Me reencontré, entonces, con Villahermosa, la entrada al mágico sureste de nuestro país. No sólo es la ciudad ni el natural desenfado de sus habitantes, sino cuantas pasiones vibran allí, exaltadas por un pasado luminoso que en el Museo de la Venta cobra relieve universal, a la par con una historia rebosante de hechos singulares y de personalidades de líneas auténticas y legados profundos. Quizá no muchos mexicanos saben, por ejemplo, que Tabasco es la entidad de la República con menos espacios para los cultos religiosos. Casi no se ven torres de iglesias ni se escucha el repiquetear de las campanas llamando a misa. El templo que funge como catedral en la capital ni siquiera integra, como en casi todas las urbes mexicanas, la plaza principal, sino que se alza sobre una de las avenidas que convergen al malecón y a pocos metros de donde se encuentra la Quinta Grijalva, la sede de los gobernadores tan ambicionada por los políticos vernáculos y sus herederos. Roberto Madrazo la llamaba, sin rubor, la “casa paterna” recordando que en ella correteó cuando niño mientras su progenitor, el emblemático don Carlos, despachaba como mandatario estatal en la década de los sesenta.
Una tarde, los buenos amigos me invitaron a navegar por el río Grijalva, símbolo de la urbe, atravesando afluentes y cruzando el centro de Villahermosa. Fue entonces cuando me encontré con la verdadera esencia de los tabasqueños. Noté, para comenzar, que todas las casas, incluso los monumentos relevantes –entre ellos el de don Carlos Madrazo Becerra-, le dan la espalda al cauce principal a diferencia de las ciudades, por todo el mundo, que tienen el privilegio de contar con corrientes navegables como pulmones magníficos para quienes habitan las riveras y las zonas aledañas. Pregunté por la causa y brotó fácil la respuesta:
Es que los tabasqueños no olvidamos tan fácilmente. Y hemos sufrido bastante por las inundaciones y sus secuelas. Mas vale tomar distancia del río.
Y prefieren construir el frente de sus viviendas hacia la urbe, sin darle marco siquiera al Grijalva que serpentea por toda la entidad hasta su desembocadura en el Golfo de México, muy cerca de Frontera en donde se produjo el arribo de Hernán Cortés y su encuentro con la célebre “Malinche”, cuya fidelidad a los conquistadores, regalada a éstos por su padre, el cacique, habría de convertirse en un tópico para explicar la inclinación de muchos compatriotas por cuanto viene de fuera. También allí, según la tradición, se ofició por vez primera una misa en el territorio recién hollado por los europeos. ¿Quién iba a prever que, andado el tiempo, un gobernador, Tomás Garrido Canabal, ya en el siglo XX, habría de presentarse como “enemigo personal de Dios” para explicar su fobia contra los fanatismos religiosos y su adhesión al socialismo? Paradojas y contradicciones siempre.
Hace tres años, la intensa Tabasco, permanentemente al pie de los estallidos porque su gente no es de las que baja la cabeza, sino más bien suele poner en predicamento a los explotadores, sufrió uno de los dramas mayores de su devenir histórico. Los desbordamientos de los ríos, siendo la región con mayor número de éstos en nuestro país y la ausencia de infraestructura adecuada la colocaron en jaque después de los temporales de las últimas semanas. Para explicar lo sucedido, el opaco gobernador, Andrés Garnier Melo, simplemente se limitó a decir:
-¡Estamos como en Nueva Orleáns!
Debate
Duele el drama de los tabasqueños que lo perdieron todo, sin que su estado de emergencia convocara a los mexicanos igual que ante lo sucedido en Haití –sin negar la humanidad de los mismos, por supuesto- y dependen ahora de la generosidad ajena. Otra vez, claro, el paternalismo con el acento demagógico de los gobernantes expertos en encontrar justificaciones. Nada mejor que mirar hacia la mayor potencia de todos los tiempos para señalar los desastres de Katrina en 2005. Las imágenes, mil veces difundidas ante el asombro mundial por la torpeza operativa de rescatadores y autoridades, esto es como si se tratara de una nación tercermundista y no la que va a la vanguardia en industria y fuerza militar, sin contrapesos posibles además, sirven ahora como pretextos para el encogimiento de hombros y la reiteración de que ante catástrofes imprevistas ninguna previsión es suficiente. Algo de razón conlleva la sentencia, pero no toda.
Quiso el destino que en donde se esperaba contar con un presidente nativo –desde su entraña salieron dos aspirantes fuertes entre los tres con reales posibilidades de victoria, además de que competían contra el heredero de un régimen francamente ineficaz y desgastado por ello-, se produjera el desastre acaso agravado por la lenta, más bien pobre reacción de las instancias federales. Esto es como si la naturaleza cruel se uniera a los ánimos inconfesables de revancha para insistir en los intangibles castigos de la divinidad hacia los paganos intransitables y hasta obcecados. Esta lectura, por supuesto, es especulativa, pero sin duda permite abrevar en la permanencia de la demagogia como sustento de las administraciones públicas que sólo han privilegiado la politiquería de circunstancias antes de enriquecer, con inversiones adecuadas y definitivas, a un estado que debiera ser, por el valor de su subsuelo en donde los yacimientos de petróleo surgen por doquier, uno de los más ricos de la República.
Por otra parte, ¿en dónde se situaron los tabasqueños que se ungieron “caudillos” con el fervor popular? Ningún compromiso establecieron ni se preocuparon siquiera por atajar la conflictiva creciente mediando labores sociales humanitarias y útiles. Palabrería por un lado, ausencia total por el otro. Quienes estuvieron en cauce, arropados por el Grijalva, de acceder a la Primera Magistratura, lo único que pudieron aportar fue demagogia y desinterés; y luego el silencio. ¿Son éstos los líderes naturales que responden siempre a quienes los exaltaron como tales?
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