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Dalia Reyes
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09 Diciembre 2016 04:00:00
Atracción inexplicable
Llega un momento en la vida de toda madre cuando debe explicarle a su hijo esos asuntos que hoy en día no se resuelven con la parábola de la abejita y las flores. Quien se escandalice por abordar ese tema, pare de leer, porque contaré cierta anécdota bochornosa.

La pregunta me llegó mientras tarareaba un clásico de The Train. Conducía con parsimonia rumbo a la escuela, cuando una voz que hace no mucho fue tipluda y ahora se disfraza de bajo dramático me soltó la cuestión: ¿por qué me atraería otra persona?

La respuesta inmediata fue automática: porque te gusta. No sabía que estaba jalando la hebra para encontrarme el resto de un iceberg. ¿Y si a “alguien” le atrae quien no le gusta? Supe que estaba enfrentando la vieja excusa del “primo de un amigo”.

Hablé un poco sobre la empatía, la coincidencia en ciertos gustos y preferencias, tal vez el parecido con alguien que idealizamos a través de la televisión, el cine o la Literatura. En algunas ocasiones las personas creemos encontrar personajes entre las personas.

¿Y si no coincidimos en nada?, insistió. Usé mis escasos conocimientos de física, neurolingüística y madre empírica para explicarle temas de empatía, atracción de opuestos. Fui más parca, considerando que los argumentos de madre debería apegarse única y exclusivamente a: “No la busques hijo muy bonita, porque al paso del tiempo se le quita, busca amor, anda más que amor”.

Como explicar el término amor me remitiría desde Platón a Derrida, pasando por Neruda y Bécquer, acabé pronto ese apartado, tanto porque se me acabaron los conceptos como porque enseguida cuestionó sobre cuál era la forma de proceder si te pasa con alguien que no te gusta, no coincides, no empatas y puede que sea bonita.

Mi paciencia con las parábolas llegó a su fin. Le puse sobre el volante el asunto de la naturaleza, las hormonas, la atracción salvaje para la reproducción y esas cosas que mejor se abordan cuando se habla de caballos pura sangre. Terminé mi perorata y respiré agitada.

Un segundo después dijo: “ah, sí, ya entendí”.

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