Hace ya ocho años, 14 de julio de 2003, que Roberto Bolaño dejó este mundo víctima de una insuficiencia renal. Desde antes de su deceso, su obra se ha impuesto como una de las fundamentales en la literatura hispanoamericana del siglo 20.

Joder la paciencia

Controversial hasta el último aliento, el narrador chileno-mexicano-español nos dejó dos fechas para su agonía. En la vieja Europa su deceso se cifró a las 2:30 a.m. del 15 de julio. Para su dolida Latinoamérica su último suspiro fue cuatro o cinco horas antes, la noche del 14 de julio. Pero esto es anécdota. El empecinado vagabundo había mantenido la muerte a raya mediante su proyecto más ambicioso; su novela de más de mil páginas titulada “2666”, año prefigurado en “Amuleto”, uno de sus primeros libros. No pudo terminar su novela. Desde entonces, en algunas calles de Barcelona, se puede leer el grafitti: “Le debemos un hígado a Bolaño.”

Arte de la fuga

Antes que narrador y viajero, Bolaño fue un redomado ladrón de libros. Primero en su natal Santiago. Luego en el DF, junto a su inseparable amigo, el poeta Mario Santiago, quien muriera atropellado a mediados de los 90’s, y de quién el FCE finalmente publicará en 2008 su antología póstuma “Jeta de Santo”.

Para Bolaño la escritura fue siempre, como la vida misma, un ejercicio de arrojo e inteligencia.

Quizá por ello, una de sus mejores novelas –”Nocturno de Chile”– consta de sólo dos párrafos. El primero, de más de cien páginas, y el segundo en forma de la frase final.

O uno de sus últimos cuentos, donde la víctima sigue al asesino, es una serie de acciones numeradas, como si se tratase de un guión de cine.

En los libros de Bolaño los nazis escriben poemas en el cielo, los poetas se pierden entre las dunas, el arte es otra cara del horror, el amor es un detective de homicidios o una moto negra por los caminos del desierto.

Despedida

En su discurso al recibir el Premio Rómulo Gallegos por “Los Detectives Salvajes”, leyó lo que no era mas que una carta dirigida a sí mismo: “Todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida a mi propia generación, los que nacimos en la década del 50 y los que escogimos en un momento dado el ejercicio de la milicia, en este caso sería más correcto decir la militancia, y entregamos lo poco que teníamos, lo mucho que tenía mos, que era nuestra juventud, a una causa

que creímos la más generosa de las causas del mundo y que en cierta forma lo era, pero que en la realidad no lo era, y ahora de esos jóvenes ya no queda nada, los que no murieron en Bolivia murieron en Argentina o en Perú, y los que sobrevivieron se fueron a morir a Chile o a México, y a los que no mataron allí los mataron después en Nicaragua, en Colombia, en El Salvador. Toda Latinoamérica está sembrada con los huesos de estos jóvenes olvidados.”

El primer deslumbramiento

Y si quedara alguna duda del poder de la ficción sobre la trama de la vida —él mismo lo rememoró en muchas entrevistas— Bolaño eligió vivir en la ciudad costera de Blanes, a raíz de la descripción que Juan Marsé hiciera de ese lugar de veraneo en su novela “Últimas tardes con Teresa”. La misma playa donde un ladrón de motos velara el sueño de una doncella. Una playa que acogía a los prófugos y a los derrotados. Un lugar donde se erigían las nubes y las máscaras. Un lugar donde todo, absolutamente todo, se volvía posible.

Bardo de las bardas

“Uno tiene la obligación moral de ser responsable de sus actos y también de sus palabras e incluso de sus silencios, sí, de sus silencios, así que mucho cuidado con los silencios. Yo soy responsable de mis silencios. Yo soy responsable de todo. Mis silencios son inmaculados”.

“Nocturno de Chile”. Roberto Bolaño
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