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México, DF.- La sonrisa sólo se le podría quitar con cirugía plástica, presumió el ex presidente Carlos Salinas de Gortari apenas se oficializó el regreso de su partido, el PRI, a Los Pinos. Hizo la declaración el 7 de septiembre de 2012, durante un informe de gobierno del mandatario de Quintana Roo Roberto Borge.

Ya de todas las maneras posibles, Salinas se mostraba en el fin del exilio impuesto por su sucesor Ernesto Zedillo.

Las reapariciones –físicas, públicas, si se insiste en “nunca se ha ido”– del ex gobernante de México han girado alrededor de su vida social, más concretamente los casorios de sus hijos. E invariablemente aparece sonriente.

Sonríe junto a su hijo Emiliano y la actriz Ludwika Paleta, enlazados en la ex hacienda henequenera Tekik de Regil, en Yucatán, propiedad de la familia de Roberto González, banquero y fundador de Grupo Maseca. Se dijo que Enrique Peña Nieto y su esposa, la también actriz Angélica Rivera, viajaron a Mérida a propósito del matrimonio.

El evento fue bautizado como “la boda del año”.

En otro momento, Salinas se abraza y palmea las espaldas en la unión de Natalia Esponda y Juan Cristóbal Salinas. Desfilan ante las cámaras el cantante Alejandro Fernández. Aparece –y cada vez con más frecuencia– el joven gobernador de Chiapas, Manuel Velasco, y su prometida la, nuevamente, actriz Anahí.

El diputado Manlio Fabio Beltrones, viejo salinista, posa con su esposa en una mesa y, en otra, junto a la actriz –es un estilo de hacer política– Yadhira Carrillo, el abogado penalista Juan Collado.

El desfile de personalidades es el mismo que aparece y reaparece una y otra vez en los eventos del jet set mexicano.

Pero estas relaciones están lejos, muy lejos de ser las únicas de los Salinas.

La mujer de Raúl Salinas

“Pertenezco a la hermandad espiritual que tiene por guía material a Francisca Zetina y espiritual a John F. Kennedy. Consulto a Francisca Zetina como si fuera mi madre. Me da fortaleza y cariño cuando me siento triste, abatida, sola. El templo está ubicado en la calle Morelos número 21, en Iztapalapa (…)”.

Habla María Bernal, la mujer que Raúl Salinas de Gortari trajo con la promesa –y acaso la intención verdadera– de matrimoniarse y a quien introdujo en su vida social, la más alta en México, y también en su comunidad espiritual, los Marianos Trinitarios, un culto espiritista al que el presidente estadounidense muerto en otra conspiración aconsejaba desde el más allá.

“Carlos Salinas de Gortari sabía de las consultas que se hacían con Francisca Zetina”, agregó María Bernal.

María y Raúl se conocieron en junio de 1992, en Sevilla, España, donde la mujer vivía y trabajaba como encargada de la boutique Enrico Vasatti. El primer contacto fue relatado por María Bernal en su libro “Raúl Salinas y yo. Desventuras de una pasión” (Ed. Océano, 2000), pero antes vertido a partir de sus declaraciones en las causas penales 110/97 y 116/97 instruidas ante el Juzgado 16 de lo Penal en el DF.

Es de estos documentos, de los que “sin embargo” posee copia, de donde se toman estos datos.

Raúl Salinas apareció en la tienda de ropa, en la esquina de Rioja y Sierpes, en el centro de Sevilla. El hombre de bigote y evidente calvicie se tambaleaba. Suplicó por ayuda y el acento mexicano se le escapó junto con el vapor de alcohol. Decía estar urgido de aseo y vestuario porque estaba a punto de volver a México. María Bernal quiso averiguar la razón de su estado y él explicó que había reñido con su mujer, pero pronto aclaró que se trataba de una amante.

María Bernal serenó a Raúl y le dio a beber café y tres litros de agua. Se jugaba el empleo, pues en la capital andaluza existía la prohibición para los empleados de los comercios de ayudar a personas en semejante estado de ebriedad. Fue despedida al instante.

–Yo voy a ser tu ángel de la guarda– seseó Raúl e intercambiaron datos de contacto.

