión, tal vez. Pero mi profesión es una forma de vida, no un oficio”. Luego resuelve: Dejar de trabajar significaría la muerte.
La conversación tiene lugar en su despacho de Amsterdam 63, a propósito de la publicación del libro “Teodoro González de León, Obra Reunida”, que, bajo el sello de Arquine, compila 50 años de trabajo. cinco décadas que han pasado volando y que nunca le han pesado. El volumen, casi una biblia de su obra en edición bilingüe y con textos de su autoría, recorre cada uno de sus proyectos.
Diversas voces han señalado que sus edificios, entre ellos El Colegio de México y los complejos Torres Arcos Bosques, allí el famoso “Pantalón”, o recientemente el MuAC de la UNAM, han modificado de alguna forma el perfil del DF… Él cree que exageran, pues lo que hace es sólo “conversar” con la urbe.
“La meta de cualquier arquitecto debe ser insertar bien su edificio en la ciudad. La ciudad es una gran obra de arquitectura que hacemos todos, inclusive los no arquitectos. Pero nuestra tarea, como arquitectos ya formados, es poner un ladrillo muy bien puesto en esa gran obra que es la ciudad, que el edificio dialogue con el espacio público, que se meta con él, que lo penetre”. Esa, dice, es la fórmula para “hacer ciudad”.
La crítica le ha ubicado como un proyectista influenciado por la arquitectura prehispánica. “Y yo creo que sí y no”, precisa González de León.
“Más bien eso se debe a la labor de los críticos, que etiquetan todo con facilidad, y a veces hasta yo lo he repetido porque me acomoda decir que interpreto el pasado, pero es mentira. No estoy pensando nunca en eso. Y sí lo he dicho, pero confieso que es un error. Lo que dicen los arquitectos hay que tomarlo con mucho cuidado, generalmente no dicen la verdad, inventan sus conceptos”. Para definirse echa mano de una palabra: “contemporáneo”.
“Mi lucha es ésa: las formas contemporáneas. Tuve una época de cierta contaminación de posmodernismo, como cuando hice el Parque Tomás Garrido de Tabasco, donde hay formas que son muecas de cosas históricas, deliberadas, que son citas, pero eso me aburrió pronto, era la moda. Estoy seguro que el movimiento moderno sigue recreándose a sí mismo y dando paso (...) Para mí lo contemporáneo es el manejo de las formas abstractas, la abstracción como manejo inicial del movimiento moderno”, apunta quien es reconocido como uno de los arquitectos mexicanos de mayor proyección.
Más allá de los reconocimientos
¿Ha pensado usted en el Premio Pritzker? Se le cuestiona. “Todo el mundo piensa en eso, pero es tonto pensarlo. No puede uno pensar en premios. El mundo es muy ancho y hay millones de personas que lo merecen. Prefiero no pensar en esas cosas. Si usted busca un premio, se le barrió una liga”.
González de León, quien trabajó con Le Corbusier, su gran influencia, y en México con Mario Pani y Carlos Obregón Santacilia, dice no tener pendientes, aunque reconoce cierta inquietud al mirar los planes no realizados, como la proyección de una iglesia, por ejemplo. Estuvo cerca de concretar una hace 10 años en los alrededores de Montemorelos, Nuevo León, pero la iniciativa no fructificó. Es un hombre no religioso, pero la idea le entusiasmaba.
También quedaron sobre la mesa las ganas de hacer más vivienda. “Pero han marginado a los arquitectos de la vivienda popular, de los grandes números”, finaliza González.
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