Para León

El oro estará siempre bajo sospecha. Contraria a esta condición protagónica, es en la plata donde existe otra forma de nobleza.

Hablo de plata como la de los espejos, ésa que reconstruye luminosos espacios más allá del tacto. No la plata de las fotografías, esa sal mezquina que los días van oxidando, destruyendo en ella, no un reflejo cambiante, sino una luz condenada a la quietud, como avergonzada de su brillo atrapado de repente. Pero volvamos a la plata y su sobriedad ubicua, no por nada, es su proporción la que da al oro su kilataje.

Reflejos

Esa superficie es plano de magias y de conjuros, en ella se inscriben verdaderos oráculos, como aquel que en los retrovisores -multiplicado en millones y millones de automóviles- dice que “Los objetos están más cerca de lo que aparentan”. Ya los antiguos chinos recomendaban no dormir frente a un espejo, asegurando que ante su reflejo el alma corría el riesgo de confundirse y perderse para siempre.

Laberintos

El espejo es conjuro y misteriosa magia: ya es lugar común la abominación borgiana ante el espejo y la cópula debido a su capacidad de multiplicar a las criaturas. Es de plata el infinito delirio de los espejos
enfrentados.

De plata, en la leyenda, el cielorraso de los hoteles clandestinos. Y hasta en el universo de lo monstruoso, de plata la bala para abatir al hombre lobo y al vampiro. De plata la luna menguante que apuñala las sombras.

De plata las sienes de la madurez.

De plata los circuitos que hacen posible la transmisión de un viejo bolero cualquier madrugada.

De plata el desvanecido rostro de los fantasmas.

De plata

Los crucifijos, las mandas y los milagros prendados a una vana esperanza. De plata la joyería más popular, la máscara que en el ser colectivo conquistó su nicho junto a los símbolos de la patria. De plata la emulsión estriada donde corrían los hombres hoy muertos de las viejas películas. De plata sus voces, de plata el murmullo de las parejas entre las butacas. De plata las rubias fatales del cine negro.

De plata mi madre a los 19 años. De plata mi abuela a los 16.

Fulgor

De plata los coches de la infancia, los astronautas, los rines de los cochecitos, los robots imbéciles.

De plata el crucifijo, el mango del puñal, la nube de la tarde.

Sin la vulgaridad del cobre que pronto se muestra, ni la desmesura del plomo -balas de cañón, suelas de buzo, soldados de juguete- la plata es flexible, dulce, mansa.

De plata los sueños, la faz de la luna, el mango de los bastones, la móvil pupila de la lagartija, la tela de la araña, la armadura del pe, el pecho de las aves, las rejas de la lluvia, la niebla y sus murallas móviles, las lágrimas, el sudor, las cascadas.

De plata

Las entrañas donde se levantaron ciudades sublimes. De plata la mina donde trabajó mi padre.

De plata un trozo de espejo, un niño escondido en la sombra; la palma de mi mano a los 8 años, arrojando un suave venero de luz, un parpadeo del sol para rasgar la penumbra.

Bardo de las bardas

“La palabra es plata y el silencio es oro”.

Anónimo
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