Si usted cree que la ciencia no puede explicar los fenómenos de la magia, la religión y las supersticiones, está muy equivocado. Si se imagina que los científicos son unos seres perversos que se la pasan construyendo armas masivas de destrucción, como la bomba atómica o la de hidrógeno, es que no ha enfocado bien el tema.

Si piensa que es por efectos de los avances científicos que estamos al borde del colapso climático es porque le falta información científica sobre lo que hace el científico y lo que es la economía política de la ciencia.

Pero piensa así porque durante muchos años en la escuela no se hablaba de los métodos de la ciencia sino sólo de algunos de sus resultados, no se enseñaba a pensar de manera científica sino mecánica.

Ahora existe en el mundo un importante movimiento educativo para popularizarla, es decir, para intentar hacer accesibles sus métodos y descubrimientos a los no científicos y para hacer que los niños se enamoren de ella. La ciencia es más que una serie de conocimientos. Es una manera de pensar, científica y disciplinada al mismo tiempo.

La ciencia, dice ese gran divulgador llamado Carl Sagan, nos invita a aceptar los hechos, aunque no se adapten a nuestras ideas preconcebidas. Nos aconseja tener hipótesis alternativas en la cabeza y ver cuál se adapta mejor a los hechos.

Nos insta a un delicado equilibrio entre una apertura sin barreras a las nuevas ideas, por muy heréticas que sean, y el escrutinio escéptico más riguroso. Esta manera de pensar también es una herramienta esencial para cualquier democracia en una era de cambio. Una de las razones del éxito de la ciencia es que tiene un mecanismo incorporado que corrige los errores en su propio interior, de manera autocrítica y rigurosa.

Dice Benjamín Franklin que no hay inversión más rentable que la del conocimiento, y el mejor lugar para invertir es en la mente de nuestros niños y jóvenes, en el conocimiento científico que será, al final del día, lo que nos hará grandes como nación o nos dejará en el sótano de la pobreza. Y en la sociedad del conocimiento, que es en donde vivimos ahora, la riqueza se mide en patentes, que son el resultado de la investigación científica y cuyo valor debemos enseñarles a nuestros niños.

Mañana inicia la edición 17 de la Semana Nacional de Ciencia y Tecnología, con el tema de la Biodiversidad. Esta semana nos dará un excelente motivo para analizar en las escuelas, en las casas y en las reuniones lo que nos ha aportado la ciencia y tendremos eventos y conferencias realmente interesantes y divertidas, tales como “Cuatro Ciénegas: un viaje al inicio de la biodiversidad del planeta”, “El ciempiés tiene 900 patas menos que el milpiés”, “Los nuevos descubrimientos tecnológicos en México” y muchas otras a cual más interesantes. El Consejo Estatal de Ciencia y Tecnología, nuestro Coecyt, en verdad se puso de gala.

¿Por qué es buena noticia? Porque con las diferentes actividades programadas, muchos niños entrarán en contacto no solamente con la ciencia, sino con el cómo se hace y a través de las personas que la hacen, es decir, de la mano de los científicos. Y es que tanto México como nuestro estado necesitan urgentemente desarrollar científicos que nos aseguren un puesto relevante en el panorama mundial. Actualmente es más seguro elevar el nivel de vida de un pueblo con el desarrollo científico que con las armas o las ideas políticas radicales.

Las patentes son la consecuencia económica de la investigación científica y tecnológica y es mejor tener una patente que recibir la herencia de una tía rica. La inventiva es natural en los niños, pero si no les damos la oportunidad de desarrollarla, nunca vivirán de ella y todos perderemos los grandes científicos y los inventos que pueda generar nuestro país. Celebremos esta nueva noticia llevando a nuestros niños a todas esas actividades que solamente una vez al año se realizan.

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