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hace 8 meses
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Un junkie en el desierto

Redacción

El gusto por el manga llega a los lugares más apartados, aunque ello signifique esperar años para terminar una historia.

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Un junkie en el desierto
Miguel García | Cuatro Ciénegas.- Es mediodía en Cuatro Ciénegas, a principios de 2003, y el sol cae a plomo sobre la Plaza de Armas. Con un cielo limpio de nubes, había luz de más en las calles, pero la estampa de pueblo conservador es rota por un chico de 18 años que atraviesa el lugar envuelto en una gabardina negra, botas de cuero del mismo color y con el rostro pintado de blanco, como El Cuervo.

Pronto atrae las miradas de los vecinos, pero luce indiferente. Hay cierta valentía en ese cuate gordito y encorvado. Es “Panqué”, un compañero de preparatoria, o la simbiosis entre lo gótico, emo y dark. Entonces yo no sabía que él sería mi sensei en el mundo otaku.

En un lugar donde apenas había acceso a internet, mi nexo con el exterior era el quiosco de revistas del profesor Requejo. Yo era asiduo a DibujArte y cómics norteamericanos gracias a las propinas que tuve como guía turístico. Sin embargo, ya me aburrían los X-Men, Spiderman, Superman y el resto de súper hombres. Eran lecturas cortas de 30 páginas y la trama era predecible por las retransmisiones de sus series animadas en Canal 5.

Cuando conocí a “Panqué” porque reprobó el año, me mostró cómo usar el programa Photoshop (puesto que me gustaba dibujar) y los excéntricos mangas que se leían de derecha a izquierda. Para un adolescente con la hormona a flor de piel, las historias en blanco y negro se volvían más sugerentes por dos atractivos: romance y erotismo.

Títulos como DNA2, Gunsmith Cats, Slam Dunk, Evangelion y Love Hina hicieron mis tardes más amenas, me alejaron del televisor y me motivaron a seguir leyendo, salvo para ver los capítulos de Dragon Ball Z.

Pero el título que dominó mi adolescencia fue I’s, de Masakazu Katsura, cuyos protagonistas son Ichitaka Seto y Iori Yoshizuki. Se titula I’s porque la pareja tiene nombres con la misma inicial.

Ellos son dos estudiantes de preparatoria; uno es el púber distraído, cachondo y enamorado de la más guapa de la escuela, y ella, una chica noble que se vuelve famosa tras modelar en una revista como actriz del club de teatro y sufre el acoso de los fans hasta el final.

Las desventuras de ambos se desarrollan en el intento por descubrir sus sentimientos, hacer declaraciones de amor y resolver los malos entendidos siempre en compañía de sus amigos, Itsuki Akiba (pilar del triángulo amoroso), Yasumasa Teratani y el entorno escolar.

Ichitaka tiene múltiples oportunidades para decirle a Iori que le gusta, ya sea como organizadores del festival cultural, en un viaje de estudio o en vacaciones. Pero duda mucho y algo siempre se interpone.

En el plano narrativo, un elemento de ruptura que siempre pone en aprietos a Ichitaka, cuando parece que va mejor su relación de amistad con Iori o Itsuki, es su fantasía de adolescente.

Debido a su alocada imaginación, toma decisiones que van de un extremo al otro y ponen de cabeza toda la trama. Ichitaka pasa del héroe romántico al vulgar más ruin; muestra su afán de macho alfa por ser “el todas mías” y revela su inocencia como el tonto más grande.

El dibujo preciso y detallado de Katsura es un aporte invaluable. Quedé perplejo con su trabajo en las formas de los exteriores e interiores de espacios como posadas, saunas, escuela y habitaciones.

La gestación del momento más memorable para los fanáticos es cuando Ichitaka, sin estar ebrio ni adormilado ni soñando (lo cual ocurre comúnmente), declara su amor por Iori.

Por los 30 volúmenes en que dividió la historia Editorial Vid en México, es un calvario llegar hasta ahí, y mucho más si el número exacto de la gran revelación es entregado un 25 de diciembre. Pasaron cuatro años para que pudiera encontrar el volumen exacto en una librería de Saltillo, a sólo 15 pesos.
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