Eduardo García| Saltillo, Coah.- Visiblemente emocionado, Gerardo Santiago Reséndiz espera la visita de su esposa e hija que están a punto de ingresar a la sala de visitas del reclusorio varonil, mientras, un poco reticente, se acerca para compartir los motivos que lo mantienen preso desde hace cinco días.

Serio, introvertido, pero dispuesto a conversar, el entrevistado se sienta sobre una silla. Todo está tranquilo hasta que se le pregunta sobre el delito que le imputan, sin embargo, con mucha cautela, inicia el relato del día en que lo atraparon, justo en medio del lugar de los hechos.

“Sólo venía de visita con unos camaradas de Saltillo, estábamos en una bodega tomando cervezas y de repente nos cayó la policía, ellos huyeron, pero a mí me atraparon”, dice al tiempo que voltea de un lado a otro del edificio.

Gerardo dice que todavía no entiende por qué se lo llevaron preso, ni siquiera le han explicado bien qué fue lo que hizo, sólo sabe que se le acusa de robo agravado, pues su abogado le ha dicho que su caso se torna complicado, ya que lo encontraron en la escena de los hechos.

Originario de Monterrey, Nuevo León, asegura que sólo venía por un encargo de su esposa: unas gorditas de azúcar que le costaron su libertad, por lo que ahora está en espera de sentencia.

Sin embargo, afirma que hará todo lo posible para que no lo condenen y le retiren todos los cargos, ya que por más que le han insistido para que dé los nombres de las personas que lo acompañaban en esa bodega, el insiste en que no lo sabe.

“Nada más los conozco de la borrachera, sólo me sé sus apodos y eso sólo de algunos, no de todos”, dice al tiempo que mira esperanzado las escaleras por donde bajará su familia en unos minutos y que, al igual que él, están haciendo hasta lo imposible para sacarlo cuanto antes.

Aunque no sabe a ciencia cierta el futuro que le espera ni cómo van las averiguaciones previas, se presume inocente de cualquier delito, pues antes de que lo encerraran llevaba una vida normal, tenía un trabajo estable y una hermosa familia que ahora está sufriendo las consecuencias.

“Lo que me preocupa es mi niña de 2 añitos, está muy chiquita y dice mi esposa que siempre pregunta por mí”, expresa Gerardo con una breve sonrisa.

Agrega que para él es muy feo estar ahí dentro, pues la incertidumbre de lo que pueda pasar es lo que lo mata más que los barrotes de hierro forjado del reducido espacio donde apenas puede conciliar el sueño, pensando y repensando en la mala suerte de encontrarse en el lugar y momento equivocados a la hora de la redada.

“Ni siquiera tenía idea de que estos chavos tenían un cargamento de cosas robadas, yo sólo les caí por sorpresa para tomarnos unas cervezas”, insiste el acusado, mientras espera que el fallo del juez lo favorezca.
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