Últimamente he escuchado dicha aseveración para referirse a la obra del artista saltillense Gerardo Rodríguez Canales, quien firmando como Geroca ha mantenido una presencia indiscutible a través de sus cartones periodísticos e innumerables exposiciones.

Este texto no pretende ser una elegía. Tampoco una denostación, más bien un punto de partida para una discusión más amplia.

Cosa rara

El de Geroca es un caso radical: en el año que termina, fue el único artista saltillense sujeto de dos publicaciones que recopilan parte de su obra; una, por parte de la UANL, donde críticos, amigos e intelectuales se rinden ante su peculiar visión de la ciudad. Meses después, la editorial saltillense Cerdo de Babel –donde expone actualmente – realizó un estupendo volumen titulado “Marranos”.

El legado plástico del pintor peatón que trabaja como pocos –pinta a diario- cimentado en una aguda observación, un grito que se convierte en caricatura, a medio camino entre la línea de la gráfica y la mancha de la pintura, me recuerda al poderoso y equívoco trazo del austriaco Egon Schiele, y en esa mancha que difumina los objetos, las perspectivas torcidas, y los planos inverosímiles, a los dibujos pornográficos del pintor alemán George Grosz. En la ciudad de ayer o de hoy pintada por este artista hay un registro que se vuelve una suerte de oralidad. Como un testigo que atravesara las calles del Apocalipsis y lo mirara y lo contara todo en una confesión pública, una ristra de anécdotas frente a frías lámparas de líquido ámbar.

Plurinominales

El extinto músico argentino Juan Dalera, también artista plástico, dijo que son las propias deficiencias técnicas del autor las que generan un estilo. Eso es lo que ha construido Geroca. Y en un medio de carreras abandonadas a la mitad o de vidas dormidas en sus marchitos laureles, eso no es cualquier cosa. Sin embargo, de eso a decir que se trata del mejor pintor de la ciudad, existe un gran trecho. Me parece una aseveración aventurada, dichos que se van repitiendo y haciendo eco sin reflexión ni sustento. Explico a continuación en qué sentido disiento de este juicio: si el arte contemporáneo es un fenómeno que tiene más de 40 años y aún le siguen llamando “contemporáneo”, y de pronto aglutina el land art, lo conceptual, lo minimalista, lo accional, lo inmaterial o lo posmoderno, tratar de definir categorías o jerarquías es imposible: lo que hay, en todo caso, es un concepto móvil, una serie de formas “alternativas” que constantemente se renuevan. Erigir primeros o segundos lugares es convertir el mundo de la plástica en un top ten, en un remedo de los candidatos plurinominales o del concurso Nuestra Belleza.

Me gusta Geroca, pero no caeré en el autoritarismo de Siqueiros, cuando envalentonado en la ola del muralismo oficialista, bramó aquello de “No hay más ruta que la nuestra”.

Lo informe

El problema es mucho más amplio y más profundo. La clasificación (la jerarquización) es imposible, cuando hay artistas preocupados sólo de La Obra o de la Conexión con un contexto o una serie de referencias: el discurso, la acción, la situación y el sentido. Además de la horda de jóvenes que con todo derecho y talento han reclamado los espacios en los últimos años, ahí sigue la pericia hiperrealista de Alejandro Garcés y del exiliado en Texas, Héctor Marines; del abstracto y cosmopolita Álvaro Orta (único artista coahuilense en ser reseñado por la revista “Art News”), del telúrico Horacio Rosas, de la persistencia y las reinterpretaciones intelectuales de Alejandro Cerecero, o la disciplina del joven Daniel Alcalá –hasta donde sé, el único artista plástico de la región miembro del Sistema Nacional de Creadores. Es por lo anterior que los juicios absolutos me parecen riesgosos: ni todos los egresados de la educación formal son artistas mediocres –como recién lo aseveró un reseñista local– ni lo marginal como eje temático o reducto existencial es valioso por si mismo.

Se sobrevalora la sordidez y se confunde con la verdad. De pronto el artista plástico promedio cayó en la trampa de muchos poetas: el paisaje vital de una ciudad es mucho más que sus cantinas, sus travestis, sus putas y sus policías.

La vida (y los motivos del arte también) están en otra parte.

Bardo de las bardas

“La belleza forma parte de la historia de la idealización, que es a su vez parte de la historia de la consolación. Pero la belleza no siempre consuela”.   
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