Saltillo, Coah.- Por las calles y los barrios antiguos o por el más lejano rincón de Saltillo, se esconden los rostros de testigos que recuerdan el trágico episodio del tren Peregrino en Puente Moreno, trágica historia que las hierbas y el tiempo se empeña en enterrar.

“Quítenme ese fierro porque se me van a ensuciar mis zapatitos nuevos”, decía una pequeñita en la tragedia de Puente Moreno, sin saber que ya el pesado material había mutilado sus pies.

La carita de esa inocente criatura se quedó grabada en la mente de Eduardo Aguilar, quien a sus 14 años siendo monaguillo, acompañó al sacerdote de San Esteban a dar los santos oleos y bendecir a los lesionados en aquel escenario dantesco.

“La niña tenía siete años aproximadamente, una criatura de tez morena, de la que se me quedó grabado su rostro de dolor y tristeza al pedir sus zapatitos. Porque su papá había pedido dinero para ir a comprárselos e ir a ver a San Francisco”, relata Eduardo Aguilar.

Cuenta que el padre Alfonso Aguilera, entonces párroco de San Esteban, lo llevó a dar la comunión a los lesionados y moribundos, donde encontró la más triste escena de su vida, y de donde según él han faltado palabras para describir la cantidad de dolor que sufrió la gente amputada y quemada que viajaba en la locomotora 8405-08, la cual regresaba de festejar a San Francisco de Asís en Real de 14.

Paseando por las calles del centro histórico donde siempre se le suele encontrar, Eduardo recuerda que el accidente ocurrió el 5 de octubre de 1972, a las 23:30 horas, pero no fue hasta las cinco de la mañana que él llegó al lugar.

Del famoso “trenazo” que conmovió al mundo entero, porque incluso el vaticano mandó sus condolencias, también recuerda el dolor de una familia de la colonia Zapalinamé, porque los hijos contaban como su madre los salvó.

“Eran como nueve de familia y al señora los sacó a todos y no vio a uno de los más chiquitos, entonces se mete de nuevo al vagón minutos después de que todo se colapsara, pero al entrar al vagón se incendia, y ella muere quemada sin saber que el niño lo tenía una de sus primas”, menciona Aguilar.

Al kilómetro 909, a la altura de La Angostura, a poca distancia del Puente Moreno, llamado así porque en el siglo XIX, vivió en la propiedad una familia del mismo nombre, una multi¬tud comenzó a llegar.

Socorristas, vo¬luntarios, policía estatal y el Ejército que acordonaron el lugar, donde también la hermandad de toda la ciudadanía se hizo presente al ver la dimensión de lo que hoy por hoy es una de las tragedias ferroviarias más grandes de México.

“Todo quedó impregnado a carne quemada, si alguien guisaba carne en esos días daba asco… el Gobernador en turno recuerdo que mandó lonches de barbacoa y ternera, pero uno no podía correr la sangre como si acabara de llover y no podía comer”, dice el testigo de esta tragedia.

Para él la devoción a San Francisco ha crecido desde 1972, hay un antes y un después, pese a que los verdearos culpables de Ferrocarriles Mexicanos no pagaron por sus culpas porque, de acuerdo a las platicas que Aguilar ha tenido con ferrocarrileros de la época los vagones en parte del equipo de desecho y el tren venía sobrecargado, por eso al venir cuesta abajo en la curva mortal que todavía se dibuja en Puente Moreno los frenos nunca respondieron.

Entre hierbas y cruces, se borra el pasado

La curva maldita de las vías del Tren en Puente Moreno continua intacta desde hace 38 años, no así las cruces que documentan las cientos de muertes que dejaron los hechos del descarrilamiento del tren peregrino.
María Candelaria Luna Moreno, habitante del lugar de la tragedia, ve con tristeza los restos de las tumbas que aún quedan detrás del montón de hierbas que nadie se ha propuesto eliminar.

“Nadie ha venido a limpiarle a su muertos, y el panteón poco a poco se ha ido terminando, porque recuerdo que a los seis meses de que sucedió otro tren con material se descarrilo en la misma curva y tapó muchas cruces”, dice la mujer que cuando tenía ocho años presenció en su propia casa el clamor de los heridos.

“Me acuerdo que le dimos café a los que quedaron heridos, allí fue donde escuché que la gente decía que andaba un viejito de una túnica blanca, decían que era San Francisco, que era “Panchito” porque cuando se subió la gente él les decía que no lo hicieran porque ese tren no llegaría bien a Saltillo”, expresa.

Toda su vida ha vivido en ese lugar, que hace treinta y ocho años se llenó de gente aunque quizá lo que más recuera es un anciano que pronto desapareció.

“Andaba mucha gente, pero me acuerdo que era un viejito ciego, traía una guitarra y un niño, era algo extraño verlos, yo no podría asegurar que fuese San Francisco pero a los pocos días ya nadie lo vio ni supo quien era”, relata.