A las pocas semanas, a comienzos de julio de 1992, Raúl la buscó por teléfono. En la llamada, ella se quejó por la pérdida de su trabajo.

–No te preocupes. Estaré en Barcelona a partir del 25 de julio– consoló Raúl.

Al poco tiempo, Ofelia Calvo, secretaria particular de Raúl Salinas, se comunicó con la española para informarle que su boleto para la inauguración de los Juegos Olímpicos y su ticket de avión a la capital catalana estaban listos.

María Bernal se unió a la comitiva y conoció entonces a Adriana Salinas de Gortari y a Mario Vázquez Raña, uno de los propietarios de la burocracia olímpica en México y América.

María y Raúl permanecieron juntos los siguientes 10 días. Él propuso una vida en México. Tendría trabajo, le aseguró. Habló de boda. La española aceptó y arribó a la Ciudad de México el 16 de septiembre de 1992. Ofelia Calvo la instaló en un departamento de la calle Hamburgo, en la Zona Rosa de la Ciudad de México.

Ese mismo mes, María ya colaboraba con Raúl Salinas en sus oficinas de Paseo de la Reforma 1765, en la colonia Lomas de Chapultepec. A los pocos días, María gozó sus primeras vacaciones en una casa del fraccionamiento Las Brisas, en Acapulco, propiedad de su novio mexicano quien, entusiasmado, reiteró su petición de matrimonio a la atractiva sevillana.

“Tiempo después me pidió, de rodillas, que rompiéramos el compromiso y que me quedara. Llorando, me dijo que su hermano Carlos le había dicho que se debía casar con una mexicana para ser Gobernador de Nuevo León. Me rogó que me quedara y porque lo quería yo me quedé”, declararía María Bernal. Es por esto, insinuaría María, que Raúl contrajo nupcias con Paulina Castañón quien, como se sabe, estuvo casada con un hijo del ex presidente Gustavo Díaz Ordaz hasta el día en que él formalizó una relación con la actriz Thalía Sodi.

María Bernal Romero vivió en Paseo de la Reforma 975, propiedad de Paulina Castañón. La española conoció otra propiedad, en la calle de Explanada 1230, también en las Lomas de Chapultepec, donde vivía el caballerango y entrenador de la cuadra de Raúl Salinas de Gortari en el Club Hípico La Sierra y en el rancho del hermano del presidente, El Encanto, el sitio donde ocurriría el lío de la osamenta sembrada para simular el hallazgo del cuerpo de Manuel Muñoz Rocha.

Otras haciendas del hermano mayor del mandatario eran Las Mendocinas, en Puebla, y el rancho Los Guajolotes, en Agualeguas, Nuevo León.

Desfile de alta sociedad

María miró el desfile de la alta sociedad mexicana: Roberto González Barrera, de Grupo Maseca y de Banorte; Carlos Cabal Peniche, también banquero y de los primeros beneficiarios del fraudulento quebranto bancario, y Carlos Hank González, patriarca del Grupo Atlacomulco, del que desciende directamente el actual presidente Enrique Peña Nieto.

Hijos, esposas, ex esposas, próximas ex esposas, aliados y próximos enemigos. María fue espectadora de primera fila del poder mexicano durante los años de Salinas.

María también vivió en la casa de Coyoacán de Raúl Salinas Lozano, padre y forjador de los Salinas de Gortari, el hombre que les infundió su amor por el poder, el dinero, los caballos. Salinas Lozano, secretario de Industria y Comercio bajo las órdenes de Adolfo López Mateos y después delegado de México ante el Fondo Monetario Internacional. Raúl Salinas Lozano, el hombre que soñó primero para su hijo Raúl, y no para su hijo Carlos, la Presidencia de la República.

“Viví ahí en calidad de la novia de Raúl”, diría María con dejo amargo.

Pero, en vez de con ella, en este mismo lugar Raúl Salinas de Gortari celebró su boda con Paulina Castañón.

