No hay solidaridad sino condiciones; ni un ápice de colaboración eficiente sino presiones ilimitadas para hacer más vulnerables el escenario mexicano de cara al futuro. Las dependencias aumentan, curiosamente, cuando la incipiente democracia se atora en el sectarismo y las intransigencias con el anuncio, a grandes bocinazos, del retorno priísta, esto es a favor de las antiguas mafias, sin que ninguna renovación estructural se haya dado al interior del otrora partido invencible. Vamos, de nuevo, hacia el punto muerto.
Como hace largo tiempo el Gobierno mexicano perdió todas sus rectorías -la financiera bajo las reglas del FMI; la política al seguir el guión establecido en la Casa Blanca para asegurar la alternancia; y la social, al depender de los flujos migratorios para asegurar la paz interior-, preocupa la política dual de la Casa Blanca con relación a la administración de Felipe Calderón, cada vez más copada por las directrices del interior y las confabulaciones internas que le rebasan, moral e ideológicamente. Obama, por lo visto, se cansó de protocolos y mitos para exhibirse, en la línea de su deplorable antecesor Bush junior, como un metódico seguidor de Wall Street, es decir de los especuladores con fuelle de inversionistas, en lo económico, y del Pentágono, esto es la cúpula de los generales ávidos de invasiones, en lo militar. El cartabón es el mismo.
¿Cómo explicar el recrudecimiento de la represión fronteriza, aún alegando que Estados Unidos debe reservarse el derecho de admisión como si de un antro se tratara, cuándo urgen medidas destinadas a abatir el descomunal desempleo en el sur del continente, el mayor detonante contra la estabilidad social y, por ende, la seguridad pública? Porque si se pretende sustituir la acción con la demagogia creciente nos situaremos, sin duda, al pie del abismo con enormes posibilidades de desbarrancamiento a la mínima sacudida.
En fin, de nueva cuenta, el Gobierno de Washington pone sus reglas y eleva sus condiciones, en momentos políticos muy críticos para los mexicanos. Si desde la perspectiva norteamericana es necesario recortar presupuestos como imperativo para asegurar la estabilidad financiera perdida por la recesión global, en el horizonte mexicano, con las ampollas sangrantes de la violencia y la asfixia por la evolución de los cárteles, los desafíos políticos son tremendos, más en este año, 2010, que anuncia desde hora lo que podría definirse, en el lenguaje del caído y muerto Saddam Hussein, como la “madre de todas las confusiones”.
Vuelve a estar Calderón, por tanto, entre dos fuegos... en su búnker de Los Pinos, en donde se rodea de mil 200 efectivos militares, un número superior a cuantos custodian a cada jefe de Estado a lo largo de la geografía universal. Hay, por tanto, un creciente temor por la vulnerabilidad del mandatario, atenido a una agenda militar que no depende de él, en aumento a cada momento y mucho más cuando intenta ocupar los espacios de poder que el mismo titular del Ejecutivo federal ha dejado libres, sea por ineficacia o por temor a alterar el pulso contaminado con los detentadores del verdadero poder.
El “Plan Mérida”, que significó el acercamiento mayor entre nuestro gobierno y el de la Casa Blanca, en 1999, precisamente en las vísperas de la primera alternancia, inducida desde allí y avalada por los sufragios de más de 15 millones de mexicanos -inferiores, en número, de acuerdo a la cuestionable estadística oficial, a los obtenidos por Zedillo seis años atrás-, es observado ahora, por la dirigencia del PAN, como “puro cuento”, ni siquiera un espaldarazo leve, cuando más requiere el Gobierno mexicano de estrategias para enfrentar el flagelo cuyas ramificaciones son multinacionales.
Y nos dirán después, claro, que no se cubren las cuotas mínimas en cuanto a la eficacia del combate al narcotráfico acaso para prohijar con ello la demanda de “facilidades” para que agentes y militares de los Estados Unidos se arroguen el derecho de penetrar al territorio mexicano con el pretexto de que sólo así podrán garantizar la seguridad de su país. La soga al cuello.
Debate
Insisten los “expertos” estadounidenses en la conflictiva latinoamericana, en su pretensión de tapar el sol con un dedo. En este caso más bien hablaríamos de las penumbras ante la evidencia de que, en materia de desequilibrios políticos, el mal se ha impuesto al bien en toda forma. Obsérvese, por ejemplo, la ilegitimidad del señor Calderón que marcó su inicio al frente del Ejecutivo federal y se ha mantenido como flagelo que resta potencialidad y credibilidad a cuanto propone. Por ello, claro, sus iniciativas naufragan en olor a sectarismos exacerbados.
Los cabilderos del norte, sabios en el arte de la cooptación bajo la fuerza bruta, militar y financiera, siguen alegando que los gobiernos del sur, empezando con el de México, son responsables de los paulatinos “booms” del narcotráfico que alcanzaron en Colombia, y alcanzan ahora en México, niveles en apariencia inalcanzables. Porque de muy poco sirve capturar a los cabecillas, los grandes capos, si no se detectan las severas infiltraciones hacia la clase política, en donde radican algunos de los enclaves fundamentales que posibilitan, sin duda alguna, el éxito de los cárteles en permanente renovación... a diferencia de los partidos políticos que se anquilosan por sus propias atrofias pragmáticas.
¿Para cuándo los intolerantes vecinos nos van a presentar sus propias cuentas en materia de narcotráfico? ¿A cuántas bandas y cárteles han desmantelado en su propio territorio? Porque, ¿cómo pueden justificar la distribución de estupefacientes en las grandes ciudades y a través de rás supuestamente vigiladas a lo largo de la Unión Americana? ¿O acaso los narcos desaparecen en la frontera mientras las mercancías son transportadas como si se tratara del pan Bimbo?
Es el momento de esgrimir razones y no falacias, respuestas y no evasivas, al tema central, el que recala en las indiscutibles complicidades de los grandes capos con los padrinos de la política estadounidense. Y ello, por supuesto, sin dejar de poner el acento en la penetración de las mafias en los cuadros políticos relevantes. ¿Es ésta la razón por la cual cuando se corta una hoja surgen veinte árboles más, en una verdadera maraña impenetrable de intereses de muy elevado rango? Ni modo que Felipe Calderón lo ignore. Por algo, digo, vive rodeado de fusilerías.
Sí, el PAN tiene razón: El Plan Mérida no es sino una caricatura. Ahora bien, ¿qué han hecho los gobiernos panistas, a lo largo de una década ya, para encontrar alternativas eficaces y no panaceas demagógicas? Hasta donde sabemos, se la han pasado rumiando sus tragedias... culpando al pasado, que ya es el de ellos mismos.
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