Hijo sin hijos
La escritura ha sido siempre un intento de bucear en esa tiniebla, como el tímido haz de una lámpara sorda a través de densas masas de sombra.
Cuatro años antes de morir, en 1938, Miguel Hernández escribió en su “Cancionero y Romancero de Ausencia” a propósito de la muerte de su pequeño hijo Manuel Ramón: “Tus ojos parecen / agua removida. / ¿Qué son?”.
Cronista de pesadillas y de los misterios del alma humana, autor de novelas fundamentales que se adelantaron al horror como “Sobre Héroes y Tumbas” (1961) y el experimento metaliterario “Abaddón, el Exterminador” (1974) Ernesto Sábato experimentó el manotazo duro en la pérdida de Jorge, su hijo mayor, durante un accidente automovilístico. Con más de 80 años y prófugo de todos los “ismos”, el argentino se dio a la tarea de explicarse a sí mismo su vida y su dolor en “Antes del Fin”, considerado desde entonces como su testamento literario. Ahí consignó: “Toda experiencia de dolor, de gran dolor, nos cuestiona enteramente la vida, hasta la misma existencia de Dios. Pero los grandes sufrimientos nos llevan a contemplar la vida con mayor hondura. Es un gran misterio, y por eso no lo podemos explicar. La razón logra abarcar el absurdo, pero no alcanza a penetrar los misterios. Pero no estoy abatido, no, porque siempre he sentido una enorme pasión por la vida. Creo, como dijo Camus, que “no hay amor de vivir sin desesperación de vivir.”
Una columna de fuego
En 1976, tres meses después de su hija de 26 años fuera abatida en la Argentina de la dictadura, Rodolfo Walsh, disfrazado, se enfrentó a un grupo paramilitar que pretendía secuestrarlo. Se supo después que fue herido. Su cuerpo nunca apareció. Antes, había escrito una carta a su hija Victoria: “Ahora el miedo es aflicción. Sé muy bien por qué cosas has vivido, combatido. Estoy orgulloso de esas cosas. Me quisiste, te quise. El día que te mataron cumpliste 26 años. Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizás te envidio, querida mía. Anoche tuve una pesadilla torrencial, en la que había una columna de fuego, poderosa, pero contenida en sus límites, que brotaba de alguna profundidad. Hoy en el tren un hombre me decía: “Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año”. Hablaba por él, pero también por mí.”
El dolor rompe el tiempo
A Juan Gelman, Premio Cervantes de Literatura 2008, también argentino, tambien durante la dictadura, en el aciago 1976, le arrebataron a su hijo y a su nuera embarazada de siete meses. En 1990 un equipo forense identificó los restos de Marcelo Gelman en un río, dentro de un tambo lleno de cemento. Había sido asesinado de un tiro en la nuca. Luego de largas pesquisas, pudo enterarse que su nuera habría sido mantenida con vida para dar a luz a una niña. En el año 2000 encontró a su nieta en Uruguay. Desde entonces, la joven decidió tomar los apellidos de sus verdaderos padres. En su libro “Valer la Pena”, Gelman había conversado con su hijo Marcelo: “Estas visitas que nos hacemos / vos desde la muerte / yo cerca de ahí / es la infancia que pone un dedo sobre el tiempo / ¿Por qué al doblar una esquina encuentro tu candor sorprendido? / ¿Tu soledad obediente a leyes de fierro?”
Bardo de las bardas
“Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios”. César Vallejo
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