Aquél día, ante un pequeño grupo, el humanista mostró su malestar por el uso de las armas como estrategia del gobierno federal y por su falta de respuesta a las demandas sociales. Recordó, conmovido, la promesa incumplida de empleo de la actual administración y la manera en la que jóvenes y adolescentes se entregan, por no tener otras opciones, a los “salarios” ridículos que les ofrecen los traficantes de droga para que sirvan al sicariato. Monsiváis pensaba que tanto derramamiento de sangre era evitable. Venía con preocupación cómo el modelo industrial del norte de México (y en especial el caso Monterrey), que en algún momento fue vendido como la ruta del progreso, generó cinturones de miseria desde donde se alimenta una parte importante de la cuota de ciudadanos que la guerra devora.
Crítico feroz de los políticos, don Carlos fue un hombre solidario con los más jodidos. No tuvo causas menores: desde sus trincheras en casi la mayoría de los medios del país, con elegancia y una firme dosis de ironía se lanzó contra las mafias que desde el gobierno, las élites empresariales o los partidos mantienen en la miseria económica, moral y ética a la mitad de los mexicanos. Y a la vez, para no ser un simple “contestatario”, fue, como pocos, un promotor incansable de la cultura, de las artes, de las letras y del periodismo. Muchas generaciones, incluida la mía, bebió de sus textos y se formó con sus ideas.
En el diarismo y de su mano, queda documentada una parte importante de la historia del México contemporáneo. En su recuerdo se podrá encontrar el perfil de un ciudadano valiente y dedicado. Cuando el país se balancea en una cuerda que no promete el equilibrio, para que el sentimiento de abandono más grande, se pierde a un pensador con compromiso.
Usted descanse en paz, estimado señor. Ya veremos cómo salimos de ésta. A ver cómo le hacemos para encontrar –así lo hizo usted– humor para la tragedia.
| Comparte ese artículo: |
|



