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José Gpe. Martínez Valero
José Gpe. Martínez Valero
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13 Agosto 2017 04:04:00
50 años… dos historias
“Después de todo qué complicado es el amor breve y en cambio qué sencillo el largo amor”.

Mario Benedetti. Escritor, poeta y dramaturgo uruguayo.

Que 20 años no son nada, dice al tango aquel de Gardel, pero, y si a esos 20 le sumamos otros 20, y la mitad de otros 20 más, el resultado, diría un buen matemático como mi madre, es por
supuesto 50. ¿Sin cuenta? Preguntaría un literato como mi padre, haciendo juego de palabras en congruencia con su profesión. ¿Cincuenta? ¡Sin cuenta! En ambos conceptos se podrían resumir dos historias comunes, que de comunes no tienen nada, como lo es la historia común de doña Dora Alicia y de don Everardo. Mucho les he hablado de ellos, en lo individual ¡Y cómo no! Si ambos son mis padres: Dora Alicia Valero Gómez, Everardo Martínez Pineda. Padres que no me son exclusivos, sino que además los tengo en condominio con Mara Gandhira y Dora Alicia también. Y perdón que hoy utilice este espacio para traerles esa historia extraordinaria de los dos, pero la causa lo amerita. Pues resulta que el día de ayer ambos celebraron 50 años de matrimonio ¿50 años de matrimonio? ¡No, 50 años de feliz unión! ¿50 años de desunión? ¡Que no! 50 años desde su unión ¿Y cómo empezó esa unión? Narro la historia que contó mi padre siendo maestro en la clase de Español cuando cursaba yo el tercero de secundaria, y tenía apenas 15 de edad. Perdonen si algo omito, pero la narración es prácticamente de memoria:

“La primera vez que vi a quien es hoy mi esposa fue en la Escuela Normal Superior, ella se dirigía a comprar algo en la tiendita de dicha institución donde los dos estudiábamos para ser lo que hoy somos, profesores. Yo me adelanté –dijo don Everardo– y le pedí al dependiente que lo que comprara la persona que llegara después fuera cargado a mi cuenta”. Así fue, ella pidió un refresco y cuando quiso pagarlo le dijeron que su costo estaba cubierto. Respondiendo doña Dora Alicia que no iba a consumir algo que ella misma no hubiera pagado, y que si no le decían quién había tenido tal atrevimiento, preferiría no comprar nada y retirarse de ahí. Al tendero no le quedó de otra, so pena de perder esa venta, que comentarle quién había hecho el pago por anticipado de su mercancía, y señalando a mi padre, dijo “el joven aquel”. Mamá se acercó para reclamarle comentando que tenía dinero suficiente como para no aceptar regalos de desconocidos; y papá, experto en el arte del enredo verbal, inmediatamente respondió: “Mucho gusto, mi nombre es Everardo, ya no somos desconocidos”. Doña Dora Alicia optó por ignorarlo retirándose del lugar con su refresco en mano, haciendo caso omiso también a la pregunta de cuál era su nombre. Papá, terco que era desde entonces, pensó: “No importa, de algún modo lo voy a averiguar”. Y así, a la salida de la escuela se acercó nuevamente a mi madre llamándola por su nombre y diciendo: “Dora Alicia ¿te puedo acompañar?”. Mi madre que seguía molesta, respondió: “Ya le he dicho que no platico con desconocidos, y menos si tienen el atrevimiento de hacer cosas sin mi autorización”. A lo que nuevamente Everardo respondió: “Pero si ni tan desconocidos, ¿no me presenté con usted, luego de que no me dejara pagar su refresco y hasta le dije mi nombre?”. Todo eso mientras llegaba el camión que habría de llevar a mamá de regreso a casa donde mi abuela Catalina; acompañándola papá, ya no sé si con su consentimiento o por pura necedad de él.

