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Dalia Reyes
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20 Diciembre 2016 04:00:00
25 sandías
Podría decir que todos lo hicimos por lo menos una vez en la vida. Y no crean, esta tentación no respeta sexo ni edad, pues conozco personas maduritas quienes se solazan en este acto tan perverso y prohibido y, por ello mismo, tentador.

No está tipificado como delito penal o civil, tampoco de lesa humanidad; si acaso, de lesa actividad porque solemos hacerlo cuando tenemos tiempo libre y un teléfono a la mano.

Conocemos las formas más comunes de este discutible acto que la tecnología ha echado de bruces por esa insistencia en saber quién está tras el teléfono. No es una extorsión ni tampoco un engaño, claro está, el autor de la broma determinará hasta qué punto llegar para no cruzar la delgada línea de la decencia y la indecencia.

Hay dos muy comunes: Ring –cuando los teléfonos sonaban riiiing- “Oiga ¿ahí lavan ropa? Nooo… ¡pues qué cochinos!” Y el bromista, muerto de la risa, colgaba el teléfono. La otra es con el refrigerador. Riiiing –ídem- “¿Su refrigerador está andando? Sííííí… ¡pues agárrelo porque se le va!”.

Sí, acepto que estoy muy retro, pero es una graciosada que aún a los más chiquillos hace reír. Sin embargo me acordé de este asunto porque siendo yo estudiante de química, estudiábamos el tema de las virulencias atenuadas –algo así como virus buena onda para ayudar a combatir enfermedades-. Mi amiga Conchita y yo tomamos el teléfono y marcamos a cuanta farmacia venía en el directorio; algunos entendidos rieron con nosotros, pero sí hubo quien dijo el amable “permítame un momentito” y se tomó algunos minutos para buscar en la letra “V” de sus anaqueles buscando el supuesto medicamento.

Una tan cruel como genial, la aprendí de Salvador Neira Zugasti, sí, el pianista serio y formal que nos hace el favor de volver cada año a Coahuila a tocar para nosotros. Quienes lo hayan visto en acción frente al teclado, no me van a creer; quienes no lo conozcan y vean su foto, tampoco. Nadie diría que una tarde de espera, tomó la bocina del teléfono, sacó del directorio los números de tres fruterías y marcó estableciendo este diálogo:
-Buenas tardes... ¿hablo a la frutería? -Sí, ¿qué se le ofrece?
-Se me ofrece que me traigan las 25 sandías que les encargué. -¿Cómo? ¿25 sandías?

-Claro que sí, ayer hablé con un caballero y quedó de traérmelas hoy en la mañana, ¿cómo es posible tanta informalidad?
-No señor, discúlpeme, es que no estaba enterada, pero ahorita se las mando… lo que pasa es que no le completo tantas, nada más tengo 8.

-¿A pesar de su informalidad ahora desea ofenderme con esa cantidad? No, ya no quiero que me envíe nada. Buenas tardes.

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