“Si la historia universal no estuviera plagada de episodios en los que el odio fraternal es el principal protagonista, amén de los arrebatos de padres contra hijos y de éstos ¬contra aquellos, los duelos matrimoniales exacerbados por las ambiciones del poder, el imperio de las cofradías y las sectas secretas, las forzadas intimidades para asegurar complicidades por encima de la razón y las infinitas conexiones soterradas entre supuestos adversarios políticos simuladores, no tendríamos hilos conductores para sospechar, siquiera, de cuantos han modificado los perfiles políticos de nuestro país, arropados por la impunidad”.

Sabemos todos que “La Sucesión Presidencial en 1910”, con la firma del apóstol Francisco I. Madero, fue la punta de lanza contra la autocracia de Porfirio Díaz, aun cuando se reconocieran las aportaciones materiales de ésta, por cuanto significó la sacudida crítica en demanda de derechos políticos. Tiempo después, en mayo de 1975, el maestro Daniel Cosío Villegas, cuando comenzaba a decrecer la aureola presidencialista –si bien duró un cuarto de siglo más- publicó “La Sucesión Presidencial” para ampliar sus ensayos sobre “El Sistema Político Mexicano” y “El Estilo Personal de Gobernar”, puntualizando, irreverente hacia la intocable figura central, los mecanismos discrecionales que permitían al jefe del Estado mexicano designar a su sucesor con sólo su conciencia como consejera e incluso, no pocas veces, sin el menor consenso.

“2012: La Sucesión”, mi trabajo editorial más reciente y que Océano comenzará a circular a partir de los últimos días de esta semana –el lunes 24 estará accesible en toda la República-, no tiene pretensiones de secuela a la vista de los preclaros antecedentes. Porque cada ocasión, sin duda, ha sido singular: el imperativo de combatir la tramposa resistencia reeleccionista, en 1910; la ansiedad por compartir el mandato superior que delineaba destinos y proyectos, en 1975; y la urgencia por asomarse al futuro, agobiados por un presente violento y como tal incierto, en este 2010. El hilo conductor, la transmisión del Ejecutivo Federal, sirve como elemento central, en cada caso, para explicarnos la realidad de un país agobiado por la impudicia política. Sin estar cortados con la misma tijera tienen como referente indiscutible la persistencia de la autocracia, simulada o no.

En esta nueva obra, a diferencia de sus antecesoras, planteamos las secuelas criminales como partes sustantivas de los relevos en la llamada “primera magistratura”. La parte inicial, “Escenografías”, exhibe, acaso con crudeza, la persistencia de la impunidad desde el lejano 1522, cuando México todavía no era si bien el Conquistador, sobre este mismo suelo, definía a su arbitrio normativas y privilegios. Fue Hernán Cortés, el extremeño audaz, el iniciador de los crímenes de género, extendidos en nuestros días con las maldiciones del machismo y la intolerancia, al ser descubierto en infidelidad flagrante, incluyendo descendencia, por su mujer. No hubo nadie que osara, en aquella época, demandar justicia contra quien sería designado, poco después del drama, gobernador general de Nueva España por mandato del emperador Carlos V, el primero de España.

¿Cómo no explicarse, con este antecedente, la feroz manía de los dictadores o la del “jefe máximo”, por proceder contra sus adversarios, simplemente eliminándolos, para imponer decisiones, sobre todo sucesorias, sin ser jamás perseguidos? La matanza de Huitzilac, en la que perecieron el general Francisco Serrano, sus lugartenientes y operadores, y el fusilamiento del general Arnulfo R. Gómez en Teocelo, Veracruz, marcaron la última intentona reeleccionista, hasta hoy, en nuestra historia. Y no pudo ser porque también el general Álvaro Obregón sucumbió a los finiquitos del poder omnímodo, en condición de presidente electo.

Los escenarios trocaron en escenografías. Modernidad pura. Y así se han fraguado grandes desapariciones con montajes carreteriles para eliminar lo mismo a severos críticos que a figuras relevantes, entre tales el “Maquío” Clouthier y el brillante parlamentario de la derecha, José Ángel Conchello, a quienes sus supuestos herederos en el poder presidencial, Fox y Calderón, ni siquiera han intentando hacerles justicia, honrando sus memorias rescatándolas del oprobio de la impunidad que cobija a cuantos se conjuraron contra ellos. Todo termina cuando los archivos de la memoria se cierran; y en el libro anunciado, sencillamente, pretendemos reabrirlos.

¿Y qué decir de las caídas de helicópteros, Boeing y Learjet, que han modificado las rutas hacia la sucesión al tiempo de cancelarse no sólo proyectos personales sino posturas institucionales muy incómodas para determinados grupos de presión? Dicen que, no pocas veces, se ha atentado, por igual, contra el corazón de los mandatarios en cada momento crucial, lo mismo el de Salinas –tras el asesinato de Francisco Ruiz Massieu-, que el de Fox –al venirse abajo Ramón Martín Huerta-, y el de Calderón –con la desaparición temprana de Juan Camilo Mouriño-. La secuela plantea, per se, que no es casualidad.

Mirador
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