A su edad, la curiosidad le ganaba para ver y recoger lo que quedaba tirado, cobijitas de pequeños y zapatitos que pronto tenía que tirar porque su padre la regañaba.

Ella coincide al igual que mucha gente en que la devoción a San Francisco surge de esa tragedia, aunque al realidad es que hoy en Saltillo la han ganado otros santos como el señor de la Capilla, aun así en puente Moreno cientos de familias año con año recuerdan el episodio a través de una peregrinación desde el lugar hasta una capilla en la colonia Diana Laura.

¿Lugar de espíritus? lugar de leyenda

Con sus zapatos desgastados Vicente Castillo circula diariamente por las vías de Puente Moreno hasta llegar más allá de la Presa Gaviones para recoger zacate par sus conejos, el afirma que nada raro sucede en este lugar donde reina la calma aunque no falta quien diga lo contrario.

“Una vez si hicimos al prueba, un amigo y yo y pasmos como las tres de la mañana, estábamos más chavalos y recuerdo que yo me fui caminado tranquilamente pero mi amigo si sentía que alguien lo iba persiguiendo y se fue corriendo”, platica.

El también señala que ahora hay muy pocas tumbas que antes era un cementerio completo “estaba más grande todo eso”, indica apuntando las cruces de madera desgastada y las leyendas casi invisibles de las víctimas.

Efectivamente, el Sacerdote exorcista José Luis del Río y Santiago, afirma que duda que las leyendas de aparecidos de Puente Moreno sean creíbles aunque pude darse la posibilidad de que esto suceda al ser epicentro de espíritus que quizá se quedaron en el camino al cielo, porque Puente Moreno ha sido el lugar de la leyenda a lo largo de 38 años, pues la tragedia que allí sucedió ha provocado que se convierta en un lugar ideal para practicantes de la magia negra que abren las puertas de espíritus que provocan la imaginación y la superstición de cientos de saltillenses.

“ A mí me parece un tanto inverosímil, es natural que la gente cundo suceden estas cosas se sugestione, a veces la sugestión acelera la imaginación y la fantasía, pueden surgir entonces ideas de que aparecen espíritus o sombras, pero más bien pasa en personas que por la razón de que han practicado cosas de ocultismo , así hay oportunidad de que el demonio se meta a perturbarlas y pueden ver sombras y cosas que se mueven, pero que estén asociadas con el “trenazo” de aquel día se me hace difícil”, sentencia el sacerdote.

Advierte que al ser un lugar de tragedia puede ser centro de prácticas de magia, y así casa de espíritus donde la gente que acude lo hace para practicar sus trabajaos y buscar cierta fuerza misteriosa para tener éxito en sus hechizos.

A un así, piensa que hasta ahora la energía ha sido bien canalizada, pues es demasiada la fe a San Francisco de Asís, una devoción muy arraigada al santo que trató de vivir el evangelio, a través de la caridad hacia toda la naturaleza no sólo a los seres humanos.

“No sobra decir que conviene interceder por ellos (por las víctimas del trenazo) ante Dios nuestro señor para cualquiera que haya sido sus culpas queden borradas y puedan ser libres de cualquier atadura para poder entrar al cielo y ofrecer la santa misa por su eterno descanso”, finaliza el padre José Luis del Rio y Santiago.

Colores de una tragedia

Los colores del “Trenazo” quedaron plasmados en escasas fotografías de la época, como en el caso del señor Javier Cabello, quien con una cámara Kodak Instamtic, material comercial de aquellos años logró retratar en una secuencia los restos de fierros retorcidos que a los cuatro días del descarrilamiento todavía estaban tirados.

“No sabía de la importancia que tendría hoy conservar esta fotografía, tenía 20 años cuando la tomé, precisamente cuatro días después y así estaba el panorama, sacaban en bolsas plásticas la gente muerta y las depositaban en camiones cerrados provenientes de empresas, que hicieron caso al llamado que se hacía por radio”, indica mientras apunta en la reproducción de la foto que posee de aquellos vehículos donde se transportaba la carne humana.

Narra que aquel día decidió aventurarse junto con su esposa para ver lo que aun sucedía, y como le gustaba tomar fotografías a sus pequeños al celebrar sus cumpleaños compró una cámara a la que le quedaban cinco fotografías.

“Yo trabajaba en un banco y nos fuimos en el camión Obregón, nos dejó por Landín y de allí caminamos kilómetros por las vías para llegar, nos subieron al cerro que se encuentra frente al sitio de la tragedia y de allí tome las fotos, pero ya al otro lado donde había un arroyo quedó mucha gente que no pudo ver nada”, dice.

La imagen en colores donde sobresale el azul de las serranías que contrasta con el café renegrido de vagones quemados deja ver toneladas de fierro retorcido, proveniente de los vagones incendiados por el impacto del descarrilamiento, pero sólo en la mente del improvisado fotógrafo queda el olor dulzón de la gente que murió quemada hace treinta y ocho años.