Con apenas ocho años de edad, cumplidos el pasado 5 de octubre, la niña de origen tamaulipeco pero monclovense por convicción, es autora del cuento “Quisiera ser libre”, uno de los 20 relatos que conforman el libro “Cómo Vencer a los Ogros” que la Red Nacional de Refugios, soportada por la compañía Avon, sacaron a la luz a nivel nacional como testimonio de superación de aquellos niños, héroes y heroínas, que fueron víctimas de violencia extrema y que ahora cuentan con una esperanza de vida alejada de ese infierno.
“Felicidad” fue la respuesta espontánea que Narda expresó al ser cuestionada sobre el sentimiento que le provoca el ver su obra literaria plasmada en un libro, y que ahora, gracias al apoyo de la Red de Refugios y en especial a la asociación civil Coprovvi, le alientan para alcanzar sus sueños, ser licenciada y abogada “como Sandra” para ayudar a muchas familias como lo hace la directora general de Coprovvi, Sandra de Luna, y su equipo de trabajo.
Pero a pesar de la alegría que exuda su pequeño cuerpecito, es cuestión de segundos para que la madurez que le fue obligada a adquirir a través de siete años de episodios violentos, le hagan recuperar la ecuanimidad, y con un semblante más apacible, que en ocasiones es traicionado por la tristeza que reflejan sus lágrimas, explicó lo que quiso plasmar en el cuento ‘Quisiera ser libre’.
“Mi papá no nos dejaba salir, siempre estábamos encerradas, yo aprendí a leer desde los 3 años, pero mi papá nunca nos dejaba salir, yo falté a la escuela porque mi papá no nos dejaba, y él salió al rancho y no nos llevaba”, compartió Narda con la mirada fija en quienes le entrevistaban, pero como sumergida en aquellos episodios, y poco a poco develaba su sentir ante el estado de esclavitud que enfrentó.
“Sentía mucha tristeza, yo deseaba tener una familia, pero que no estemos encerrados ni maltratados por lo que nos hace mi papá”, sentenció como saliendo de aquella hipnosis, con una sonrisa apenas naciente, pues la veracidad de que ya no forma parte de aquella cárcel se hacía cada vez más palpable.
“Mi papá no dejaba que saliera a la escuela, no dejaba que fuera a la tienda, ni que jugara con niños, siempre estaba encerrada, yo siempre me iba escondida a las fiestas, pero mi papá siempre se enojaba y regañaba a mi mamá, que por qué me dejaba ir”, prosiguió la pequeñita ya con más soltura, mientras a un costado, Daniela Arámbula Silva escuchaba atenta a su hija, pero mantenía los ojos cerrados mientras gruesas lágrimas viajaban por sus mejillas y sostenía tenazmente a Víctor, su otro vástago de apenas 3 años de edad, como suplicando que aquellos días jamás vuelvan.
No obstante el estado de esclavitud, Narda se daba tiempo para tener amiguitos, aunque eso fue antes de que la sacaran de la escuela “porque si me juntaba en la casa mi papá me iba a regañar mucho”.
¿Sentías miedo? se le cuestionó, y a toda respuesta contestó ‘Sí’, pero de inmediato una enorme sonrisa se curvó en sus labios y destelló en su mirar “Pero ahora me siento feliz porque ya no nos está maltratando y aquí (Refugio de Coprovvi) nos dieron ayuda; yo estuve en la escuela, mi papá ya no estaba con mi mamá y la licenciada (Sandra de Luna) fue con mi mamá a la escuela, y dijeron que yo iba a estar en una nueva casa, y a la maestra le pidieron tres meses para estar (ella) en el refugio (del cual ya salió) y así fue como mantuvimos nosotros la ayuda”, relató con la inocencia que aún se encuentra enclavada en su corazón.
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