“Días después –siguió contando papá– al salir de un examen y pensando que era el primero de todos los grupos en acabar el mismo, vio con sorpresa que igualmente mi mamá estaba fuera de su respectivo salón de clase, y acercándosele le dijo: “¿No se te hizo difícil el examen?”. “No”, respondió ella, “hace como 20 minutos que lo entregué y la verdad estaba bastante sencillo”. Papá le dijo entonces: “Pues yo quería comentarte que desde el primer día que te vi aquí en la escuela me llamaste la atención. Que dicho llamado de atención se convirtió en atracción el día que no me permitiste pagar tu refresco, porque me di cuenta que además de ser una mujer bella, eres de carácter al no dejar que nadie haga cosas por ti que tú misma puedas hacer. Y bueno, hoy que además confirmo tu capacidad e inteligencia, quiero decirte que todo ello me enamora de ti, y me atrevo a preguntarte si quieres ser mi novia”. Mi papá dice que ella no lo pensó mucho –lo cual quiero creerle– y que mamá respondió: “Mmmsí, sí quiero ser tu novia”. Con tan buena fortuna para mi padre y oportunidad en la petición de noviazgo, que aquel día 3 de agosto del 61 cinco compañeros más le hicieron a ella la misma pregunta, y la respuesta para esos cinco fue siempre igual: “No puedo, ya tengo novio”. Seis años después, el 3 de agosto del 67 se casaron por la vía civil, y el 12 del mismo mes y año, por la iglesia. (Luego les contaré yo de lo importante que ha sido dicho número, el 12, en la historia de mi propia vida) ¡50 años! Tantos que ni los tres hijos, en sus respectivos matrimonios o lo que estos duraron, juntamos la misma suma de años que estuvimos casados. ¡¿Cómo le han hecho?! No lo sé, creo que el secreto está en que cada día, y eso lo veo genuinamente en sus acciones, mi padre procura hacer algo que enamore a mi mamá. Dicen los científicos que el enamoramiento como tal no dura más de 12 meses; y alguien alguna vez me preguntó: ¿Y por qué estar enamorado solamente cuatro, ocho o 12 meses? ¿Por qué no enamorarnos día con día, sólo el de hoy, sólo el presente, de tal modo que con ello se vaya construyendo un “para siempre”? ¡Y sí! Creo que esa es la respuesta del porqué mis padres han durado tantos años juntos: porque mi padre insiste en enamorar a mi madre día a día, uno tras otro. ¡Haberlo sabido antes!

Dice Benedetti en su poema Bodas de Perlas, que: “el amor breve aún en aquellos tramos en que ignora su proverbial urgencia, siempre guarda o esconde o disimula semiadioses que anuncian la invasión del olvido; en cambio, el largo amor no tiene cismas ni soluciones de continuidad, más bien continuidad de soluciones…”. Y bueno, digamos que también eso ha sido el matrimonio de mis padres: continuidad de soluciones. Una pareja como la que señala el propio escritor uruguayo en el poema citado: la “despareja”. Iguales no, complementarios; no sólo en sus virtudes, sino también en sus defectos para sentirse más cercanos al asumirlos. “Estábamos, estamos, estaremos juntos; a pedazos, a ratos, a párpados, a sueños…”; y así siguen ellos dos. A tal grado que a ratos, yo, su hijo, ya no sé si felicitarlos o de plano extenderles mi propio pésame. “La vida íntima de dos, esa historia mundial en livre de poche, (libro de bolsillo en francés) es tal vez un cantar de los cantares, más el eclesiastés y sin apocalipsis. Siempre hay un finísimo llanto, un placer; que a veces ni siquiera tiene lágrimas y es la parábola de esta historia mixta: la vida a cuatro manos, el desvelo o la alegría en que nos apoyamos; cada vez más seguros, casi como dos equilibristas sobre su alambre”. No sé tampoco, si la vida de ambos hecha poesía, o la poesía entre dos, hecha vida.

¡50 años! Y para cerrar, una sorpresa que no podía faltar: recién me acaban de hacer saber, de manera solemne los dos, que no tengo los 49 de edad que yo creía tener, sino 51. Sí ¡se casaron por mi culpa! Y apenas me lo están notificando…

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