Existe una diferencia fundamental entre luchar contra algo que nos molesta, que trabajar a favor de lo que sí queremos. “Nunca participaré en una manifestación en contra de la guerra. Si tiene una manifestación de paz, invíteme”, decía la Madre Teresa.
“Lo que se resiste persiste” dice Carl Young, “pero lo que se acepta se transforma”, dice una máxima budista. Si tú observas un río te darás cuenta que simplemente fluye. No se pelea con la montaña, de hecho, con el paso del tiempo labra nuevos cauces en aquella superficie que pareciera tan sólida e inamovible.
¿Qué haría un río peleándose con la montaña? Perder su tiempo. Lo que hace es darle la vuelta, hasta que finalmente lo envuelve, y por lo general, la hace desaparecer.
Es importante transformar la oposición en algo positivo. Si está en una campaña contra el hambre, mejor enfocarla para estar a favor de la nutrición, de que las personas tengan más que suficiente para comer. En lugar de estar contra un político específico, es mejor estar a favor de su oponente. Con frecuencia las elecciones se inclinan en favor de la persona que nadie quiere porque ella está recibiendo toda atención, que no es otra cosa que la energía de nuestro enfoque.
Está bien notar aquello que no desea, porque eso permite apreciar el contraste y decir: “bueno, esto es lo que quiero”. Pero al hablar repetidamente de lo que no queremos, no hacemos más que reforzarlo mentalmente. Y como sabemos, el pensamiento es el origen de toda acción.
Cuentan que, en su lecho de muerte, un rabino jasídico, exclamó: “Cuando yo era joven, me propuse cambiar el mundo. Al crecer un poco más, me percaté de que esto era demasiado ambicioso, por lo que me propuse cambiar mi país.Me di cuenta al hacerme mayor de que también era demasiado ambicioso, de modo que me propuse cambiar mi ciudad. Cuando advertí que no podría hacer ni siquiera esto, traté de cambiar a mi familia. Ahora que soy viejo, sé que debería haber comenzado por cambiar yo mismo.
“Si hubiera empezado por mí mismo, tal vez habría conseguido cambiar a mi “familia, mi ciudad o aun el país... y quién sabe, ¡quizás incluso el mundo!”.
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