Espíritu que fue refrendado en 1929 cuando, tras una intensa movilización de la comunidad universitaria, logró su autonomía, que otorgaba la independencia de gobierno de los universitarios y la garantía del libre examen de las ideas: la libertad de cátedra.
A la par del desarrollo y fortalecimiento de sus tareas de investigación y docencia, la Universidad ha tenido que resistir y sobreponerse ante fuerzas y visiones que han pretendido subordinarla a los designios del poder e impedir que continúe siendo instrumento fundamental para la movilidad social en el país.
Situación que prevaleció hasta los años sesenta y setenta, cuando la matanza de estudiantes en octubre de 1968 y la represión del jueves de Corpus en 1971, pusieron al descubierto el verdadero rostro represivo del sistema político mexicano. La comunidad universitaria afrentó a un régimen que no entendía que el movimiento estudiantil encauzaba la asfixia impuesta desde el poder, que al cobijo de un crecimiento económico sostenido y una falsa estabilidad política, cancelaba cualquier espacio de participación al margen del aparato de control corporativo y toda forma de disidencia. Movimientos que marcaron un hito y abrieron cauce a la transformación democrática del México contemporáneo.
A partir del neoliberalismo, se alentó la creación de universidades privadas y se castigaron los recursos destinados a la educación superior, satanizando a la universidad pública y promoviendo la creación de las escuelas privadas. Eludiendo la responsabilidad del Estado para garantizar el derecho a la educación, buscando eliminar su gratuidad. Pese de todo, la UNAM es hoy el principal centro académico de Iberoamérica, mantiene su calidad académica y acrecienta su prestigio internacional, creando la red científica más importante del país y la consolidación de una corriente de pensamiento humanístico, sin alterar su carácter público, laico y gratuito.
Conmemorar los 100 años de la UNAM no puede reducirse a un acto de apología y demagogia. La universidad no es algo abstracto. Es un ente dialéctico en permanente transformación. Son sus aulas y laboratorios, sus maestros e investigadores, sus estudiantes y trabajadores. Es el teatro universitario, su orquesta sinfónica, el ballet de danza contemporánea, sus cines clubes, bibliotecas y museos. Es un clásico Pumas-Poli y un concierto de rock en la explanada. Es la libertad de cátedra y la salvaguarda de la pluralidad ideológica y del derecho de asilo a intelectuales y estudiantes perseguidos.
Pero también es un centro de contrastes y contradicciones, del que han egresado desde científicos e intelectuales del más alto nivel, hasta el hombre más rico del mundo, el subcomandante de una rebelión indígena, cientos de servidores públicos y representantes populares, y miles de profesionistas que no encuentran empleo.
En la UNAM, aprendí que la riqueza la produce el trabajo y no el capital. Que el principal obstáculo al desarrollo, es la desigualdad. Que la competencia debe buscar el progreso y no la acumulación. Que el principio de autoridad socava la democracia y que en la democracia son exigibles los derechos de una sociedad plural y diversa, que reconoce sus diferencias en la tolerancia y la no discriminación. Lo que no aprendieron los tecnócratas que han hundido en la pobreza y la violencia al país.
Esos son los principios que la Universidad Nacional Autónoma de México ha inculcado a las generaciones de un siglo. Principios, sin dogmas ni fundamentalismos, que en su primer siglo bien merece un ¡Goya Universidad!
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