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Como en ningún tiempo anterior, éstos son momentos de pensar en nuestro México, en lo que fuimos y en lo que nos hemos convertido. Es la hora de reflexionar en los valores, en los símbolos y los significados. Se convierte en una magnífica ocasión de distinguir entre los conceptos de Patria y de Nación.

La Patria nos queda clara: su bandera, su escudo y su himno, que nos distingue del resto de sociedades mundiales. La Patria es nuestra historia, es el amor por nuestro país en lo más profundo de las entrañas, que se siente en donde radiquemos. Es el sentimiento que nos ha convertido a través del tiempo en personas diferentes a todas las demás, únicas y diversas.

Pero el nacionalismo, a diferencia del patriotismo, no es el amor por la tierra que nos vio nacer o la que elegimos. Es un concepto cultural que está lleno de imágenes, que fue construido a lo largo del proceso de integración de la sociedad, entrecruzado por la visión que tuvieron de nuestro país artistas e intelectuales incorporados a lo que ellos identificaban como las mayorías, al pueblo, creando esa gran cantidad de estereotipos nacionales, como el charro y la china poblana bailando el jarabe tapatío, como manifestación de la mexicanidad.

Se fueron forjando objetos cuyos significados no estaban relacionados con el objeto mismo sino con el contexto que los acogía.

La labor de definir al país y a su pueblo, de explicar sus diversas manifestaciones, fue la tarea a la que se abocaron estos artistas e intelectuales, unos nacidos aquí, otros venidos de tierras lejanas, desde el fin del movimiento revolucionario iniciado en 1910 y que fue desarrollado como proyecto educativo oficial, establecido y dirigido en un inicio por José Vasconcelos, que lo incorporó como elemento central de manera recurrente en los programas educativos posrevolucionarios, creando los valores nacionales.

Pero ahora, en el siglo 21 y con la llegada de la Internet y de la cultura global, se han alterado todas las imágenes. Ya no tenemos muy claro cuál es la diferencia entre lo mexicano y lo mundial. Y es que, como lo dijo Marshall McLuhan, toda innovación tecnológica crea nuevos ambientes que destruyen las imágenes nacionales y colectivas. Ahora, lo nacional se representa tanto con un equipo de futbol, con una reina de belleza sin rasgos autóctonos o con una ciudad que dice ser la más grande del mundo.

La simplicidad de los lugares comunes con los que antes nos era sencillo identificar al nacionalismo quedó atrás. No nos queda más que identificarnos con la Patria, porque la idea del nacionalismo nos quedó muy corta y ya no es fácil identificarnos con el concepto. Ahora tendremos que seguir construyendo la imagen de Nación para seguir identificándonos, ya no es nada fácil sentirse único en el mundo. Nos quedamos de golpe sin la presencia de los valores nacionales.

Pero también quedó sin brújula esa instancia central que nutría de símbolos el imaginario social. Desde hace un lustro, dicen los especialistas, la Secretaría de Educación Pública no ha puesto en marcha políticas o programas eficaces para mejorar el aprendizaje de los alumnos, y la costosísima iniciativa que ha mantenido en marcha, la prueba ENLACE, sólo ha sido utilizada con fines políticos, pudiendo ser aprovechada en el fortalecimiento de todo el sistema educativo. Parece que lo que hace el sistema es deseducar a los alumnos con mayor eficacia. Y, perdido el rumbo, en esta crisis está incluida automáticamente la pérdida de los valores nacionales.

Ahora, el proyecto educativo nacional, si así podemos llamarlo, está dirigido por personas y grupos que no han tenido clara la historia actual, que piensan más en las elecciones futuras que en la evolución de los valores, que pareciera que desconocen que todo proyecto social debe ser incluyente y que son los intelectuales y los artistas los que tienen la necesaria sensibilidad para seguir percibiendo las imágenes que concreten los valores nacionales en un tiempo marcado por la evolución rápida y el cambio inesperado. Mientras tanto, estamos presenciando la agonía del nacionalismo.
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