María Bernal debió conformarse en acudir al evento social en calidad de invitada. También asistieron José Carreño, el hombre de prensa de Salinas y de los libros de Peña Nieto; el entonces secretario de Comercio y Fomento Industrial, Jaime Serra Puche, y Luis Téllez, subsecretario de Agricultura con Salinas, secretario de Comunicaciones y Transportes con Felipe Calderón Hinojosa, y actual presidente del Consejo y director general de la Bolsa Mexicana de Valores.

“Conocí a todos los hermanos de Raúl. Tuve problemas con su hermano Enrique, porque quería andar conmigo. Lo platiqué con Raúl, que le reclamó y exigió que no se me acercara más”.

Ofelia Calvo y otros empleados de Raúl fueron antes sus subalternos en la dirección de Diconsa, una empresa de participación estatal creada para combatir el hambre y con cuyos recursos públicos el mayor de los Salinas de Gortari se habría enriquecido.

Otra parte de la servidumbre estaba compuesta por elementos del Estado Mayor Presidencial, a quienes tocaban funciones de escoltas, choferes y cuidadores de los caballos.

Los hermanos Salinas atesoraban de manera especial su habilidad ecuestre y participación en algunas competencias. Carlos, por ejemplo, ganó medalla de plata en alguna de las disciplinas a caballo en los Juegos Panamericanos de 1971.

Raúl requería una abundante servidumbre. A una parte de sus trabajadores o del gobierno mexicano, si se insiste, tocaba acompañar a Raúl en sus frecuentes viajes: Acapulco, Monterrey, Hermosillo, San Diego, Nueva York, Houston, Los Ángeles. Las salidas por aire eran patrocinio de Roberto Hernández, uno de los más grandes beneficiarios del salinismo y quien dejaba a disposición de Raúl uno de los jets de su compañía aérea Taesa. Era posible decidir un viaje por la mañana y abordar al mediodía. Y cambiar de opinión en el destino y volar ese mismo hacia otro en México o Estados Unidos.

Los trabajadores en las casas de Raúl, donde se hacían las grandes reuniones, también eran un pulular interminable. Entre noviembre de 1993 y enero de 1994, el último año en el paraíso, Raúl remodeló una de sus casas en las Lomas de Chapultepec. Ordenó el retiro de la alberca para excavar otra. Quiso oficinas en el jardín, la ampliación de su habitación, el incremento de la sala y el comedor y la construcción de una biblioteca. Trabajaron 75 albañiles sin pausa.

El anterior no fue el único círculo social al que la española fue introducida por su amante mexicano.

Entre los miembros de la congregación espiritista Marianos Trinitarios del Templo de la Fe era bien sabido que cuando Raúl Salinas de Gortari sufría intranquilidad, aflicción o angustia, la primera en enterarse era Francisca Zetina “La Paca”, la líder espiritista que rodó con todo y huesos a la prisión por el enredo de la osamenta en la finca El Encanto.

Y pronto María fue llevada a las reuniones en que “La Paca “mediaba entre los muertos y uno de los políticos en el primer círculo del poder mexicano. María conoció a Francisca Zetina por presentación de Ofelia Calvo durante la boda de ésta, en 1993. Se encontró nuevamente con “La Paca” en la casa escriturada a nombre de Paulina Castañón en las Lomas de Chapultepec. A partir de entonces se hicieron amigas. María se sentía menos intimidada con la mujer de aspecto humilde y cara redonda con quien podía hablar sin pretensiones. Viajaban juntas, se confiaban la vida. María se adhirió a los Marianos Trinitarios y, junto a ellos, convocó al espíritu de John F. Kennedy.

Si el destino no se le hubiera torcido a Raúl, quizá María Bernal habría continuado como invitada y espectadora de primera fila en las bodas de la nueva generación de los Salinas. Habría convivido con Alejandro Fernández, Anahí, Ludwika Paleta.
En aquél tiempo, María Bernal habló de otro matrimonio, no de una boda y sus sonrisas, sino de lo que adentro ocurría. De la otra vida social de los Salinas.

Viajes por el mundo

En el año de 1994, Raúl Salinas, sus hijos y/o sus parejas sentimentales viajaron al menos tres ocasiones a Nueva York.

