El delegado del partido colocaba a los principales contendientes en diferentes plazas del pueblo. Y cada uno debería congregar en torno suyo a sus seguidores. Los auscultadores priístas se
limitaban a contar a los asistentes para determinar quién tenía mayoría para ser candidato.
En un retorcimiento democrático, el capítulo siguiente era que el más popular resultaba candidato a la alcaldía. Y su competidor ponía los candidatos al cabildo.
Ejercicio político en teoría equilibrado pero que garantizaba tres años de pleitos, parálisis administrativa y peores esciciones de los grupos.
Aquella experiencia zorrillista se parece al proceso actual que vive el PAN de Nuevo León: Con dos grupos en pugna y el CEN capitalino intentando distribuir candidatos entre ambos en plan
salomónico.
Con una atroz diferencia: la neocúpula, el grupo San Nicolás, puede llenar un estadio con sus seguidores. El otro, la vieja cúpula de San Pedro, puede congregar a los suyos en una mesa del
Campestre.
Planillas mixtas, con candidatos designados en razón de grupo y no de trabajo personal, pueden conducir a un desempeño electoral errático, con pérdida de posiciones.
Todo por ponerle camisa de fuerza a procesos que deben fluir libremente.
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