La Iglesia católica, en su afán de desterrar toda religión que no fuera la suya, consideró a los druidas, los religiosos celtas, como agentes del mal y su culto se consideró “brujería”, sus ritos se asociaron con Satanás y la Santa Inquisición catalogó al Sanhaim como el “Día de Brujas”. Este es el origen de la tradición de Halloween, y no es norteamericana, como usted piensa, sino irlandesa.
Y para acabar de decepcionarlo, la costumbre de pedir dulces de puerta en puerta no es ni norteamericana ni celta, sino que deriva de una práctica que surgió en toda Europa durante el siglo 9 llamada souling, una especie de servicio para los muertos.
El 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos, los cristianos iban de pueblo en pueblo pidiendo “pasteles de difuntos”; que eran trozos de pan con pasas de uva. Cuantos más pasteles recibieran, mayor sería el número de oraciones rezadas por el alma de los parientes muertos de quien daba el pan y se podía acelerar el ingreso del alma al cielo.
Es, como puede verse, una tradición sincrética que está pasando a convertirse en patrimonio de muchas culturas aún con gran fuerza porque se basa en miedos profundos propios de todos los seres humanos.
Y es que, aun con toda la globalización a cuestas, nos encanta creer en fantasmas, voces de ultratumba y hechos sobrenaturales atribuidos a contactos con el más allá. Ignoro si nosotros, simples mortales, asustemos también con nuestra presencia a los seres de otras dimensiones, pero lo que sí sé es que esas ideas han despertado mucho temor, a lo largo de toda la historia humana. Y no solamente se asustan niñas en proceso de adolescencia y ancianas crédulas. También a los adultos, hombres y mujeres racionales y pensantes, nos impresionan estas ideas tan cargadas de imprecisiones, que en ocasiones rayan en lo ridículo.
¿Por qué somos tan sensibles a este tipo de miedo? A decir de Sigmund Freud: “muchas personas consideran siniestro en grado sumo cuanto está relacionado con la muerte, con cadáveres, con la aparición de los muertos, los espíritus y los espectros. Dos factores explican esta detención del desarrollo: la fuerza de nuestras reacciones afectivas primarias y la incertidumbre de nuestro conocimiento científico. Dado que casi todos seguimos pensando al respecto igual que los salvajes, no nos extrañe que el primitivo temor ante los muertos conserve su poder entre nosotros y esté presto a manifestarse frente a cualquier cosa que lo evoque. Aún es probable que mantenga su viejo sentido: el de que los muertos se tornan enemigos del sobreviviente y se proponen llevarlo consigo para estar acompañados en su nueva existencia. Con estas ideas infantiles se forma lo siniestro, que se da cuando complejos infantiles reprimidos son reanimados por una impresión exterior, o cuando convicciones primitivas parecen hallar una nueva confirmación”.
Pero esta explicación no va a agradar a la mayoría de las personas, porque se prefieren más las explicaciones sobrenaturales, irracionales, que las reales. Creer en lo sobrenatural genera un estado de tensión muy semejante a la excitación sexual, con contenidos masoquistas, muy adictivo, que puede llevar a extremos patológicos, perversos. La imaginación popular cultiva estas leyendas porque quien se estremece de miedo se transporta a la infancia, a la época de sus primeros descubrimientos de la sexualidad y los primeros regaños paternales por hacer esos descubrimientos, que obligaron al niño a reprimir su curiosidad. Y de ahí surge el miedo a lo sobrenatural. Todo miedo a lo sobrenatural, a lo que no existe, es un miedo que se tuvo a algo que sí existió trasladado a un objeto imaginario, que toma vida mediante esa transferencia. Los fantasmas, almas en pena y entes semejantes existen y habitan en el imaginario social que ha nutrido por siglos a nuestra cultura y que nos provee de las imágenes precisas para encubrir nuestros más profundos temores.
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