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Gerardo Hernández
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12 Septiembre 2017 04:00:00
Carlos Galván Tello
En la política, como en el periodismo y en toda actividad estrechamente vinculada con la sociedad, no todo está envilecido. Existen funcionarios que enaltecen el servicio público, pero como son los menos, no se aprecian. Unos pasan desapercibidos para no ser estigmatizados por su “mal comportamiento”; otros, por falta de atención de los medios de comunicación, siempre en busca de la paja en el ojo ajeno. Cuando cursaba primaria en el colegio Juan Antonio de la Fuente de Torreón y se celebraba el Día del Tránsito, automovilistas y peatones les entregaban obsequios en el crucero de Escobedo y Madero. Mis compañeros y yo deseábamos, de grandes, ser agentes; y otros, bomberos, por el bien que podríamos hacer. Hoy los modelos son otros y se exaltan en series, en corridos y sus actividades se protegen desde el poder, sin importar la letra o las siglas.

Coahuila ha perdido a un funcionario ejemplar, y muchos amigos y yo, a un hermano. Carlos Galván Tello falleció ayer, después de una brava lucha para seguir entre nosotros, pero sobre todo al lado de su esposa Ángeles y de sus hijos Carlos, Rodrigo y Pamela. La muerte es un misterio, cruel y a veces traicionero, pero siempre inevitable; a cualquier edad nadie está a salvo. Sin embargo, uno quisiera que sus seres más amados, entre ellos los amigos, jamás se fueran, que estuvieran con nosotros en cualquier momento para charlar con ellos, escucharlos, abrazarlos y decirles cosas que nos guardamos por creerlos inmortales. Como a Carlos. Nos decíamos “líder”. Él lo era, yo no.

Existen ausencias que duelen y se sienten más, no porque el afecto hacia otras personas sea menor, sino porque cada quien lleva en su alma valores, sentimientos, tesoros, carismas y cosas distintas que transmiten y las vuelven diferentes. La de Carlos estaba colmada de alegría, de bondad, de gusto por la vida, de bohemia y de canciones; de anécdotas y recuerdos gratos, pero sobre todo de amor y ternura para su familia. El nombre de Ángeles no es casual. Le dio uno como compañera de vida y a tres –sus hijos– para premiar su existencia de hombre bueno. Una legión de esos espíritus creados por Dios le seguía siempre y sin duda le condujo, entre cantos, himnos y trompetas, a la presencia del Dios en quien creía y que es también el mío desde niño.

Una de las últimas veces que abracé a Carlos fue en la anterior comida de cumpleaños de Eliseo Mendoza Berrueto, quien hizo de un grupo de compañeros de trabajo, en su gobierno, muchos desconocidos entre sí, una hermandad. Le vi extrañamente retraído. Cantó con más sentimiento que otras veces (alguna de Sabina), con la mirada puesta en el cielo, pero sin insinuar dolor, estoico. Porque, como ya dije, era un hombre de fe. Su ascenso en sus tareas públicas y privadas fue sólo por méritos. Después le vi en una misa de viernes primero, en San Pablo Apóstol, con el padre Juan Manuel Ledezma, en la unción que no es sólo para enfermos del alma o del cuerpo, sino también para quienes, sin estarlo, tienen sed de esa gracia y comunicación especial del Espíritu Santo. Entonces cuando comprendí la razón de su nostalgia.

La última vez que le telefoneé se hallaba en Cuernavaca, donde semanas antes se había sometido a una operación quirúrgica. “Me acaban de hacer unos estudios. Salí bien. Estoy con Ángeles, mañana regresamos a Saltillo”. Y ayer la noticia de su muerte joven, incomprensible, que nos llena de tristeza. Copiosa fue tu siembra, líder, y abundante será tu cosecha.

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