En la fase final de la selección panista del candidato presidencial en 2006, el pretendido “caballo negro”, el ex gobernador de Jalisco, Alberto Cárdenas Jiménez, salió demasiado tarde a la pista, confundiendo a los propios militantes de Acción Nacional por cuanto no pudieron precisar si el lanzamiento tendía a fraccionar las simpatías como si de un esquirol se tratara o respondía a una estrategia presidencial, muy al estilo de los Fox, para asegurar sus influencias a futuro frustrado el concepto de cogobierno por la caída del matriarcado oficioso.
Cárdenas, a lo largo de los debates entre los precandidatos del PAN –con él, Santiago Creel Miranda y quien resultó vencedor, Felipe Calderón, con inclusión de mañas y aplicaciones alquimistas-, se caracterizó por repetir la cortinilla “yo ya lo hice” como si todo en Jalisco fuera bienaventuranza. Finalmente se quedó en el camino, sin riendas ni sillas, relinchando en la espesura en demanda de un nuevo reacomodo institucional. Una conducta, por cierto, muy cercana a la patentada por los priístas de otros tiempos, ubicados entre la disciplina partidista y el ansia por permanecer a expensas del erario.
En México, hasta hoy, la leyenda del “caballo negro”, que alcanza y gana, no es sino quimera. Bajo la hegemonía priísta, cuando el “derby” sólo se desarrollaba a la vera del mandatario en turno, las “sorpresas” y rebases obedecían, más bien, a un juego malintencionado para forzar los chantajes soterrados y asegurar con ellos la impunidad a futuro, el espaldarazo, en pro del progenitor político intocable. Luego, el ungido cobraba perfil de “futuro presidente” con mando incluso sobre elementos del Estado Mayor Presidencial, quienes proveían la seguridad para la transición sexenal inevitable.
La aparición de terceros en discordia tampoco ha sido una fórmula exitosa considerando los habituales candados con los que los partidos cierran las compuertas de la participación. Y de esta perspectiva derivan, igualmente, los tremendos valladares contra la iniciativa en pro de las candidaturas independientes que vendría a ser algo así como un desfogue para una sociedad que, por el momento y con razón, repele a los partidos y a sus dirigencias a la vista de tantos y tantos escándalos cuyos saldos desgastan, sin duda, prestigios y principios. No hay instituto a salvo en este renglón.
De allí que, por el momento, la pesca de personalidades para ocupar candidaturas y vacíos sea, en este momento, un juego de muy altos vuelos. Sobre todo porque algunos observan tal ventaja a favor del mediático mexiquense en fase matrimonial –siquiera para colorear aún más los semanarios “del corazón”-, que consideran de poca monta cuantos movimientos surjan para ampliar la baraja. Pese a ello, cada día son más quienes dudan y alimentan sospechas sobre inducciones masivas destinadas a asegurar una segunda alternancia con idénticos métodos a los usados en 2000 con el aval de la Casa Blanca. ¿Por qué ahora la marcha hacia atrás?, cabría preguntarnos.
Al interior del PRI, por ejemplo, no son pocos quienes concluyen que acaso el gobernador mexiquense puede resultar un candidato de gran empuje al tiempo de manifestar una duda que les carcome el espíritu: ¿Pero será un buen presidente? De allí el fenómeno que ya se percibe: Entre los cuadros dirigentes existen menos apoyos hacia el vanguardista de la justa, Enrique Peña, que cuanto se percibe fuera del otrora partido invencible. Y tal debiera encender las alarmas entre los colaboradores del personaje listos a desarrollar, ya desde ahora, la perspectiva habitual de hace años, esto es en torno a un “futuro presidente”. La precipitación puede resultar muy grave para el líder aparente de la carrera.
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