Las sociedades necesitan referencias, coordenadas, nortes morales que las guíen e incluso las inspiren. En los ríos subterráneos de La Laguna corre magma. La inconformidad callada, soterrada, contenida de los últimos decenios halló cauce y empieza expresarse por medio de fumarolas que anuncian erupciones, como cíclicamente sucede. Se percibe en el ambiente, se refleja en los medios. En este nuevo despertar, al que precede una prolongada hibernación, equivalente a la de un volcán dormido, lo importante consiste en identificar y apartar el oportunismo, cualesquiera que sean los intereses y las siglas que lo encubran, de los reclamos legítimos de seguridad, justicia y bienestar.

Una de las reservas morales de La Laguna la constituye don Braulio Fernández Aguirre, ex alcalde de Torreón y último gobernador lagunero, en el período 1963-1969. Esto significa que un año lo gobernó con López Mateos en la Presidencia y cinco con Díaz Ordaz, los presidentes del carisma y el orden, antes de la borrachera populista de Echeverría y la degradación institucional de López Portillo.

Visité a don Braulio ayer, con motivo de su cumpleaños número 99. Mi relación con él la motiva una historia, la suya, de esfuerzo, adversidad y éxito, marcada por la sobriedad y buen juicio. Como senador y director de la Comisión Nacional de Zonas Áridas le entrevisté una o dos veces. En el invierno de 1996 me concedió la que fue quizá la última entrevista más larga que aceptó. Me citó en su rancho de Tierra Blanca. El tema fue la política, a instancias mía, no de él, siempre cuidadoso de las formas, distante del poder que ya ostentaban otros.

Ayer, en la sala de su casa, coincidí con quien fue su primer alcalde de Saltillo, Roberto Orozco, y el profesor Arturo Berrueto, tesorero de éste y presidente capitalino en el primer tramo del gobierno de Eulalio Gutiérrez. Poco después llegaron Alberto Kerckoff, Juan Antonio Fernández y Carlos Destenave, quienes le entregaron una placa de cristal con un mensaje, firmado por ellos, en reconocimiento a su labor política, pero sobre todo a su estatura humana. Hacia el mediodía llegó Francisco José Madero, sobrino del Mártir de la Revolución.

Don Braulio se ve bien. A diferencia de la camisa vaquera que acostumbraba, como hombre de campo que ha sido, esta vez vestía una casual de moda. El 3, 4 de noviembre recibí una llamada suya. Era para disculparse por no asistir al desayuno por el 16 aniversario del periódico “Espacio 4”, donde laboro, “por razones de edad”. “Ya quisieran muchos jóvenes su vitalidad, su actitud”, le dije. Ayer le constaté de nuevo. Habló de que los padecimientos “no me debilitan, me limitan”. Tras una pausa, y con las volutas del humo de su puro aún en el ambiente, la reflexión. “¿Qué nos queda? Aguantar y vivir contentos”.

En la actualidad, muchos claudican antes de iniciar la lucha y parecen empeñados en ser infelices. Los tiempos son duros, es cierto, pero ¿cuándo no lo han sido? A don Braulio, que de niño vio a Villa a su paso por San Pedro, lo fortalecen su familia y “momentos como este, que se acuerden de uno después de tantos años”. Y también, claro, esa herida íntima, dulce, imborrable que no sana, de nombre Lucía, mujer que llegó a su vida para presidirla como hoy, en ausencia, colma su alma de hombre bueno.

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