Gabino Cué es un político cortado con tijeras finas. Pertenece a un partido que forma parte del bloque que no ha dejado de llamar “espurio” a Felipe Calderón, y sin embargo, el senador oaxaqueño se ha mantenido en el terreno del respeto y el debate de altura. No es un radical, pero sí un político de vanguardia; no es un abyecto, pero tampoco un peleonero. Tiene todo para formar parte de la siguiente generación de gobernantes en México, pero el presente lo tiene atrapado.

Cué ha estado trabajando una coalición de partidos que lo respalde para enfrentar al PRI en la próxima elección para gobernador en Oaxaca. Contendió hace seis años contra Ulises Ruiz, en unos comicios que fueron muy disputados y que sólo se definieron en los últimos momentos del cómputo. Cué, sus seguidores y numerosos observadores externos, pensaron que habían sido objeto de un fraude, pero no pudieron probarlo. Cué no se amargó y comenzó desde ese mismo momento a trabajar en el futuro.

Ese futuro es 2010, pero las fuerzas que lo acompañaron entonces, hoy tienen otro tipo de problemas. La elección presidencial de 2006 dividió al PAN y al PRD. Andrés Manuel López Obrador, que ha respaldado sistemáticamente a Cué desde entonces y que ha hecho campaña de pueblo en pueblo en Oaxaca a su lado, nunca aceptó su derrota ante Felipe Calderón. El “presidente legítimo”, como se hace llamar López Obrador, es por su parte, una pesadilla interminable para el Presidente y su equipo en Los Pinos, que han vivido obsesionados por su presencia. Si algo existe entre ambos, es una indisposición creciente a entenderse.

Cué ha buscado afanosamente que el PAN, que está en el poder, respalde su candidatura. La condición implícita fue que reconociera como presidente a Calderón. Hace unos días declaró que de llegar a la gubernatura, lo hará, lo que provocó un sacudimiento en el ala radical de la izquierda. López Obrador, dijo que no respalda la alianza. Su congruencia y consistencia en el repudio a Calderón es más grande que la ambición de que su protegido se quede con la gubernatura de Oaxaca. Para Cué, que no es un rupturista, es más importante sacar al PRI de Oaxaca que aceptar de forma lo que reconocen de hecho: que Felipe Calderón es Presidente de México. Su problema es que la política mexicana no está cimentada sobre realidades sino sobre símbolos. Está en medio de la convulsión. Su apoyo político en el centro emana de Diódoro Carrasco, ex diputado del PAN, a donde saltó después de ser gobernador priísta en Oaxaca y último secretario de Gobernación del presidente Ernesto Zedillo, quien ha sido uno de los arquitectos de la alianza entre ese partido y el PAN, y fue uno de los principales autores intelectuales del intento fallido por derrocar al gobernador Ulises Ruiz durante el conflicto magisterial y contra la APPO en 2005. En Oaxaca vienen de su viejo amigo, Jesús Martínez Álvarez, que fue gobernador interino cuando dejó el poder Pedro Vázquez Colmenares, y que rompió con el PRI cuando lo pasaron de largo en la candidatura para ese cargo, y Ericel Gómez Nucamendi, dueño del diario “Noticias”, que ha sido el martillo permanente sobre la cabeza de Ruiz.

Todos ellos, por razones políticas y porque le recortaron el financiamiento al diario, se pelearon con el ex gobernador José Murat y más adelante con su sucesor Ruiz. En la izquierda, las razones son menos mundanas. Aunque Martínez Álvarez y Gómez Nucamendi se incorporaron a Convergencia quienes tras dejar el PRI, el partido que forma parte de la coalición de izquierda ha visto Oaxaca al alcance de su mano. López Obrador, que olfatea muy bien la política, no ha dejado de tratar de minar a Ruiz. Cué es la pieza en la que todos ellos confluyen y que ahora, en el momento de la verdad, la tienen en una contradicción.

Cué justifica la alianza PAN-PRD es únicamente para Oaxaca, donde pueden negociar un programa común que beneficie a los oaxaqueños, sin que esto signifique que se tengan que poner de acuerdo a nivel nacional. Sabino Bastidas, quien ha estado muy cerca de Carrasco y Cué, dijo recientemente en una entrevista de radio que a diferencia de la política a nivel nacional, en el local no ha madurado lo suficiente como para que un partido pueda vencer al PRI en una elección para gobernador. Los argumentos, sin embargo, se caen. En otros estados se ha derrotado a gobernadores más fuertes del PRI –como Eduardo Bours en Sonora-, y tampoco hay posibilidades de deslindar un programa político a nivel local, del nacional porque no existe esa sofisticación en la clase política. No hay mejor prueba que ni siquiera la izquierda está unida en torno al mismo proyecto de nación.

El aspirante a gobernador está arrollado por la real politik mexicana. A mediados de la semana, el secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, declaró que esa alianza ni era congruente, ni era democrática.

Independientemente de la calificación que dio, el hecho es que el jefe político del gabinete calderonista dejó claro que en los términos actuales, lo que plantea Cué es utópico. Gómez Mont le está pagando el favor que hizo Ruiz al Presidente durante la negociación presupuestal, donde encabezó la lista de gobernadores priistas, debatiendo y peleando en público, para incrementar los impuestos que planteaba Hacienda. Ruiz nunca se amilanó; Gómez Mont se puso a su altura.

Ni Cué, ni su legión de apoyo en Oaxaca, ni los presidentes nacionales del PRD, Jesús Ortega, y del PAN, César Nava, han tomado este último pacto político intangible entre Ruiz y el Gobierno, como el derrotero que seguirá la alianza.

Para Calderón era más importante, está quedando demostrado, rescatar un incremento en los impuestos, que ganar Oaxaca. De manera lógica, el bien común nacional se impuso a lo que pueden considerar el bien común oaxaqueño. En esta ocasión coincide con López Obrador. Ninguno de los dos se queja. Saben que fue por diferentes razones y que, en este caso, los dos tienen razón. Aunque claro, no hay que olvidar, que en México lo que parece no necesariamente es, y lo que se cree sólido, puede romperse. Esto sucede cuando la política, en el fondo, no es seria. Cué es su más reciente víctima.
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