No faltan, por supuesto, actores que le den a la visita papal una interpretación tendenciosa, por ser 2012 el año de las elecciones presidenciales y legislativas. Otros que se dicen tolerantes invocan el laicismo del Estado para cuestionar su pertinencia, como si el Vaticano no fuese también un Estado. Sin embargo, los mexicanos saben diferenciar entre fe, religión y política. Así lo han demostrado. Lo que se ha perdido, y eso se refleja justamente en la crisis de seguridad y de valores, que parece no tener fin, es a Dios. Otros pretenden, ilusamente, sustituirlo por el Estado mismo.
En su libro “Jesús de Nazaret”, el papa Ratzinger dice al respecto:
“Nos encontramos de lleno ante el gran interrogante de cómo se puede conocer a Dios y cómo se puede desconocerlo, de cómo el hombre puede relacionarse con Dios y cómo puede perderlo. La arrogancia que quiere convertir a Dios en un objeto e imponerle nuestras condiciones experimentales de laboratorio no puede encontrar a Dios. Pues, de entrada, presupone ya que nosotros negamos a Dios en cuanto Dios, pues nos ponemos por encima de Él. Porque dejamos de lado toda dimensión del amor, de la escucha interior, y sólo reconocemos como real lo que se puede experimentar, lo que podemos tener en nuestras manos. Quien piensa de este modo de convierte a sí mismo en Dios y, con ello, no sólo degrada a Dios, sino también al mundo y a sí mismo”.
Sobre una escena de Jesús sobre el pináculo del templo, que “hace dirigir la mirada también hacia la cruz”, nos recuerda:
“Cristo no se arroja desde el pináculo del templo. No salta al abismo. No tienta a Dios. Pero ha descendido al abismo de la muerte, a la noche del abandono, al desamparo propio de los indefensos. Se ha atrevido a dar “este” salto como acto del amor de Dios por los hombres. Y por eso sabía que, saltando, sólo podía caer en la manos bondadosas del Padre. Así se revela el verdadero sentido del Salmo 91, el derecho a esa confianza última e ilimitada de que allí se habla: quien sigue la voluntad de Dios sabe que todos los horrores que le ocurran nunca perderá la última protección. Sabe que el fundamento del mundo es el amor y que, por ello, incluso cuando ningún hombre pueda o quiera ayudarle, él puede seguir adelante poniendo su confianza en Aquel que le ama. Pero esta confianza a la que la Escritura nos autoriza y a la que nos invita el Señor, el Resucitado, es algo completamente diverso del desafío aventurero de quien quiere convertir a Dios en nuestro siervo”.
Soy católico y porque procuro ser fiel a mi fe sin ambages, respeto profundamente a quienes no lo son. Por eso me alegra y emociona la visita de este Papa, que a sus 84 años no deja de ser calumniado, por lo que representa y por el bien que su verdad traerá a México. Mucho lo necesita.
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