Afirman los especialistas en comportamiento humano que aún en las universidades más prestigiadas del mundo se padece una tremenda crisis de valores que se manifiesta en violencia y corrupción extrema. Aseguran que las sociedades están en crisis por falta de maestros. La ciencia ha logrado conocer por medio de huellas dactilares el dibujo de una piel, pero se requiere de profunda intuición para penetrar el cerebro humano y abrirlo a la voluntad de discernir.
La esperanza del mundo está puesta en la labor magisterial para crear sociedades nuevas, en todos aquellos que a pesar de la falta de un debido reconocimiento a su excelsa labor, hacen de la educación más que una profesión, una vida.
La labor del maestro es grande, mística, porque además de la capacitación personal y tecnológica que la educación del Siglo XXI exige, deberá formar ciudadanos responsables y éticos y, para ello, la acción educativa requiere una actitud nueva: La más profunda objetividad tiene que ir aunada a una gran capacidad de comprensión humana. Tarea compleja, pero fascinante.
La nueva pedagogía no se centra exclusivamente en la transmisión de conocimientos (eso lo puede hacer el ordenador). Conocer ya no es “saber”, sino intuir, imaginar, crear. Lo cual exige educar para la autenticidad, y para la convivencia humana. Los alumnos no son meros cerebros para ilustrar, sino seres humanos con originalidad de vida y de destino.
Cuál es el ideal de Maestro del Siglo XXI para construir un mundo nuevo? Un maestro enamorado de la educación que conjugue la ciencia con el humanismo: Académicamente exigente y humanamente comprensivo, capaz de crear una atmósfera de confianza y libertad, mezcla de severidad y dulzura, que envuelva la realidad con la esperanza.
Aunque la profesión de maestro es generalmente mal remunerada en muchas partes del mundo, todavía hay maestros de corazón. Ellos son los verdaderos héroes de nuestros días. Los que modelan con su palabra la materia prima más preciosa del universo: Las mentes y corazones de la niñez y la juventud. Mas ¡ay! qué duro es ser maestro. ¿Quién sabe de la energía, el esfuerzo, la pasión que invierte al preparar su cátedra? ¿Quién sabe cuánto se desgasta y se consume tratando de iluminar los cerebros dormidos, perezosos?
Las ideas son frágiles y suelen permanecer en estado latente mucho tiempo antes de dar fruto. Las ideas, como pequeñísimas semillas de mostaza, revolotean, juegan, se esconde, se pierden. Unas caen en cabeza dura y mueren. Otras caen en corazones agrios y se asfixian. Pero unas cuantas ideas caen en cerebro húmedo, cálido y fértil y ahí se incuban. Penetran la mente como fina llovizna. Tal vez tarden mucho tiempo en dar fruto pero ahí están. Un día, sin saber por qué ni cómo, cobran vida, se dispara la chispa vital y visten el cerebro de luz. La palabra del maestro desciende lentamente al corazón: Lo acaricia, lo envuelve, lo posee, lo inflama con su fuego. Luego incendia la voluntad y provoca que palpite con determinación. La palabra se hace acción y, como la minúscula semilla de mostaza, se convierte en frondoso árbol.
El proceso es lento, penoso. La misteriosa y suave maduración de las ideas y de los valores requiere de maestros que tiren sus semillas al aire y no les importe dónde germinen, ni quién recoja la cosecha, ni cuándo. Sus palabras, guardadas, esperan el momento y el lugar apropiados para cobrar vida.
Al maestro lo ilumina su mismo resplandor, y se deja consumir por su propia llama. Él nunca muere: perdura en las mentes, corazones y acciones de los que reciben el regalo de sus semillas. ¡Feliz Día del Maestro y de la Maestra!’
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