Mal, demasiado mal deben hacer su trabajo los aspirantes presidenciales del PAN y el PRI, para que López Obrador parezca hoy la opción más ecuánime, seria y sensata. Como en sus tiempos de jefe de gobierno de la Ciudad de México, el candidato de las izquierdas marca la agenda y dice y hace cosas que jamás se atreverían Enrique Peña –émulo moderno de Gabino Barrera–, Josefina Vázquez, Ernesto Cordero y Santiago Creel. No por reponsables, sino porque están atados a demasiados vicios e intereses.

Las encuestas que todavía ubican a Peña como favorito, son engañosas, no corresponden a lo que de él se dice y piensa. Perder puntos antes de que empiecen las campañas, en la mayoría de los casos por pifias del propio candidato, es la peor señal. Si López Obrador perdió seguidores por soberbio en 2006, el ex gobernador del Estado de México tiene la rara virtud de concitar antipatías por su estampa de Dorian Grey y sus secretos escandalosos; unos ya ventilados, otros por estallar.

Acción Nacional elegirá candidato este domingo. Sólo que ninguno de los tres aspirantes –Cordero, Vázquez y Creel– obtenga el 50% más uno de los votos o que el primer lugar capte 37%, pero no rebase por cinco puntos o más al competidor más inmediato, habrá segunda vuelta el 19 de febrero que es, por cierto, Día del Ejército. El PAN es el único partido que utiliza un proceso democrático –no necesariamente pulcro–, pues tanto Andrés Manuel como Peña son candidatos por consenso o por imposición.

Hasta hoy el tiempo le ha dado la razón al ex presidente del PRI, Humberto Moreira, según el cual la competencia será entre el candidato de Televisa y del Grupo Atlacomulco, que, en términos futbolísticos, serían “los millonarios” del América –por la sentencia hankiana de que “un político pobre es un pobre político”–, y el del Movimiento de Regeneración Nacional que agrupa al PRD, al PT y al partido que antes era Convergencia. Sobre el PAN pesan 12 años de ejercicio del poder, caracterizados por bajo crecimiento económico y violencia sin precedente.

Los dislates de Peña se suman a una cadena de escándalos en estados que gobierna el PRI, desde el Caribe hasta el Golfo y del centro al norte. Los que por ahora están en el ojo del huracán son Quintana Roo, Veracruz y Tamaulipas, por casos de fraude, pederastia, la danza jarocha de los 25 millones de pesos y las investigaciones contra los ex gobernadores Manuel Cavazos, Tomás Yarrington y Eugenio Hernández, por presuntos vínculos con el narcotráfico. También podrían estar en la mira de la DEA.

Por su parte, López Obrador navega en mar sosegado y sin agitación. En una gira nombra secretarios, en otra anuncia fórmulas para inyectarle al país 600 mil millones de pesos anuales –mediante la amputación de brazos a la corrupción y la cancelación de privilegios a la alta burocracia– y reactivar la economía. Al día siguiente declara que no subirá impuestos y que su gobierno, en caso de ser electo, generará empleos a un ritmo de 1.2 millones de plazas por año. Peña, mientras tanto, no da pie con bola y el PAN deshoja la margarita para decidir entre Josefina, Ernesto y Santiago. Cada vez se extiende más la idea de que López Obrador será el próximo Presidente, por la paradójica razón de que “representa el verdadero cambio”.

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