Álvaro Vargas Llosa y el biógrafo del ‘Gabo’, Plinio Apuleyo Mendoza, han hablado en “El Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano” acerca de los lastres ideológicos a los que sucumbiera la izquierda ilustrada, y la no tanto. Sin embargo, dichas taras no son exclusivas de una parte del espectro ideológico.
Cementerio de papel
Éste no un juicio sobre el Borges escritor. Se trata de consignar hechos concretos: luego de que hacia finales de los 90 los archivos gubernamentales de los servicios de inteligencia política fueran puestos a disposición de investigadores y periodistas en el Archivo General de la Nación. Sergio Aguayo, que buscaba material para documentar su libro “Los Archivos de la Violencia”, dio con un significativo telegrama: apenas unas semanas de transcurridos los hechos del 2 de octubre de 1968, el escritor argentino manifestaba su adhesión a las sangrientas acciones del entonces presidente mexicano Gustavo Díaz Ordaz.
Yo, el otro
El documento, fechado el 23 de octubre de 1968, iba dirigido al entonces secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez. Junto a la firma del celebrado autor, estaba también la de Adolfo Bioy Casares. El controvertido y póstumo libro “Borges”, de Bioy, ha echado por tierra el mito de la amistad invulnerable. En el volumen, tempranamente retirado de las librerías, el autor de “La Invención de Morel” consigna a un personaje capaz de las peores mezquindades y bajezas. En él, revela el origen del gesto de apoyo hacia el régimen genocida: Borges había sido acicateado a distancia por la neurosis convenenciera de la escritora Elena Garro, quien lo habría convencido de la existencia de una conjura comunista que amenazaba la paz del estado mexicano. El historiador Lorenzo Meyer ha explicado ese oportunismo con un ejemplo en el otro extremo: “Todo el prestigio de Borges se trasladó a Díaz Ordaz en ese momento. Es como ahora ocurre con Gabriel García Márquez cuando apoya al presidente cubano Fidel Castro. Un aval indirecto”.
Ensayo sobre la ceguera
Borges no fue el único. Otros que cobraban y comían de la providencia estatal defendieron su parcela de beneficios aplaudiendo la sangre derramada: los enormes escritores Martín Luis Guzmán, Salvador Novo, Luis Spota, Agustín Yáñez.
Y hasta el supremo acomodaticio de Carlos Fuentes —echeverrista, salinista y foxista, sucesivamente— se expresó consternado, casi arrancándose la lengua a mordidas: “Es verdaderamente lamentable para la memoria de Borges, pero como también felicitó a Pinochet en su momento, es probable. Se puede ser un genio literario y un idiota político”. La miopía y progresiva ceguera del argentino no fue sólo física.
¿Cómo un hombre cosmopolita, con una amplísima visión de la historia y de la lengua, del transcurrir humano y creador de pasmos y bellezas absolutas era capaz lo mismo de calificar al padre de su admirado Alfonso Reyes, el general golpista Bernardo Reyes, como “un valiente” o burlarse del escritor Pedro Henríquez Ureña por el hecho de tener ascendencia africana?
Pregunta que nos lleva a un hecho innegable. Hace mucho más que la sola cultura o la más deslumbrante de las inteligencias para ver más allá del estadio de la inmediata circunstancia histórica, del accidente personal de fobias y filias, de la mezquindad del pragmatismo material, que ha desbarrancado a tantos y tantos intelectuales en los abismos de la conveniencia.
Bardo de las bardas
“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”.
“El Aleph”. Jorge Luis Borges
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