Si las cosas de la política son complicadas, cuando se trata de política internacional lo son más, sobre todo cuando uno de los interlocutores es la potencia imperial más vigorosa que ha habido en la historia del mundo.

Hace no mucho, nuestros vecinos –que lo son, para más complicar las cosas- nombraron embajador ante México a un especialista en estados fallidos –el señor Pascual, de ingrata memoria hoy en día- quien sabe con qué intención, aunque el contexto en que quedó enmarcada esa designación estuvo caracterizado por la percepción, que parece superada, de que nuestro país estaba inmerso en el mar proceloso de la narcoinsurgencia.

Con el tiempo, un desliz sin mayor relevancia, filtrado por el ya célebre “Wikileaks”, puso en condiciones precarias nuestra relación con los Estados Unidos de América, al grado de que el propio presidente Calderón, personalmente y en los Estados Unidos, manifestó su desagrado y, de hecho, le retiró el “placet” al embajador Pascual, propiciando que renunciara pasados algunos meses, aunque no se fuera sino después de otros más.

Algunos transcurrieron todavía sin que fuera cubierta la sede –lo que en sí mismo puede tener algún significado- hasta que en la semana que concluyó fue ratificada la nominación de Obama a favor de Earl Anthony Wayne como embajador de los Estados Unidos ante México.

Si, como parece ser, el perfil de un embajador no implica una necesaria modificación en la línea política de la relación bilateral, puede en cambio aportar señales sobre el estilo del instrumento, que ya se sabe bien que en la diplomacia, como en la política, según decía Ortega y Gasset (aunque muchos se lo atribuyan a D. Jesús Reyes Heroles), “la forma es fondo”.

No está de más, por lo tanto, echar una ojeada a los rasgos de nuevo embajador para ir descubriendo, en lo posible, las vicisitudes que ofrece nuestro porvenir en la relación con el vecino de norte, crucial como es para nosotros en todo sentido.

Por principio de cuentas hay que decir que, a diferencia de Pascual, Wayne es un diplomático de carrera, con una antigüedad que data de 1975 y que actualmente es embajador adjunto de Estados Unidos en Afganistán –foco rojo, digo yo- y lo ha sido en Argentina, también en tiempos álgidos: Antes fue subsecretario de Estado, con funciones en materia de asuntos económicos y empresariales, lo que quizá plantee para México –cuando menos para sus empresarios- una perspectiva promisoria en el mundo de la economía.

Es un politólogo, de 60 años, originario de California, en cuya Universidad –sede Berkeley- estudió el equivalente a nuestra licenciatura, mientras que la maestría en Ciencias Políticas la curso en las también prestigiosas universidades de Stanford y Princeton, mientras que obtuvo otra en Administración Pública, cuyo grado le fue otorgado nada más y nada menos que por de la Universidad de Harvard.

Un dato importante es que Wayne es y, según parece, de los pocos diplomáticos estadounidenses que han alcanzado el nivel de “Embajador de Carrera”, lo que habla bien de su desempeño en esa rama del servicio civil.

Además, es oportuno tener en cuenta que su desempeño en la Argentina fue durante los tiempos de Bush Jr., de un lado, y Kirchner, del otro, en medio de grandes y graves tensiones, que aparentemente el embajador Wayne logró distender de manera eficaz y suave.

Es alentador que venga un diplomático con las credenciales que ostenta Wayne, aunque para algunos su estatura política disminuya la importancia de México a los ojos de los Estados Unidos o signifique que cubrirá un interinato mientras se resuelven las cosas electorales en ambos países, pero principalmente allá.

Esperemos que sea benéfico su desempeño, como creo que puede esperarse a juzgar por sus antecedentes.