×
Dalia Reyes
Dalia Reyes
ver +
Comentarios a: [email protected]

" Comentar Imprimir
01 Diciembre 2016 04:00:00
Calificado para algo
“Calidad” es una palabra que se puso en boga a finales de los 80. No se hablaba de otra cosa en la industria, escuela y casa; incluso las bromas entre empleados hacían alusión al término al sugerir escapadas de cinco minutos pero con estándares altísimos.

Las certificaciones eran pan de cada día; los diarios publicaban desplegados de doble página con las fotografías de trabajadores sonrientes, acomodados por departamentos, ostentando en la mano un documento que los acreditaba entrenados para todo, porque cumplían cabalmente las reglas internacionales de procesos y productos.

En la educación pasaba lo mismo. Nunca estuve dentro de la industria pero en la escuela sí, y válgame decir que el fenómeno nos dejó desconcertados porque, generaciones atrás, nadie venía a entregar un documento que certificara la calidad pues ésta iba implícita en el compromiso y la ética de sus actores. Sin embargo, un buen día, los rubros de exigencia se tornaron en sentimientos que, estoy segura, no vienen en los planes y programas; la compasión, por ejemplo.

La realidad cotidiana de un alumno nunca es igual –ni siquiera parecida- a la que vive dentro de un aula, pero en esta se prepara para vivir en aquella. Cuando los parámetros de promoción de un grado a otro se miden de acuerdo con la necesidad de ayuda personal o sicológica y con estos se califica el desempeño académico, hay un desfase en todo el proceso… y en todo el mundo, porque cuando un sistema se mueve mal altera a los otros con los que convive y, a fin de cuentas, todos están enlazados.

Una profesora comentó, con profunda convicción de su buen proceder, cómo sus alumnos llegaban a derramar lágrimas al describir en sus textos las pobres casas de donde eran oriundos y la terrible situación económica de su contexto; a partir de este material obtuvo las calificaciones de los jóvenes. El problema es que se trataba de una escuela técnica en donde debían haber aprendido a redactar un texto técnico, resultados de investigación y a exponer informes de laboratorio; puede adivinarse la dificultad que enfrentaron todos ellos en asignaturas posteriores.

Calificar el aprendizaje porque alguien tiene una enfermedad, sufre de pobreza o enfrenta problemas familiares, es un engaño para todos porque acreditamos sobre algo que no enseñamos y que nadie aprendió como para aplicarlo en donde se le requiera como competente en la materia. Sin embargo, el docente con clara conciencia de ello enfrentará el dedo acusador de ser sin sentimientos, malvado y otras cosas que aquí no puedo reproducir, y todo esto sólo porque cumple éticamente con su trabajo.

.(Javascript debe estar habilitado para ver esta direccion de correo)

" Comentar Imprimir


COMENTARIOS


columnistas

top-add