El caso de Bosé me resulta interesante por la diversidad que de origen se planteó para cada disco a partir de su álbum de 1983 “Made in Spain”, que rebasa sus propias propuestas facilonas de álbumes previos (quizá por la mano de Camilo Sesto, su padrino) y que tiene unos cuantos agregados interesantes: en lo musical, la participación de genios como Santiago Auserón, de Radio Futura y José María Cano. Y en la portada, nada menos que una pintura de Andy Warhol.
Lo demás es historia: un hombre que juega con la ambivalencia sexual que los medios le otorgaron; con su leyenda personal (hijo de torero y actriz emblemática del neorrealismo italiano; ahijado de Luchino Visconti, y que en su adolescencia convivió con figuras como Picasso o Hemingway); con la diversidad musical que tanto enriqueció (y a la vez perjudicó) a la España de los 80.
Trabajos como “Salamandra” con sus toques techno avant-garde, cuyo espíritu innovador llega a “Sereno” y alcanza extremos con “Velvetina”, no tienen desperdicio y hablan de un compositor siempre inquieto. Móvil, cambiante. Un camaleón.
Las exploraciones emocionales en “Los Chicos no Lloran” y “Bajo el Signo de Caín” prefiguran a un artista que en momentos se atormenta, en otros se regodea. O sus personalísimos homenajes en “Por Vos Muero” y “Once Maneras de Ponerse un Sombrero” presentan a un músico culto y a la vez un aprendiz que reconoce y honra sus influencias.
Bosé es un caso excepcional en nuestra música, un artista único. Por ello a sus seguidores auténticos preocuparon sus coqueteos descaradamente comerciales con “Papito” o esos afanes de protagonismo extramusical con sus declaraciones políticas que parecían muy a la ligera, sus conciertos con Juanes y Sanz donde la música, ese ámbito de sus evoluciones, quedaba siempre al margen.
Hace poco Bosé anunció un punto y aparte. Un adiós a la lentejuela y facilidad de “Papito”, y un saludo a los orígenes, a ese espíritu de lo moderno que definió a un artista de primera, arriesgado al punto de realizar conciertos o álbumes de poco éxito, pero con la bandera de nunca traicionar sus inquietudes.
Yo saludo a ese Bosé que todos tildaban de intelectual, pero que en realidad se vestía con la sencillez de quien hace todo para goce de sí mismo, y como derivado de ese proceso, nos enseñó unas cuantas verdades y abrió las ventanas a mundos de fábula.
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