¿Cuáles son las preocupaciones temáticas de los artistas plásticos de la región?

Un respuesta panorámica a esta pregunta es la muestra con los trabajos ganadores y seleccionados de la Primera Bienal Regional de Pintura y Grabado “Ángel Zárraga”, albergada actualmente en la

Galería del Icocult.

Sentencia

Ya se había comentado en este espacio la avasalladora presencia de creadores coahuilenses en este premio que convocó además a artistas de Chihuahua, Durango y Nuevo León. Sin embargo, una observación acuciosa de la muestra nos ofrece material para una reflexión más amplia: para comenzar, cito el trabajo de los ganadores de ambas categorías.

En pintura, Baldomero Hernández, pintor nacido en Allende, Coahuila, pero avecindado en Nuevo León se alzó con el triunfo al presentar su tríptico “Registro Post Mortem”, en el cual realiza una revisitación postmoderna al olvidado género pictórico de las “vanitas”.

Vanitas es un término del latín que se traduce como “vanidad”, utilizado para designar un tipo específico de bodegón, de alto valor simbólico. Un género muy recurrido, sobre todo en la Holanda de la época barroca. Indudablemente, su concepción deriva del famoso pasaje bíblico del Eclesiastés: “vanidad de vanidades”, en el cual se proyecta la inutilidad de los afanes humanos frente al absoluto devenir de la muerte. Las vanitas buscaban denunciar la relatividad del conocimiento humano y el valor de las aspiraciones frente a la única certeza absoluta.

Un elemento constante a este género es el cráneo. Elemento que Baldomero Hernández recupera conteniendo una bolsa negra de basura para agudizar aún más la cruel sentencia del final.

Mirar dos veces

En grabado, el artista Jesús Soto Molina se alzó con el primer lugar con su estupenda pieza titulada “La toma de Torreón”, donde actualiza el episodio revolucionario encabezado por Francisco Villa en un tratamiento humorístico, lúcido y tremendamente amargo. Y es a partir de estas dos piezas donde se demarcan los ejes temáticos de la muestra toda.

Lejos de regodearse en los derroches técnicos del hiperrealismo, los artistas no se agotan en lo autoreferencial, como muchas veces sucedió en los 90, sino que quitan los ojos de su ombligo para mirar hacia fuera. Y lo que ven allá afuera, no es para nada agradable.

Ex presidentes en blanco y negro convertidos en monstruos de película. Nubes atómicas. Ovejas que pastan apacibles entre minas antipersonales. Gigantes de caricatura que arrojan rayos por los ojos. Niños hombres armados hasta los dientes. Y uno de los cuadros más terribles y poderosos de la muestra: una fiesta infantil que nunca ocurrirá. Niños que gracias a la corrupción, la injusticia y la indolencia, jamás festejarán su cumpleaños.

Olvidar lo sagrado

Así, esta colectiva se convierte en una muestra indudable de que el arte regional, juguetona u oblicuamente se convierte en un reflejo fiel de su tiempo. Obras que no se contentan con “desacralizar”, pretenciosa divisa que agotó a tantos genios tempranos de las artes visuales y la literatura. Estos autores vuelven a lo clásico para ser modernos. Son artesanos rabiosamente políticos. Ciudadanos en una época de desencanto. Hombres que apuestan por el arte como un reflejo necesario para un tiempo de sombras.

Bardo de las bardas

”El arte es una mentira que nos acerca a la verdad.”   

Pablo Ruiz Picasso
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