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Zapopan, Jal.- “¿Papá? Te hablo para que no te preocupes si ves las noticias. El barco en que veníamos chocó y se hundió”, le dijo por teléfono Olga Cecilia Velarde González, el 13 de enero.
La joven de 23 años y su esposo, Jorge Eugenio Íñiguez Santoyo, de 26 –quienes se casaron el pasado 7 de enero en Guadalajara–, habían quedado varados en Puerto Santo Stefano, en Italia, tras el naufragio del crucero Costa Concordia, en un viaje de bodas que no olvidarán nunca.
Habían planeado el recorrido desde hace un año y todo había ido en contra. La aerolínea había perdido su equipaje, pero les prometieron entregárselo en el segundo puerto al que llegara el navío, descrito como un palacio flotante por los expertos.
“Todo lo planeamos alrededor del crucero: volamos tal día para alcanzarlo, y de regreso nos quedamos unos días en Roma”, recuerda Olga.
Al llegar, la naviera los recibió con un kit de limpieza personal y se dirigieron a su camarote a descansar. Utilizando una especie de tarjeta de débito del barco –que se proporciona a todos los viajeros–, compraban ropa en las tiendas de la nave.
Sin embargo, durante la cena, poco después de las 21:40 horas del viernes 13, el romántico trayecto se convirtió en tragedia.
“Íbamos apenas en la sopa, que era lo primerito, cuando sentimos como que frenó el crucero y tembló tantito”, relata.
“Se fue la luz y las mesas se empezaron a inclinar más y más, pero todos creíamos que era normal”.
La vajilla, instalada en estantes en las paredes del barco comenzó a caerse, como una escena de Titanic; la gente comenzó a correr y a agitarse.
“Fue cuando nos dieron el primer anuncio de que era un problema eléctrico, ‘ya están trabajando en ello; no se preocupen’. No sabíamos quién era, ahorita dicen que era el Capitán, pero nunca se identificó”, refiere.
Ante la falta de información, los pasajeros comenzaron a colocarse chalecos salvavidas, relata Olga; ninguno sabía que el barco estaba a 50 metros de la orilla, pero sentían temor ante el vaivén de la nave al inclinarse.
“La primera vez que se ladeó, nosotros veíamos el cielo; cuando estaba muy derechito veíamos la costa, veíamos el puerto, la isla, y ya después veías el puro mar”, rememora.
La falta de información de la tripulación ponía más nerviosos a los viajeros. El piso 4, donde la pareja tomaba la cena, era el único con botes a nivel, pero la tripulación impedía el ingreso a ellos a una turba que estaba cada vez más exaltada.
Para Jorge, eso fue lo peor. “No sabes si te va a tocar subirte, si hay espacio suficiente, es que no había información de cuántos cabían”, dice el joven.
“Todo el mundo lloraba y hablaba a sus casa para despedirse”, agrega Olga.
Finalmente pudieron subir a un bote salvavidas con un tripulante filipino, quien no sabía manejarlo, por lo que fue un pasajero francés quien tomó el control y los llevó al puerto.
Ahí pasaron tres horas de espera en tierra, cubiertos del frío con un pedazo de plástico porque no alcanzaron a recuperar un abrigo. Náufragos en un país con idioma desconocido. Fue cuando avisaron a casa.
Camiones iban y venían con pasajeros que decidieron irse a un hotel de la isla; otros aceptaron pasar la noche en una casa italiana, previo pago de 50 ó 100 euros la noche.
“No nos queríamos mover por si llegaba alguien de la naviera a decirnos algo; porque aparte no traíamos ni un euro ni una tarjeta de crédito ni un teléfono ni una identificación, ni nada”, añade Olga.
La joven pareja, junto con los otros náufragos, fueron llevados a un puesto de socorro militar italiano; después, a cuenta de la naviera, pasaron cinco días en el Hotel Hilton de Roma.
Ahí también estaban sus maletas, y la ayuda del Consulado de México en Italia, quien les proveyó de un pasaporte y recursos para financiar su estancia. Entraban en el programa de “indigencia temporal”.
De regreso en México, la pareja no planea entablar disputa legal con la empresa Costa Cruises, propietaria del Concordia.
Su intención es recuperar el costo del viaje en crucero y sus pertenencias, aunque por ahora han tenido negativas de la agencia de viajes de El Palacio de Hierro, con quien realizaron la transacción y a quien Costa Cruises dice que ya entregó el monto del reembolso. “Si la naviera se pone en plan de que se quiere deslindar o como de ‘a mí me vale’, entonces sí nosotros tendremos que hacer eso (demandar), pero nosotros ya queremos acabar con esto”.
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