Monclova Coah.- Los padres del escritor y filósofo francés Montesquieu quisieron que su hijo fuera bautizado en brazos de un mendigo para que así supiera y recordara que todos los hombres, pobres o ricos, ante Dios, somos iguales y hermanos.

Y como a iguales y hermanos el Evangelio de hoy nos da dos lecciones: una, la de que hagamos el bien a los demás sin esperar nada a cambio. Es que a veces hacemos favores esperando que aquel a quien se los hacemos nos lo pague de alguna manera. Es lo que aconteció en la historia que voy a contaros: Una dama de la alta sociedad y esposa de un político tenía fama de persona caritativa. Enterada de los proyectos que tenía su párroco, se presentó ante el sacerdote para hacer donación de un importante terreno para la construcción de la nueva Iglesia.

-Dios le pague, señora, su generosa colaboración -le agradeció el sacerdote. Un mes más tarde, sin embargo, esta dama le decía al sacerdote: -Veo, padre, que usted predica, pero no practica. Ha hablado en su sermón de lo hermoso que es la gratitud.

Pero no parece que usted sea precisamente agradecido. -Quiere explicarse, señora? -preguntó un tanto sorprendido el sacerdote. -Era justo que usted anunciara públicamente quién había regalado el terreno para la Iglesia. Pero no ha hecho usted, que yo sepa, mención alguna del donante -contestó la dama.

-Entendí, señora, que usted hacía un donativo, no una compra de alabanzas -dijo el sacerdote. La verdad es que el que sirve al prójimo esperando recompensa, gratitud o alabanzas se está aprovechando del prójimo para servirse a sí mismo. El amor que Jesús quiere de nosotros es un amor sin egoísmo.

Otra lección que nos da el Evangelio de hoy es la de que no seamos soberbios, la de que seamos humildes. Es desagradable tratar con personas soberbias, orgullosas; en cambio, da gusto tratar con personas humildes, sencillas.

En una aldea había un doctor que tenía muchos conocimientos médicos. Pero jamás perdonaba que uno de sus clientes prefiriera consultar a otro doctor. Según él, los que bajo su atención morían era porque tenían que morir; nunca admitía la posible equivocación. Y hubo una gran alegría en el pueblo cuando este hombre soberbio se fue.

El nuevo doctor resultó un hombre sencillo, afectuoso pero no de muy profundos conocimientos médicos. Dándose cuenta de ello, él mismo enviaba los enfermos al especialista tan pronto como se daba cuenta de que él nada podía hacer. Cuando se jubiló, en un cariñoso homenaje, fue declarado el médico más querido que había conocido la aldea.

Los soberbios se consideran como el ombligo del mundo. Y no se dan cuenta de que no somos nada. Todo lo podemos perder en un momento.

El soberbio piensa que lo bueno que hace o lo bueno que tiene le corresponde a él, y no se da cuenta de que más que a nadie, lo bueno que hace o lo bueno que tiene corresponde a Dios.
Comparte ese artículo: Facebook Favicon Facebook Google Bookmarks Favicon Google Bookmarks Twitter Favicon Twitter YahooMyWeb Favicon YahooMyWeb
Comentarios