Ahora que me veo en el espejo –sí, tengo uno de esos mágicos que me dicen cuán bonita soy– no puedo dejar sorprenderme de la infinidad de caminos que podemos andar y seguir aquí, viéndonos reflejados, los mismos pero diferentes. (También me sorprende lo eficiente que es la crema Nivea)

Cuando niña –estoy hablando de fechas d. C.–, mi hermano y yo jugábamos a hacer pozos en el corral, porque antes las casas tenía uno de éstos y un patio aparte perfectamente delimitados. Algunas veces esos hoyos estaban destinados a hacer cementerios de hormigas con sus respetivas cruces, pero casi siempre se trataba de encontrar la revolución dentro de ellos. Cavábamos con cualquier instrumento a la mano y, cada cierto tiempo, pegábamos la oreja en el piso para saber si ya se escuchaban los gritos y galopes que doña Luz nos platicaba fueron característicos de esa época. De esos acontecimientos infantiles me quedan dos cosas: una cicatriz en la mano porque mi hermano erró una palada de tierra y la imagen de la dicha señora planchando frente a la ventana mientras sonreía de lado al vernos en labores.

Luego, hermano y hermana, hicimos camino andando a la escuela con un fin bien determinado: comprar una galleta Mamut. Cierto que hacíamos el recorrido para estar puntuales en clase, sin embargo, la idea principal de ir a pie y guardar el dinero del autobús era, precisamente, para que, en cuatro vueltas, el bolsillo tuviera suficiente e ir corriendo a la tienda y adquirir el manjar. Claro, eso sólo era posible en el verano porque los inviernos norteños nos obligaban a sentarnos entumidos en los sillones duros del transporte, cuyo conductor se regodeaba despertándonos al vaciar con fuerza una tina de agua que despejara el hielo del parabrisas. A medio despertar, ya sentíamos como si el agua helada traspasara el material y quedara hecha cubos sobre nuestras cabezas.

Las fotos me dibujan flacucha y despeinada –lo primero se fue con el tiempo; lo segundo permanece–, acariciando a un nutrido grupo de pollos en el piso de tierra del rancho, o colgada de cabeza en la rama gruesa de un árbol montañés a donde me escapaba con mi hermano.

Me siguen gustando mucho los Mamut, pero el esfuerzo que me costaba conseguirlos cuando estudiaba la prepa les daba un sabor inmensamente mejor, porque implicaban un viaje privado entre dos secuaces de la ruta desconocida para quienes no estaban en el club de los buscadores de galletes de chocolate.

Desear algo nos impulsaba a andar sin cansancio en la oscuridad tempranera o en el pesado sol del mediodía. Ése es el secreto, la espera no da aliento y eso, todavía hoy, me mantiene sonriente viéndome al espejo.
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