Permanecían cuatro o cinco días en un condominio de la Quinta Avenida, frente a Central Park, y volvían a México en el avión de Roberto González, el poderoso dueño de Maseca y de Banorte. Sus guardias, siempre del Estado Mayor Presidencial, eran hospedados en un hotel cercano.

Ese mismo año, los Salinas volaron hacia Europa. Si cruzaron el Atlántico en el jet de González, no está claro en el expediente, o en uno militar, pues el avión también trasladó armas largas bajo custodia de personal castrense mexicano. Y esto sí que está claro, porque así lo declaró el jefe de escoltas en ese tiempo de Raúl Salinas de Gortari.

La seguridad de Raúl Salinas de Gortari involucraba a 12 militares, desde cabos hasta capitanes. La guardia era responsabilidad directa de un subteniente de Infantería llamado Antonio Chávez Ramírez. Es él quien narró el ir venir por medio mundo y de los Salinas.

“Sin embargo” posee copia completa de sus declaraciones vertidas dentro de la causa penal 16/97 relativa al embrollo del cadáver sembrado en la finca El Encanto, propiedad de Raúl Salinas.

Los Salinas llegaron a Frankfurt, pero éste no era su destino. Abastecieron combustible y continuaron hacia África, específicamente a Zimbabue, al sur del continente africano.

“En esa ocasión (viajaron) el ingeniero Raúl Salinas de Gortari, su hijo Juan José y un hijo del licenciado Carlos Salinas, de nombre Juan Cristóbal Salinas Ocelli y dos personas más de nombre Rafael Ayala (padre e hijo)”.

El grupo arribó a Harare, capital de Zimbabue. Se hospedó en el Hotel Meikles, considerado por algunas revistas especializadas como el mejor del continente.

 “Salieron de inmediato a los campamentos en donde iban a llevar a cabo la cacería de león, venado, búfalo, elefante, entre otras especies.

“Permanecieron 15 días partiendo el ingeniero Raúl Salinas sólo a Frankfurt, quedándose el emitente (Antonio Chávez) por 15 días más con el hijo del ingeniero Raúl Salinas y con el hijo del licenciado Carlos Salinas de Gortari regresando (luego) con el armamento a México”.


La muerte de Ruiz Massieu

Ante el Ministerio Público, María Bernal reconstruyó un diálogo que sostuvo con Raúl el 26 de agosto de 1994. El hermano del presidente estaba excedido de copas, pero no ebrio, y recién había recibido a Roberto González Barrera.

– Tú sabes, María, que la política es muy ingrata, pero a veces tiene sus recompensas, y ese hijo de la chingada ya me vio la cara– soltó Raúl.

– ¿Te refieres a don Roberto? –averiguó la mujer.
– No… María, tú conoces al ex marido de mi hermana –se refirió a Adriana, casada con el líder nacional del PRI, José Francisco Ruiz Massieu–. Pues ese cabrón se va a morir muy pronto y ya está todo listo.

– ¿Pero por qué?

– Es muy desagradecido y es quien es por mí y ya me ha hecho muchas malas jugadas.

Un mes y dos días después, José Francisco Ruiz Massieu fue asesinado. Ante los resultados vistos, para las autoridades mexicanas se trató de una simple coincidencia.

Si el sexenio de Carlos Salinas de Gortari fue el de las vacas gordas para su hermano Raúl, el de las vacas flacas fue el siguiente, el de Ernesto Zedillo Ponce de León.

La dimensión del desastre económico, los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y Ruiz Massieu y la persistente intromisión de Carlos Salinas en los asuntos de su gobierno orillaron a Zedillo a encarcelar a Raúl, quien pronto se vio o al menos sintió abandonado por sus hermanos.

Los recuerdos de los viajes al despertar cosmopolita de España, las cabalgatas de pretensiones olímpicas, los vuelos relámpago a Nueva York, los dedos tronados un instante antes de la voluntad cumplida se hicieron tumores en el alma de Raúl.

“Yo vi llorar a Raúl Salinas de Gortari. Una, dos, tres veces. Se sentaba en la orilla de su cama, se agarraba la cabeza con las dos manos y se sacudía con su llanto”, cuenta un ex funcionario de la entonces cárcel de máxima seguridad de Almoloya, hoy del Altiplano.