A sus 59 años, María Eugenia tiene que usar silla de ruedas; nunca pensó que acudir a la urna fuera una tarea tan difícil.
Empujada por su hermano se detienen frente a un par de escalones que tienen que subir para acudir a votar. Se queda frente al primero, esperando, mientras una pareja se ofrece a ayudar. Entre varios levantan la silla y, ahora sí, puede votar.
Sin un lugar acondicionado, participar en las elecciones se dificulta y ella lo lamenta: “Hay que pensar en toda la gente que quiere participar”.
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