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Sí, sí escuchamos al diputado racista Ariel Gómez León, el “Chunko”, diputado por el Distrito 9, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, cuyo negocio no es ser querido, sino escuchado, cuando dijo que él ha aprendido a mirar más allá de lo que la gente mira y lo que él observó por la televisión fueron negros haitianos abusivos que ejercen su “abusivés” de gente dura que no sabe decir “por favor y gracias” a la hora de morirse de hambre, que traían “caras malas” cuando exigían la comida que él mandó con el dinero que le obligaron a dar y por eso quería que les pintaran las manos con tinta indeleble blanca, porque la negra no se podría distinguir en sus manos negras.

Si hubiera estado el “Chunko” en Memphis, Tennessee, el 4 de abril de 1968, hubiera visto cómo un hombre negro, mejor que él, mejor que muchos de nosotros, caía abatido por las balas de un asesino.

Martin Luther King apoyaba en esa ciudad a los basureros negros locales que estaban en huelga desde el 12 de marzo con el objeto de obtener una mejora salarial y un mejor trato. Fue asesinado por un segregacionista blanco en el balcón del Lorraine Motel y seguramente el “Chunko” hubiera hecho alguna broma sobre su asesinato. Y otra sobre las caras de sorpresa y espanto que los hombres negros y blancos que lo rodeaban y que no podían creer que ese hombre bueno hubiera sido acribillado. Porque buscaba la vía de la acción pacífica para que todos los hombres y mujeres del mundo fueran iguales.

“El Chunko” no tiene que ir hasta Haití en búsqueda del racismo. En nuestra sociedad, ambigua y discriminante, el racismo está presente con muchas manifestaciones, unas evidentes y otras no tanto, pero todas identificables. Si quiere insultar a alguien, dígale “indio”, y si refina el insulto, llámele “naco”, que finalmente sólo es una contracción de totonaco, nación a la cual, aunque vencieron, ningún invasor pudo dominar. O dígale “negro”. La piel blanca, los ojos claros, el cabello rubio son símbolo de superioridad y estatus.

¿Por qué los rasgos externos pueden llevar a una persona a sentirse superior a otra? En el psiquismo profundo, la discriminación es una actitud aprendida de los padres, que basados en ejemplos inconscientes enseñaron al niño sus ideas sobre lo bueno y lo malo, iniciándoles en los elementos básicos del racismo (muchos padres llevaron a los hijos rebeldes a una esquina y le enseñaron al niño que pedía caridad, moreno y andrajoso, diciéndole que iba a terminar como él si no obedecía).

Discriminamos porque fuimos discriminados. La primera manifestación de discriminación se da con los niños. Es un sentimiento de inferioridad interna lo que origina toda sensación de superioridad y se forma en la infancia, siendo el resultado de la tensión entre lo que el niño es y lo que le exigen sus padres, generándole sentimientos de culpabilidad que lo hacen sentirse inferior a ellos y, para compensar estos sentimientos tan desagradables, se busca un objeto aún mas inferior para poderlo humillar, trasladando hacia él la insatisfacción propia. Es decir, que todo aquel que se siente superior a otros por el color de su piel, en realidad no ha podido superar los sentimientos de inferioridad que le fueron construidos y heredados por sus padres.

La discriminación es tan fuerte en México como en cualquier parte del mundo, y no la identificamos fácilmente porque aquí no se discrimina por el color de la piel, sino por el sexo o sus preferencias, por el universo cultural de origen, por las posibilidades físicas o por la manera de acercarse a Dios. Pero aquí o allá la discriminación conduce a la segregación, al aislamiento y a la falta de oportunidades. Y al final esta realidad nos discrimina a todos.

Y seguramente que Aguilar de la Torre le diría al “Chunko” que no importa la piel, porque es cáscara. Que tal vez le digan que es blanco, pero el color de la piel es mentira, porque en uno mismo, allí donde sólo penetra la consciencia, no existe color, y en el sueño de Martin Luther King estamos los hombres sin color, los que no tenemos afrenta, los que a pesar de la angustia y la miseria sabemos que juntos hemos brotado de la tierra y que, entre nosotros, el color no cuenta.

Pobre “Chunko”, que sólo sabe hablar.
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