Ignoro si lo asesoraron para construir el contenido o lo fue improvisando conforme avanzaba. Pero algunos de los conceptos que fue construyendo, si es que los dijo en serio, se volverían preocupantes si los utiliza para construir políticas públicas. Por ejemplo, la afirmación de que: “Si todos en una sociedad se convencen de que no hay crecimiento, de que las cosas están del cocol, de que sólo hay fracaso, esta sociedad va a ir necesariamente al fracaso”, desconociendo las leyes sociales que dinamizan a la sociedad y proponiendo que, “Vox pópuli, vox Dei”, si todos estuviéramos convencidos que no hay violencia social, ésta deja de existir por la fuerza del pensamiento.
Otra de las preocupaciones sería, si lo tomamos en serio, su manejo de las estadísticas en el tema de salud mental: mientras que la Secretaría de Salud reportaba, para el 2009, que la depresión afecta aproximadamente al 12% de la población de 18 a 65 años, el presidente Calderón, siguiendo a José Manuel Aguirre, dice que “…algo muy importante que se percibe en México, que entre ocho de cada 10 mexicanos padecen problemas, o de depresión o de angustia, o de coraje”. Es decir, atribuye trastornos del estado de ánimo o trastornos de ansiedad al 80% de los mexicanos, con una actitud descuidada con las cifras, por decir lo menos. Y para acabar de asombrarnos, cierra con una frase críptica: “creo que por encima, por cierto, habrá que revisarlo, pero de mucho promedio, creo yo”.
Pero después nos tranquiliza. El problema no es problema: Siguiendo el hilo de su discurso recordó citar a un autor renombrado, para afianzarse: “Me recordó un poco también, ahora que veía el testimonio del doctor Juan Ramón de la Fuente, lo que la siquiatría, en general, utiliza como una terapia muy común, precisamente, en cuadros depresivos (…) mucho más frecuentes en nuestra sociedad. Una de esas terapias es muy elemental. Todos los días, independientemente de sus problemas económicos, o con tu pareja, o lo que tengas, todos los días, acuérdate de algo positivo tuyo”.
Como aportación máxima del pensamiento psicológico calderonista: los problemas de México son, fundamentalmente, de autoestima. Nos dice el presidente Calderón que “Un problema medular, que se tiene, es precisamente problemas de autoestima, que generan, precisamente el enorme precipicio de cuadros depresivos. No soy siquiatra, pero si eso se aplica, por ejemplo, al comportamiento de una persona, quizá algo también nos esté pasando como sociedad”. Es decir, que el problema de México es un problema de autoestima que se resuelve con una actitud positiva.
Ni más ni menos. Y nosotros que, siguiendo a Boris Cyrulnik, pensábamos que la autoestima consistente era el fruto del cuidado afectivo consecuente del niño o adolescente por un adulto significativo, suficientemente bueno y capaz de dar una respuesta sensible. Nada otra vez. Tenemos que cambiar todos nuestros conceptos.
Y para cerrar con broche de oro el discurso, la frase excelsa de su disertación: “Si una persona tiene un problema con su pareja o tiene un problema con su empresa, por supuesto que tendrá que arreglar el problema con su pareja, o conseguirse otra o lo que sea y arreglar el problema de su empresa. Pero lo puede arreglar. Pero el asunto es la actitud con que asumes tus problemas”. Todo estaba dicho.
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