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Monclova, Coah.-Un hombre se expresaba en estos términos:
«De joven había yo pedido al Señor: “Señor, dame fuerzas para convertir el mundo”. Y pasé media vida sin lograr convertir una sola alma. Después supliqué: “Señor, dame la gracia de convertir a los que entran en contacto conmigo, aunque sólo sean mi familia o mis amigos; con eso me doy por satisfecho”.
Ahora que soy viejo y tengo los días contados, he empezado a comprender lo estúpido que había sido, y mi única oración es la siguiente: “Señor, dame la gracia de convertirme a mí mismo”. Si yo hubiera obrado así desde el principio, no habría malgastado mi vida».
«Convertíos» (Mc 1,15), nos pide Jesús en el evangelio de hoy. Para convertirnos, lo primero es que sintamos la necesidad de la conversión. Decirnos con frecuencia: si oigo misa los domingos, si al pobre que se acerca a mi puerta le doy una limosna, si voy a novenas, si tengo siempre a Dios en mi boca -no para ofenderle, sino para rezar-, ¿qué más puedo hacer?
Todo eso está bien, pero no es suficiente. Y si alguien piensa que eso es suficiente para ser buen cristiano, está claro que tiene necesidad de convertirse.
La verdadera conversión está no en amar sólo de palabra y boquilla, sino con obras y de verdad.
Que no seamos esclavos
del tabaco, de la bebida,
de los vicios, de nada.
Que seamos solidarios y generosos. Que sepamos llevar la cruz de cada día.
Que sepamos compartir
la cruz de los hermanos.
Que nunca carguemos
cruces a los demás.
Que veamos en el prójimo, sobre todo en el pobre, a Jesucristo.
Si nadie puede ser feliz a solas, mucho menos puede ser cristiano a solas. Cristiano es el que abre la mano para compartir, el que tiende su mano para ayudar, el que ofrece su mano para servir «Creed en el Evangelio » (Mc 1,15), es decir, en la Buena Noticia, nos pide también Jesús en el Evangelio de hoy.
¿Cuál es la Buena Noticia de que nos habla Jesús? Es la Buena Noticia de que Dios nos ama; precisamente porque nos ama, nos hizo y nos hace tantos regalos, sin los que nada tendríamos ni seríamos nada. Es la Buena Noticia de que somos hijos de Dios, hijos del Rey del universo y, por lo tanto, príncipes; la de que nos tiene preparado como herencia unreino, que es el Cielo; la de que Dios, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre para enseñamos con su palabra y su ejemplo el camino de la verdadera vida y no dio marcha atrás ni ante la muerte de cruz; la de que si tropezamos en ese camino, Dios, nuestro Padre, nos perdona siempre; en fin, la Buena Noticia de que la muerte no es el final, la de que no somos carne de un ciego destino, la de que seremos felices en el Cielo sin padecer ni morir.
Ninguna noticia es de tanto valor como la Noticia que nos trajo Jesús. Si nuestra fe no fuera tan débil,
sería como para saltar de alegría.
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